Aquí estamos de paso

Especie

La evolución de la humanidad es una historia universal de la infamia que trasciende la literatura y nuestros deseos

Un perro camina ligero hacia la cámara, se acerca a la persona que está grabando la escena. Su actitud no es agresiva, parece que acude curioso a saludar ante la presencia de humanos. Recibe un primer disparo que lo paraliza. Un segundo acaba con su vida. El vídeo ha sido grabado por terroristas de Hamas que a falta de civiles a su paso, matan mascotas e incendian casas. Y lo muestran al mundo. Me cuesta entender esa mentalidad de satisfecha exhibición de la crueldad, pero es nuestra condición. En una imagen anterior, difundida el pasado fin de semana, un grupo de jóvenes ejecuta uno de esos bailes contemporáneos, deslavazados y anárquicos, en medio de una fiesta colorista y aparentemente libre; de repente se escuchan explosiones y la atención de los danzantes se centra en la inesperada interrupción. Ninguno sospecha que va a suceder algo que cambiará sus vidas, si es que no se las arrebata. De repente, la normalidad se quiebra con violencias difíciles de digerir que incendian mundos como cualquiera de los nuestros. Y nos conmocionamos. Y nos situamos, o resituamos, ante una verdad incuestionable de la condición humana. O dos, por ser riguroso: su crueldad extrema cuando la convierte en propósito, y su deseo de ejercerla como instrumento de poder, para lo cual necesita exhibirla, que se sepa. Pienso en las ejecuciones de reos de muerte, en los ataques a poblaciones civiles por ambición territorial o por venganza, en la explotación consciente de mujeres y niños, en el maltrato sistemático a colectivos, en los genocidios.

La evolución de la humanidad es una historia universal de la infamia que trasciende la literatura y nuestros propios deseos. Somos depredadores a los que la civilización ha moderado las ansias, y la ley organizado los instintos, pero no ha arrebatado su fondo de crueldad y disposición a sembrar horror. Tenemos alma para el arte y capacidad para crear, ser solidarios y amar, pero asumimos con normalidad y ejecutamos si llega el momento máximas como que al enemigo ni agua, o sea, que hay que exterminarlo.

Hamás, que gobierna en la franja de Gaza como hacía Estado Islámico en Siria o los talibanes en Afganistán, arrebatando derechos mientras procura medios que mantienen a su población anestesiada, ha organizado una operación a gran escala exactamente igual que una gran invasión medieval: por tierra y a sangre y fuego. La reacción de un Israel herido es la de un asedio a Gaza del mismo cariz que cualquiera de los que podemos reconstruir abriendo libros de historia universal: cortar todo suministro, matar de hambre. Y después arrasar. No aplaudo ni he aplaudido nunca la larga e insoportable presión económica, política y militar de Israel sobre la franja de Gaza, su crueldad evidente con la población civil, pero apoyarse en ello para explicar, suavizar o hasta justificar el terrorismo de una organización que administra con ordenada crueldad la vida de quienes de ella depende, es asumir el argumentario falaz y visceral del terrorismo, la estrategia mortal del ojo por ojo que nos desviste de cualquier freno razonable a los instintos depredadores de venganza

Soy consciente de la oscura verdad de la condición humana, de su crueldad. Pero apelo, acaso ingenuamente, a su capacidad para crear y construir, para desarrollar y querer, con el fin de no terminar convencido de que no tenemos remedio y acabaremos autodestruyéndonos.