Una repetición electoral estéril

La Razón
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La misma noche del 26 de mayo, Pedro Sánchez anunció que disponía de mayoría para gobernar. El PSOE había ganado las elecciones y podía contar con los votos de Unidas Podemos, que, pese a su espectacular caída, sabía que seguiría siendo el socio principal. En la puerta de la sede socialista de la madrileña calle Ferraz le gritaban a Sánchez: «Con Rivera, no». Pudiesen ser emisarios de Pablo Iglesias, pero el caso es que todavía no hay mayoría y Sánchez se puede ver abocado –bien que lo sabía– a ser investido con el voto de los independentistas. La celebración de nuevo de elecciones es una posibilidad que está ahí, que sirve de amenaza para presionar a los que no están dispuestos a dar su apoyo a Sánchez, aunque no es seguro que serviría para desbloquear la situación, según un sondeo de NC Report que publicamos hoy. Si bien el PSOE subiría 9 escaños (1,8%), la suma con Unidas Podemos no modificaría en nada la unión entre ambos: un diputado más. Pablo Iglesias no sólo no consigue impedir su caída, sino que literalmente se hunde en los 32 diputados (12,7%), diez menos que ahora. Los votantes que pierde, más de medio millón, se suman a la cuenta de los socialistas y un 6,5% se va a la abstención. Estos datos no deben ser desconocidos por Iglesias y es consciente del riesgo que supondría forzar las negociaciones con Sánchez, porque, de fracasar la investidura, Podemos entraría en la fase de convertirse en un partido irrelevante, por lo menos en la aritmética parlamentaria: ni aseguraría estabilidad al futuro Gobierno socialista, ni aumentarían sus posibilidades de sentarse en el Consejo de Ministros, que es a lo que aspira Iglesias en estos momentos para salir algo airoso. Todo indica que las negociaciones para investir a Sánchez no le están favoreciendo –del programa no se sabe nada, de las aspiraciones a ocupar cargos de relevancia, sí– y da pistas de que la crisis de Podemos es más profunda. Si el PSOE consigue aumentar su posición, mayor es el crecimiento de su adversario histórico. El PP sube un 3,5% y 14 diputados, lo que es una buena señal para esta formación, porque Pablo Casado ha sabido frenar la caída y gestionar los resultados de los pasados comicios autonómicos y municipales sin que supusiera una pérdida en su poder territorial –lo que sí hubiera supuesto incidir en su crisis– y conservar o ganar plazas tan emblemáticas como la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de la capital. Esta subida de casi setecientos mil electores es a cuenta de Vox (22,4%) y de Cs (12%), un trasvase de votos que no es menor: del partido de Rivera recupera 498.000 y del de Abascal, 601.000. Este hecho puede interpretarse en la inutilidad de dividir el voto de centroderecha, además de la pérdida de un discurso coherente, serio y moderado. Sólo desde las pasadas elecciones generales, los populares han recuperado 851.000 votos, lo que afianza la idea de que el bipartidismo que se daba por terminado va ganando posiciones. Si PSOE y PP computaban el 45,4%, ocho semanas después se sitúan en el 50,7%. A buen seguro, la formación de Casado es consciente de esta tendencia y de su obligación de ejercer una oposición clara y responsable, así le pese a Rivera. Sánchez puede imponer el criterio de que Iglesias no entre en el Gobierno porque sólo su presencia supondría una distorsión mediática que estaría fuera de su control y una hipoteca que, tarde o temprano, le pasaría cuentas. Repetir elecciones sólo supondría insistir en el hundimiento de Podemos y en el crecimiento del PSOE y del PP. Jugar con esta hipótesis es arriesgado, incluso frívolo, porque el país no puede seguir en esta inestabilidad, pero también es cierto Sánchez no tiene más opciones que apoyarse en los independentistas o, tras nuevas elecciones, llamar a la puerta de Cs.