Tribuna

Un nieto de asturianos radiografió las pirámides

Había desarrollado radares que permitían aterrizar a aviones sin visibilidad, incluso había ganado fama internacional al publicar un estudio sobre la trayectoria de las balas que acabaron con la vida del presidente Kennedy

Un nieto de asturianos radiografió las pirámides
Un nieto de asturianos radiografió las pirámidesBarrio

Si algún día se descubre en el interior de la Gran Pirámide una red secreta de pasillos y galerías que conduzcan a la cámara sepulcral de Keops, el mérito será de un nieto de asturianos, casi olvidado en España, que tuvo una vida de película. Sus ojos despiertos, enmarcados por gafas de alambre, no han dejado de asaltarme desde que el pasado 2 de marzo el secretario general del Consejo Superior de Antigüedades, Mostafa Waziri, y el mediático egiptólogo Zahi Hawass, anunciaran en la meseta de Giza que los «rayos cósmicos» les habían permitido localizar un pasillo clausurado de 9 metros de largo por dos y medio de ancho y dos de alto, tras los dinteles de la puerta original de la Gran Pirámide.

Ese descendiente de asturianos, estadounidense de segunda generación, se llamó Luis W. Álvarez, y ganó en 1968 el Premio Nobel de Física por sus experimentos con una cámara de burbujas de hidrógeno líquido. Al profesor Álvarez la nominación al Nobel le llegó precisamente en Egipto. Llevaba viajando allí desde 1965 para poner a prueba una teoría que parecía sacada de las novelas de su buen amigo Arthur C. Clarke. Según él, si lograba desarrollar un detector de rayos cósmicos y situarlo dentro de una pirámide, sería posible deducir la existencia de cámaras secretas en su interior en función del número de partículas que lo alcanzasen. Álvarez sabía que la Tierra es bombardeada permanentemente por 10.000 de estas partículas por minuto y metro cuadrado, y también que ese sutil flujo de energía se debilita de manera mensurable según atraviese superficies como piedra o metal. Colocar un detector de estos rayos –una «cámara de chispas» lo llamo él– en el interior de un edificio, o incluso dentro de una montaña, serviría para «radiografiar» esas estructuras y revelar todos sus misterios.

A Álvarez el ingenio le venía de familia. Su abuelo fue uno de los primeros cerebros que abandonó nuestro país en tiempos modernos. Era médico. Emigró a los Estados Unidos, se casó con la hija de un marino prusiano y en Hawái descubrió un tratamiento contra la lepra. Su padre siguió aquellos pasos y sus investigaciones terminaron dando nombre al «síndrome Álvarez», una hinchazón histérica del abdomen. Pero el joven Luis se alejó del estetoscopio y se enroló en la élite del proyecto Manhattan. En 1943 ya dio signos de que lo suyo iba a ser la teledetección de secretos al desarrollar un instrumental que, embarcado en un avión, podría captar los gases radiactivos que generara un reactor nuclear. La Fuerza Aérea embarcó su inventó en un avión espía que sobrevoló la Alemania de Hitler. Poco después, fue testigo de la explosión de la primera prueba nuclear en el Trinity Site de Nuevo México, y al mes siguiente se subió al B-29 que escoltó al Enola Gay que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima.

Lo de Egipto fue todo un desafío para él. Tras recorrer las pirámides de Giza se dio cuenta de que la segunda gran estructura del lugar, la atribuida al faraón Kefrén, tenía una red de pasillos ridícula en relación a la Gran Pirámide. «¿Y si eso fuera porque sus corredores más importantes estuvieran aún ocultos?», se preguntó. En 1965 lanzó su propuesta de instalar detectores de rayos cósmicos en el monumento, y entre 1966 y 1969 –con solo un paréntesis provocado por la Guerra de los Seis Días– sus «cámaras de chispas» anduvieron recogiendo datos.

Las esperanzas en los trabajos de Álvarez eran altas. El nieto de asturianos había desarrollado radares que permitían aterrizar a aviones sin visibilidad, incluso había ganado fama internacional al publicar un estudio sobre la trayectoria de las balas que acabaron con la vida del presidente Kennedy en Dallas. Era un físico con credenciales y reputación de ingenioso… ¿Cómo iban a resistírsele las pirámides? Pero ocurrió. Sus «cámaras de chispas» tenían un error de diseño imposible de corregir en los años 60 y los rayos cósmicos las atravesaban sin dejar huella de su paso. Hubo que esperar a 2015 para que un consorcio internacional formado principalmente por franceses y japoneses rescatara la idea de Álvarez y la hiciera funcionar. Sus nuevas «cámaras de chispas» hoy están hechas con placas de gel que sí atrapan los rayos cósmicos. De hecho, son las que han permitido encontrar el «nuevo» pasillo de la pirámide y, lo que es más importante, detectar una cámara oculta de más de treinta metros de envergadura justo encima de la llamada Gran Galería de la Gran Pirámide, todavía inédita.

Al olvidado nieto de asturianos y premio Nobel de Física le debemos muchas cosas más. Tras el «fiasco» de las pirámides, estudió con su hijo Walter –hoy de 82 años, profesor de geología en Berkeley y doctor Honoris Causa por la Universidad de Oviedo– la desaparición de los dinosaurios, y ambos fueron los primeros en proponer que se extinguieron por culpa de un meteorito. Eso fue en 1980. Tras la muerte de Luis, su teoría fue confirmada por el hallazgo de un cráter de impacto de 180 kilómetros de diámetro en Chicxulub, Yucatán.

Así pues, cuando llegue el momento de abrir esa enorme estancia secreta detectada en la Gran Pirámide, quizá deberíamos proponer que se llame «Galería Álvarez». Sería justicia cósmica. Nunca mejor dicho.

Javier Sierraes Premio Planeta de novela y autor de «La pirámide inmortal».