Ah, Terenci

La obra de Terenci sigue siendo hoy la de un autor provocador, íntimo y exótico, aunque ligado siempre a su experiencia vital.

El pasado día 2 se cumplieron quince años de la muerte de Terenci Moix a los sesenta y un años de edad, víctima de un enfisema pulmonar y de su enfermiza adicción al tabaco. Nunca le vi enfermo, ni tengo el mal recuerdo de sus últimos meses en silla de ruedas. Prefiero evocarlo en sus comienzos, cuando le conocí y firmaba todavía sus libros como Ramón, parte de un grupo de escritores que nacimos en lo que ahora en Barcelona se denomina el Raval. Le conocí a finales de los sesenta, pero ya en 1967 escribí una muy elogiosa crítica, en la desaparecida revista «Destino», de su primer libro «La torre dels vicis capitals», que logró el premio Víctor Català en el mismo año. Aquel inquieto joven ya había deambulado por Europa con su rostro aniñado, en continuo asombro con ansias de aprender. Descubrió el inglés en Londres, entonces poco frecuentado, que años más tarde perfeccionaría hasta el atrevimiento traduciendo a Shakespeare. Era extrovertido y algo amanerado, aunque lejos aún de explicitar su homosexualidad, aunque ya circularan leyendas sobre él y su hermana Ana María. Alardeaba de orígenes: su madre era modista y su padre poseía un modesto negocio de pintura. En aquellos años las minorías estaban descubriendo una literatura más libre, oculta durante años. Cuando estuve en Inglaterra, poco antes, se debatía todavía en los medios el escándalo de la publicación del libro de D.H. Lawrence, «El amante de Lady Chatterley», que muchos habían ya leído, aunque no en edición británica. El salto hacia Sade lo hicimos de la mano de J.P. Sartre.

En aquellos ya lejanos años, Ramón o Terenci se mostraba muy interesado por la ópera, Egipto, las provocaciones literario-sexuales, los «comics», el dinero y la fama. Tuvo siempre una extraordinaria fascinación por los famosos hasta penetrar posteriormente en sus círculos tras su paso por televisión catalana con el programa «Terenci a la fresca» (1981-87) y «Más estrellas que el cielo» (1988-89), en TVE. En 1968 en una fugaz editorial barcelonesa que dirigí, «Llibres de Sinera», publicó «Los comics, arte para el consumo y formas pop» con un prólogo mío. La presentación se realizó en un local de la calle Tuset (de moda en la Barcelona filoprogresista) que se llenó hasta los topes. Llegaban imágenes en papel que parecían trascender al cine cuando apenas llegaba la televisión. El mundo de Terenci anticipaba, desde la intuición de la belleza, lo que aportaría el siglo XXI. Porque el trayecto que discurría entre el entrevistador de aquel «Destino» hasta el memorialista de los tres volúmenes de «El peso de la paja», nombre de una calle barcelonesa, al que el autor otorga un doble sentido –el más brillante ejercicio memorialístico de su promoción– está cuajado de textos inolvidables. Tal vez ahora importen menos los encuentros en locales sadomasoquistas de Terenci y Emili Teixidor, ambos a la búsqueda de placeres ocultos en años previos a la reciente edulcorada exaltación literario-pornográfica, poco que ver con el denunciado sadismo de una infancia que hasta su madurez trató de rescatar e interpretar a su modo. Al margen de su idealizado Egipto faraónico, fruto de los filmes en tecnicolor (algunas veces habíamos hablado de aquel inolvidable cine Padró en el que posiblemente coincidimos en más de una ocasión) la pantalla constituyó una de sus referencias constantes.

Formé parte del jurado, en la primera convocatoria del premio Josep Pla, en la que se concedió el galardón a «Onades sobre una roca deserta» en 1969. Terenci Moix lograría con posterioridad galardones sucesivos inicialmente en catalán y posteriormente en castellano. En 1970 obtuvo con la que creo que sigue siendo su novela más representativa, «El día que va morir Marilyn», el premio Serra d´Or, de la revista catalana del mismo título. Pasó del castellano de sus primeras novelas, publicadas bajo el seudónimo de Ray Soler, al catalán en una operación colectiva catapultada, entre otros, por Josep Mª Castellet, pero Terenci acabó encontrándose, en el ámbito de las letras catalanas incómodo y hasta discutido. A fines de los ochenta regresó al castellano de su aprendizaje y en 1986 obtuvo el Premio Planeta con «No digas que fue un sueño». En la alternancia lingüística siguió el sendero de su amigo Pere Gimferrer. Pero la obra de Terenci sigue siendo hoy la de un autor provocador, íntimo y exótico, aunque ligado siempre a su experiencia vital. Intimó con Alberti en Roma, deslumbró al propio Vergés y hasta a Molas y se convirtió en interlocutor de Isabel Preysler y Miguel Boyer. Nada resultaba ajeno a un ser que ha pasado a convertirse en símbolo de la libertad sexual, más allá de difíciles circunstancias. El mejor homenaje a su reaparición editorial es la lectura de su obra, su objetivo final.