Literatura

Carmen Balcells en la memoria

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Algunos lectores ingenuos creerán que el libro, el artefacto condenado a desaparecer o a abandonar el papel, es mero fruto de la relación entre un autor y, desde el nacimiento de la imprenta, de un impresor/editor. A su alrededor, sin embargo, se mueven multitud de intereses casi inapreciables, aunque decisivos. No tan lejos del cine se ha ido convirtiendo en obra colectiva

No sé bien si Cataluña ha perdido ya el cetro de la capitalidad literaria en lengua española que ostentaba cuando Don Quijote cabalgó en las playas barcelonesas. Pero hace pocos días en el Ateneo Barcelonés, sede de la ACEC (Asociación Colegial de Escritores de Cataluña), en la que algo tuve que ver en sus orígenes, se concedió el Premio José Luis Giménez Frontín a la Agencia Literaria Carmen Balcells, referente de la literatura española más relevante y de la difusión de la latinoamericana, a la que tanto contribuyó desde los sesenta del pasado siglo aquel, en apariencia, hierático personaje que estableció las reglas contractuales de los escritores de lengua española. Había nacido en un pequeño pueblo, de apenas medio centenar de habitantes, Santa Fe de la Segarra, en 1930. Su familia, de origen campesino aunque no pobre, la encauzó hacia los estudios femeninos o de clase media (o ambas cosas) de aquellos años: el peritaje mercantil y se instaló en Barcelona ya en 1946. Como los diestros de pro, se retiró de la dirección de la Agencia en varias ocasiones y tras su fallecimiento en Barcelona en 2015, se hizo cargo de la misma su hijo, Lluís Miquel, fruto del matrimonio de Carmen con el inolvidable «periquito», Luis Palomares, como apuntó el actual presidente de la Asociación Luis Castillo. Conocí a Carmen, la «Mamá Grande» según García Márquez, o Carmeta, diminutivo catalán que utilizábamos cuantos la frecuentamos, en los pasillos de la antigua editorial Seix-Barral, antes imprenta, que Víctor Seix (fallecido prematuramente en Frankfurt) y Carlos Barral (el cerebro editor) convirtieron en el vector de la modernidad desde los años sesenta del pasado siglo cuando formé parte de aquel irrepetible comité de lectura.

Carmen Balcells realizó sus primeras armas en la agencia ACER, del escritor rumano Vintilia Horia, Premio Goncourt, 1960. Acusado de fascista y perseguido por el gobierno de su propio país, Carmen le tuvo siempre gran aprecio. Se inició vendiendo derechos de autores extranjeros hasta que Barral la animó a centrarse en lo hispánico. Dijo siempre tener mala memoria y rechazaba, por tal excusa, las entrevistas, aunque gozó de un inolvidable anecdotario y un cajón de sastre de secretos no sólo literarios, que se llevó consigo a la tumba. Creo recordar –mi mala memoria supera a la suya– que el primer libro que negoció fue la versión italiana de la discutida antología de José María Castellet, «Veinte años de poesía española», publicada en 1960. En su elaboración no estuvo ausente Jaime Gil de Biedma. Barral esperó a que saliera a la luz el primer libro de Jaime, «Compañeros de viaje», para publicarla. Pero la meteórica carrera de la agente, todavía primeriza, se debió a la reordenación de las cláusulas de los contratos de edición que hasta entonces había regido entre escritores y editores. Estos últimos le juraron odio eterno en sus inicios, pero Carmen supo con sutilísimas negociaciones hacerse con una escudería en la que pronto figurarían los escritores latinoamericanos. Gracias, aunque no solo a ella, Barcelona se convirtió en la ciudad del mal llamado «boom» y albergó por algún tiempo, a la vez, a dos futuros premios Nobel, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. Fueron años contraculturales, de la emblemática «Bocaccio» de Oriol Regás, de la fulgurante eclosión de los novísimos que transformarían la poesía en España y hasta la prosa, al tiempo que convivíamos en armonía con poetas y narradores en catalán que regresaban del exilio o de cuantos rompían, como Salvador Espriu, un exilio interior, fenómeno del que ya nadie se acuerda. Más tarde se incorporarían escritores en catalán que desbordaban clasificaciones, como Terenci Moix.

Carmen se había hecho fuerte en un elegante piso de la Diagonal, donde radica todavía la Agencia, al que sumó más tarde otro en el mismo edificio como vivienda habitual. Hizo las Américas, incluso las del Norte y anduvo siempre al acecho de lograr el escritor con talento y dotes de mercado. Recuerdo aquellas cenas con Jorge Edwards, cuando vivía todavía en Barcelona, con Matilde Urrutia, ya viuda de Pablo Neruda, a quien, Premio Nobel, también acabó representando, como a Camilo José Cela o Miguel Ángel Asturias. Demandaba a sus autores una fidelidad ilimitada y la obediencia a trayectorias que ella diseñaba. Administraba derechos, se encargaba de buscar alojamiento a «sus» autores cuando estaban de paso en la ciudad, cuidaba de sus colaboraciones y hasta de sus relaciones sentimentales, y calculaba premios y proyección. Realizamos varios proyectos editoriales juntos. Gracias a su apoyo interesado, parte de la popular colección RTVE, en la editorial Salvat/Alianza, difundió nuevos nombres de latinoamericanos en pleno franquismo. Colaboró en parte, para que la pequeña editorial Llibres de Sinera lograra albergar títulos de Barthes o Moravia. Un día casi me obligó a firmar un contrato de representación de mis libros. Fui, como siempre heterodoxo, y disculpado por ello. En sus últimos años casi dejamos de vernos, aunque recibimos el mismo año la Creu de Sant Jordi, que otorga la Generalitat. Mucho más hubiera podido contar mi buen amigo Manuel Vázquez Montalbán, de haber logrado escribir sus memorias, con el permiso de Carmen, claro. Algunos lectores ingenuos creerán que el libro, el artefacto condenado a desaparecer o a abandonar el papel, es mero fruto de la relación entre un autor y, desde el nacimiento de la imprenta, de un impresor/editor. A su alrededor, sin embargo, se mueven multitud de intereses casi inapreciables, aunque decisivos. No tan lejos del cine se ha ido convirtiendo en obra colectiva.