Más Europa frente a la «crisis existencial» de la UE

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El proyecto europeo no pasa por su mejor momento. Por primera vez desde su constitución, se celebra una cumbre de los Estados miembros con la ausencia de uno de los socios, Reino Unido. Este hecho explica por sí mismo la situación por la que atraviesa la Unión Europea. De los 28 socios, faltó el único país que, a través de un referéndum, ha decidido abandonar a la mayor economía del mundo –en seria competencia con China– con el argumento de que es perjudicial para sus intereses nacionales, impide su desarrollo y no preserva su soberanía política. Quienes quieran ver en esta deserción un asunto estrictamente británico se equivocan en el análisis. Es ante todo una cuestión que atañe al conjunto de la organización y pone en duda los logros alcanzados hasta ahora, que no son pocos. Desde su fundación –incluso desde que en 1973 ingresó Reino Unido–, los avances han sido constantes con el objetivo de fortalecer las estructuras comunes. El Acta Única Europea, firmada en febrero de 1986, consolidó el mercado interior, permitiendo la libre circulación de capitales y mercancías. El Tratado de Maastricht, sellado en febrero de 1992, y el de Lisboa de 2007, fijaron las estructuras económicas, la seguridad común, la cooperación policial, la ciudadanía y el derecho de votar y ser elegidos en el Estado miembro en el que se resida. El Acuerdo de Schengen, en vigor desde 1995, suprimió los controles en las fronteras interiores. Todo este conjunto de leyes y pactos entre estados soberanos ahora se ha puesto en duda en un contexto marcado por la crisis económica y la de los refugiados que huyen de las guerras de Oriente Medio, dos hechos cuya repercusión, por más importante que sea, ha vuelto a poner encima de la mesa la necesidad de mantener la soberanía nacional de cada Estado. Angela Merkel ha evitado los paños calientes en su diagnóstico: ha anunciado un plan para dar un nuevo rumbo a la UE. Otros optaron por fórmulas más poéticas y hablaron de «crisis existencial». En todo caso, lo que es indudable es que el Brexit ha dejado volar un «euroescepticismo» que ha sido muy bien acogido entre los partidos de corte populista, de manera especial en la derecha xenófoba y ultranacionalista, pero también en la izquierda que sostiene que la UE sólo es un club de mercaderes y que debe refundarse, no sabemos desde qué bases. Una muestra de ese discurso disgregante fue precisamente el alegato del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, que ayer habló en Bratislava de los «efectos indeseados de la libre circulación de trabajadores», parece que complaciendo como polaco a los países del Este que están proponiendo una revisión del libre tránsito de ciudadanos. Sobre esta cuestión, Mariano Rajoy planteó que no puede ponerse en duda uno de los cuatro pilares de la UE. De hecho, este debate se planteará más pronto que tarde cuando Reino Unido negocie, a partir de 2017, su salida y proponga la suspensión de la libre circulación, pero, a la vez, quiera beneficiarse del mercado único. La cumbre de Bratislava fue informal, es decir, no se aprobó nada, aunque ha preparado una hoja de ruta que incluye la reactivación económica, el control de la inmigración, la lucha antiterrorista y la defensa común. El escenario está más abierto que nunca, sobre todo con incógnitas políticas, como el futuro de Italia si Renzi no consigue sacar adelante la reforma del Senado, el referéndum de Hungría sobre las cuotas de refugiados o las elecciones de Alemania y Francia, acuciada ésta última por el empuje del FN.