Muhammed Ali: El león que trascendió al boxeo

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En un hospital de Scottdale fallecía ayer no sólo uno de los mejores boxeadores que han existido, sino un hombre que ya siempre formará parte del sustrato legendario de los Estados Unidos de América, que es tanto como decir del mundo. Si Muhammed Alí, nacido Classius Marcellus Clay, se hizo más grande fuera del ring que entre las doce cuerdas, fue porque se convirtió en la conciencia de una sociedad que ensalzaba sus puños, su increíble aguante ante el castigo –aún resuena el épico combate de Kinshasa contra Foreman, narrado por Norman Mailer, como un canto a la fuerza de voluntad– y la belleza de un cuerpo perfecto, pero que nunca llegaría a considerar un igual a alguien que era negro. Y sí, mezcló la política con el deporte, se sirvió de una fama ganada por la elegancia de su esgrima –«vuela como una mariposa, pica como una avispa»– pero lo hizo para reivindicar la igualdad de derechos para los de su raza y la dignidad de todos los seres humanos. Ya no importa si se convirtió al islam o si se despertó su conciencia social en un movimiento extremista que pecaba de lo mismo que que quería combatir. Clay trascendió a sus orígenes, al ring, a sus compañeros de viaje y a la misma América, que le amó y le odió a partes iguales. Fue un león en el mejor sentido de la palabra.