M. Hernández Sánchez-Barba

Ariel

La Razón
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En la generación finisecular del siglo XIX, junto con las últimas manifestaciones del Romanticismo, se enciende en Hispanoamérica la llamarada viva del Modernismo como una radical revolución de la conducta espiritual de los intelectuales y escritores centrados en el Caribe y las tierras ístmicas aledañas, con una serie de estudios y ensayos, a lo que aludía Max Henríquez Ureña en su brillante ensayo «El retorno de los galeones». El modernismo se extendió por toda Hispanoamérica y produjo un intercambio poético y prosístico de la gran altura.

En Uruguay, un importante grupo poético de narrativistas y pensadores alcanzó un puesto decisivo en el modernismo rioplatense; nadie superó la figura de José Enrique Rodó (1871-1917) en el espléndido proceso literario oceánico. Autor de importantes ensayos, ninguno alcanzó la fuerza del breve, pero influyente, «Ariel», que apareció en Montevideo en el año 1900.

El viejo y venerado maestro Próspero dirige un discurso a sus jóvenes alumnos con motivo del final de curso. Ariel –genio del aire– representa en «The Tempest» de Shakespeare la parte alada y noble del espíritu. Ariel es la razón y el sentimiento, actuando sobre los estímulos bajos de lo irracional y lo tortuoso. Es, además, y por otra parte, el entusiasmo, la generosidad, el desinterés, la espiritualidad, la gracia de la inteligencia; es decir, todo aquello que rectifica en el hombre los impulsos de Calibán, que simboliza la sensualidad y la torpeza.

Próspero deja en la despedida del curso a sus discípulos lo más preciado: el honor de cada generación exige que la libertad se conquiste por la acción perseverante del pensamiento, el propio esfuerzo y por la fe en la verdad. Es decir, el maestro, el profesor, quiere insuflar en el alma de sus alumnos que por ser jóvenes poseen las virtudes señaladas por Ariel, unidas a la razón, deben darles la fuerza necesaria para renovar la sociedad mediante la armonía entre la razón y la acción. Así pues, Próspero invita a sus discípulos a desarrollar no una parte sino la totalidad del ser; y les previene, por añadidura, respecto a Calibán –la sinrazón, el egoísmo y la tiranía– de un «objetivo único e interesado», que es el peligro que acecha permanentemente a la juventud; es más bien la servidumbre dañina de cuantas condenaciones morales existen: «No entreguéis nunca a la pasión ni un pequeño reducto de vosotros», para así mantener a salvo la libertad interior.

Es decir, Próspero invita a sus alumnos a preservar la totalidad del ser; los previene contra la sinrazón, el utilitarismo y el interés. La fama de «Ariel» se mantiene y se discute; su significado se continúa discutiendo. Y es, sobre todo, porque el momento histórico en que apareció «Ariel» es de suma importancia: el momento del cambio cronológico de siglo. Ante todo porque en 1900 el oleaje modernista está en su apogeo en Iberoamérica y en España. El Modernismo ha aportado una tensión espiritual muy marcada por el 98, sobre todo en Cuba y Puerto Rico. Literariamente lo que plantea Rodó a Rubén Darío es el exotismo decadente y el americanismo afirmativo de una conciencia del extremo occidental: razón y pasión. El «Ariel» de Rodó asienta un valor imprescindible que es la necesaria preservación de los valores espirituales de la juventud. Fue, en realidad, la expresión de un clima de época. Un opúsculo de menos de cien páginas que tiene su perfecto encaje en el esquema arquitectónico de la obra de José Enrique Rodó, ante «La vida nueva» del siglo XX, entre la técnica y el espíritu. El maestro deja a sus alumnos el futuro bajo la sombra protectora de la estatua de Ariel. Rodó recomienda la defensa del espíritu libre a la juventud, pero manteniendo la propia integridad. Así se aprecia en la exhortación final de Próspero: «Afirmando primero el baluarte de vuestra vida interior, Ariel se lanzará desde allí a la conquista de las almas».