Sánchez e Iglesias se preparan el terreno para las nuevas urnas

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Más allá de la teatralidad del encuentro mantenido ayer por el secretario general socialista, Pedro Sánchez, y el líder de Podemos, Pablo Iglesias, continúa la situación de «impasse» político ante la falta de una mayoría real de consenso para un inmediato gobierno. En este sentido conviene no dejarse distraer por un fuego de artificio declarativo que, en realidad, sólo busca la exculpación preventiva de sus protagonistas ante lo que parece un inevitable escenario de repetición de elecciones. Ni siquiera la efectista renuncia del líder de Podemos a ocupar la vicepresidencia en un Ejecutivo de coalición con los socialistas – «él solo se propuso, él solo se excluye», en la irónica respuesta de Pedro Sánchez– tiene mayor recorrido que el que señalamos, como demuestra la inmediata reacción de los próximos al líder populista, como Juan Carlos Monedero, insistiendo en la generosidad del gesto de Iglesias y en su sacrificio personal para conformar una mayoría que evite las elecciones. La consigan, pues, es tratar de transferir a los socialistas la responsabilidad del fracaso de una alianza progresista que desaloje a la derecha. En este sentido no podemos dejar de señalar que Pablo Iglesias ha vuelto a sacarse de la manga una buena jugada política para dejar en evidencia al candidato socialista, a quien retrata como alguien incapaz de arbitrar una fórmula de progreso al estar mediatizado por Felipe González y la vieja guardia, que habrían vetado personalmente a Iglesias. En realidad, como sabe de sobra el líder populista –de ahí su malicia táctica–, ya mucho antes del exabrupto de la cal viva, el Comité Federal socialista, que es el máximo órgano de dirección entre congresos, había establecido unas «líneas rojas» que dejaban prácticamente sin opciones de un pacto con la extrema izquierda a Pedro Sánchez. Es cierto que las restricciones impuestas por los barones regionales ponían a su secretario general en un situación muy difícil, cuando no imposible, para llegar a La Moncloa, pero ésas eran las reglas del juego con las que tenían que contar en Podemos y en sus confluencias. Porque el insuficiente acuerdo de Sánchez con Ciudadanos era la única vía que le dejaban abierta al candidato socialista. Más aún cuando el acuerdo con Albert Rivera no es sólo excluyente de los partidos nacionalistas, sino también en lo que se refiere a las doctrinas económicas que mantiene Podemos y, por supuesto, en la aceptación del derecho a decidir. Ayer mismo, los portavoces de Ciudadanos se encargaron de señalar su negativa absoluta a respaldar un gobierno del que formen parte los populistas. Salvo que la, al parecer, invencible pulsión de la izquierda española contra el Partido Popular acepte respaldar sin contrapartidas un gobierno de PSOE y Ciudadanos, las negociaciones seguirán girando en círculos sin solución de continuidad hasta el agotamiento del calendario. Será, sin duda, un periodo de grandes declaraciones de principios y protestas de diálogo, pero que responderá a las normas de cualquier campaña preelectoral. Porque, no nos cansaremos de decirlo, la mejor solución para el futuro de España se encuentra en el gran acuerdo de Estado entre PP, PSOE y Ciudadanos que ha propuesto el presidente del Gobierno en funciones desde el principio. Tanto como blindar el progreso económico y social y la estabilidad institucional para la próxima década.