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Una cumbre que retrata la división

Tiempo de lectura 4 min.

24 de agosto de 2019. 22:37h

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25/8/2019

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El hecho de que el anfitrión de la cumbre del G7, el presidente de la república francesa, Emmanuel Macron, haya renunciado de antemano a proponer la redacción de una declaración conjunta de los jefes de Estado y de Gobierno presentes en Biarritz no sólo demuestra la inutilidad práctica de este tipo de encuentros, que no cuentan, además, con la presencia de algunos de los actores principales de la comunidad internacional, como China o Rusia, sino, también, la profunda confrontación de intereses nacionales que caracteriza el actual panorama político mundial. Sin duda, uno de los factores clave de esta situación de pérdida de la multilateralidad hay que buscarlo en la estrategia política del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, pero no por su peculiar modo, muy populista, de despreciar los usos y costumbres más elementales de la diplomacia, sino porque desde que llegó a la Casa Blanca ha roto con las convenciones establecidas desde la Segunda Guerra Mundial, abriendo escenarios de conflicto inexplorados. Donald Trump, en efecto, se nos presenta como un presidente muy consciente del poder económico, político y, sobre todo, militar de su país, que no está dispuesto a que esas mismas convenciones, que considera meras antiguallas que perjudican los intereses norteamericanos, le impidan llevar a cabo su proyecto de «América primero». Aunque no está muy claro hasta qué punto ese concepto primario del patriotismo, que ignora deliberadamente los factores y los hechos que contradicen su visión de las cosas, puede resultar eficaz para mejorar las condiciones de vida del norteamericano medio, sí parece cierto que proporcionará a Trump réditos electorales, por más que la mayoría de sus iniciativas políticas se hayan quedado en la fase de la mera expresión de intenciones. Asistimos, pues, a una puesta en escena del más rancio unilateralismo, que, cuando menos, traslada al resto del mundo, incluidos sus propios aliados, la sensación de que cualquier presupuesto puede ser dinamitado por un tuit. De hecho, la reunión de G7 viene precedida de un nuevo salto en la escalada de la tensión comercial entre Washington y Pekín, y de una amenaza directa al país anfitrión, Francia, de imponerle unos aranceles al vino como nunca se han visto, como represalia a la pretensión europea de que las grandes multinacionales tecnológicas estadounidenses paguen impuestos de acuerdo a sus beneficios en el exterior. En realidad, no existe un solo punto de acuerdo básico sobre las grandes cuestiones que afronta la comunidad internacional, incluso, ni siquiera en el socorrido ámbito de las declaraciones morales. Ni en los incendios en el Amazonas, aprovechados por Macron para amenazar la ratificación del acuerdo entre la UE y el Mercosur, acuerdo que, dicho sea de paso, provoca un rechazo frontal en el sector agrícola galo, hasta las medidas para afrontar la llamada «emergencia climática», es posible hallar un lugar de encuentro. Y, sin embargo, nunca el mundo ha vivido tan imbricado y tan interrelacionado como hoy. Nunca una decisión económica o financiera tomada por cualquiera de las grandes potencias, las que están en Biarritz y las que no, podía repercutir en los mercados internacionales con la extensión y la intensidad de hoy. Que Donald Trump, desde un victimismo insólito para quien es la gran potencia mundial, puede romper lo preestablecido no es improbable, pero la cuestión estriba en si ese nuevo paradigma, que proyecta la fuerza por encima de cualquier consideración, puede acabar produciendo el efecto contrario al que se busca. Porque los desequilibrios económicos, sociales y territoriales que aquejan a los Estados Unidos no son producto de la maldad de los extranjeros, como afirma Trump. Son puro «made in USA».

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