Tribuna

En todas las Cortes cuecen habas

Todo apunta a que difícilmente Trump quedará apeado preventivamente de la carrera presidencial

En todas las Cortes cuecen habas
En todas las Cortes cuecen habasBarrio

Trump se ha llevado un varapalo insólito en Colorado. El Tribunal Supremo del estado considera que es reo de rebelión (insurrección) por su bochornosa arenga alentando el asalto al Capitolio tras no reconocer la victoria de Joe Biden. Y ahora esa circunstancia impediría que se pueda presentar a los caucus de Colorado para validar su candidatura como jefe de filas del Partido Republicano.

El Tribunal Supremo de Colorado cuenta con una contundente mayoría de jueces propuestos por demócratas. No en vano es un estado de marcado carácter demócrata, en el que Trump perdió con claridad los comicios de 2020. Pretender que esa circunstancia no ha tenido nada que ver en el veredicto de los jueces parecería, cuando menos, de una candidez exasperante. Lo mismo puede decirse –al revés– de lo que pueda finalmente decidir el Tribunal Supremo de Estados Unidos que cuenta con una mayoría republicana de seis contra tres. Y de esos seis, tres fueron elegidos a dedo por el mismísimo Donald Trump. Por eso, Trump espera que el Supremo federal ponga las cosas en su sitio revocando el pronunciamiento del Supremo estatal de Colorado. ¿Alguien duda que si esa mayoría fuera justo al revés Trump no estaría ya profiriendo todo tipo de sufridas soflamas poniendo en duda la imparcialidad de los jueces del Supremo? En todas las Cortes –en este caso, de justicia– cuecen habas. No es ajeno a la democracia –a cualquiera– que sus jueces puedan tener un sesgo. Y cuanto más arriba más riesgo de que eso ocurra sea cual fuere el sistema de elección. Pues claro que hay un sesgo, ideológico y, cómo no, económico. Allí o aquí.

El fallo de Colorado ha sido ajustado; 4 a 3, y entre esos tres se cuenta el Presidente del Tribunal. Pero éste no niega la mayor –Trump fomentó una insurrección violenta– sino que aduce que no se puede excluir a Trump del proceso electoral sin una sentencia firme que haya declarado culpable al expresidente Donald Trump.

A todas luces, lo que Trump protagonizó da pavor y merece una repulsa sin paliativos. Da qué pensar que un tipo así pueda de nuevo aspirar a presentarse e incluso ganar. Produce escalofríos. Sólo hay que ver y escuchar los alaridos de sus más exacerbados partidarios para constatar que no responden a razones sino a pasiones. Y que su pasión es Trump. Lo que viven con toda su alma. Celebran sus exabruptos como los goles en cualquier grada de animación de un campo de fútbol.

A mayor abundamiento, Trump no ha cambiado un ápice, sigue altivo, con su retórica desafiante, henchido de orgullo y haciéndose la víctima ante cualquier revés judicial. De hecho, el magnate sigue en sus trece pese a que no son pocos los republicanos que no comparten para nada ni los modos de Trump ni mucho menos su vergonzoso papel en el asalto al Capitolio.

Habrá que ver cómo acaba el lío. Aunque todo apunta a que difícilmente Trump quedará apeado preventivamente de la carrera presidencial. Pero nunca se sabe. Estados Unidos es una democracia, sin lugar a dudas. Una democracia pese a todo, por mucho que ese «todo» a menudo dé para plantearse si esa democracia es en la que desearíamos vivir o importar. Empezando por ese sufragio aristocrático. La mayoría de sus presidentes, o de los que optan a serlo, pertenecen a una selecta minoría, a unas élites económicas y políticas, que no mantienen contacto alguno con la clase media. Diríase que para ser Presidente hoy en Estados Unidos hay que pertenecer a una privilegiada casta de pudientes familias. El resto quedan al margen. Es el país de las oportunidades. Pero también uno con unas desigualdades sociales tales que concentra en manos del 1 por ciento cerca del 90 por ciento de la riqueza. Pues bien, el grueso de sus candidatos presidenciales salen precisamente de esa minoría que tiene tanto que casi lo tienen todo. Lo que deja en la más desesperante pobreza a millones de ciudadanos que no llegan a final de mes y que si enferman lo tienen crudo. Y qué decir cabe que cuando esos ciudadanos pobres recurren a la Justicia lo tienen más crudo que un acaudalado millonario. Como también tienen infinitamente más complicado llegar algún día a ser jueces. Y no digamos ya a la cúspide de esa justicia.