Un año decisivo para Rajoy y el PP

La semana que finaliza ha deparado al Gobierno una de las escasas buenas nuevas de una legislatura borrascosa y arisca especialmente en los últimos meses. Mariano Rajoy pudo encauzar la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado con el refrendo de una mayoría suficiente que le permitió superar los debates de totalidad tras una negociación compleja con los nacionalistas vascos del PNV. Aún restan trámites y la votación definitiva en el Pleno de la Cámara Baja, pero se intuye que todo está atado para que el país pueda contar con las Cuentas y se garantice, al menos sobre el papel, estabilidad económica e institucional. El panorama sin los Presupuestos tendría necesariamente fecha de caducidad, con lo que supondría de freno e incertidumbre para la marcha del país. El presidente ha hecho de la necesidad virtud en un ejercicio de pragmatismo político calculado en el que se habrá asegurado que no distorsione los equilibrios financieros ni condicione los esfuerzos fiscales. En cualquier caso, los Presupuestos son una buena noticia para la marcha de la economía, el crecimiento y la creación de empleo. Con esa parte de los deberes a buen recaudo, Rajoy estará en condiciones más óptimas de afrontar el presente y el futuro del proyecto del Partido Popular que hoy se presenta muy delicado. Los estudios demoscópicos sobre intención de voto son contundentes por contumaces en señalar la dinámica bajista del PP, muy condicionado por el desgaste en la gestión de desafíos políticos graves como el golpe separatista de Cataluña y por el estallido de escándalos internos en plazas decisivas como el de Cristina Cifuentes en Madrid. Discutir en el presente los evidentes méritos de una gestión económica brillante del Gobierno es absurdo, pero el hecho es que ese rédito político no compensa a día de hoy otros desaciertos y contratiempos de orden político. Rajoy sabe mejor que nadie que tiene unos meses por delante determinantes. A mediados del próximo año se celebrarán elecciones municipales, autonómicas y europeas, como mínimo. Serán reválidas duras y en buena medida definitivas para verificar si los ciudadanos apuestan por prorrogar su crédito en el PP. Por nuestra parte, creemos que, aunque se han cometido errores, algunos importantes, el balance global de Rajoy y su partido es muy positivo para España, hoy locotomora de Europa y hace unos años, en bancarrota. Hay razones para confiar en el proyecto, pero también para decir que está obligado a rearmarse, reconfigurarse y reforzarse. Rajoy tiene tiempo y equipo, pero debe ponerse manos a la obra para frenar la sangría y recomponer unas siglas que España sigue necesitando para consolidar fortalezas, devolver a la ciudadanía sus sacrificios durante la crisis y evitar alternativas inquietantes. El PP no debe dar por supuesto nada más que lo que ya sabe: que las encuestas confirman un panorama sombrío. Necesita agitar el banquillo y las ideas y hacerlo sin pausa si quiere tener opciones de asegurar a los convencidos, recuperar a los descontentos y atraer incluso a los indignados. En un país huérfano de líderes con experiencia de gobierno y sobrado de dirigentes con trayectoria errática cuando no confusa, Mariano Rajoy debe hacer valer su peso político en lo que está por llegar. Los populares contaron históricamente con una base electoral consistente y es un hecho que el electorado de centroderecha, el votante moderado, es mayoritario en nuestro país. Hará bien el PP en dejar de mirarse el ombligo político y empezar a pensar de forma prioritaria en los españoles. Es un partido fuerte con una historia de éxito y de compromiso con el interés general. Debe recordarlo y actuar en consecuencia.