Como en los tiempos del Sha

Primero es el terror, brutal e inmisericorde. Los coches bomba en mercados atestados y a la salida de la mezquita, los ataques suicidas contra los puestos de control, sí, pero, también las matanzas con arma blanca de familias enteras de policías y militares, sorprendidas de noche en sus domicilios. La emboscada permanente en unas ciudades y en unos pueblos donde todos se conocen y saben a quién rezan. Luego, la respuesta ciega, también brutal, de las fuerzas del Gobierno. La tortura sistemática y el tiro en la nuca. Y, por fin, el desestimiento de la población, que huye o se resigna a una vida miserable bajo las normas de una «sharía» extrema, que no entraba en los planes del Profeta.

«La gente está feliz. Se han acabado las bombas y las extorsiones», le explicaban el viernes algunos habitantes huidos de Mosul al enviado especial de la agencia Efe, Enrique Rubio. No se entiende la desbandada del Ejército iraquí sin ese largo preámbulo de terror. Sin la conciencia de que la derrota arrastraba en la venganza a las propias familias. Muchos huyeron para poner a sus hijos a salvo. Pero tampoco se entiende sin la ceguera del Gobierno de Al Maliki, tan sectario, incapaz de reconciliar a un país martirizado, rabioso de injusticias, pero del que surgen hombres de una calidad humana y moral incuestionable. Como esos doce imanes de Mosul, suníes, que han sido pasados a cuchillo por negarse a rendir obediencia a los yihadistas. Eran argamasa sobre la que se hubiera podido levantar una nación renovada. Qué no habrán experimentado los suníes para hacerles olvidar lo que fue, no aun hace siete años, la tiranía de Al Qaeda, para que los viejos colaboradores de Sadam Husein se dejen barba, vistan la chilaba y cojan el AK-47 bajo las banderas negras. El peligro, sin embargo, trasciende a Irak. Los milicianos del Estado Islámico de Irak y el Levante arrasan sistemáticamente los hitos que marcan la frontera que delimitaron Francia e Inglaterra tras la caída del imperio otomano.

El reparto arbitrario del despojo turco hizo que vivieran bajo las mismas banderas pueblos y gentes que se odiaban. De ahí la ironía cruel de esta historia. Sólo bajo las tiranías laicas, revestidas de falso socialismo nacionalista, parece posible forzar la convivencia. Qué sutil paradoja la de la Fuerza Aérea siria bombardeando a los islamistas para dar apoyo a los mismos rebeldes que comenzaron la sublevación y que hoy libran una guerra a muerte contra el peor de los extremismos. O la del Gobierno turco, negociando la liberación de sus connacionales secuestrados en Mosul, tras haber respaldado con armas y refugio a los islamistas. Ankara quería derribar a Asad por mano interpuesta y, hoy, se previene contra la extensión de la peste dentro de sus fronteras. El Gobierno chií de Irak aguantará el golpe y recuperará militarmente el territorio. Al Maliki es de la secta mayoritaria y tiene el respaldo de Irán y de Estados Unidos. Pero mucho han de cambiar las cosas para que se pueda hablar de un Estado iraquí, aun en el sentido más laxo del término. Sólo el retorno de la vieja alianza entre Washington y Teherán, la de los tiempos del Sha, puede dar un cambio drástico a la región. Nuestros actuales aliados, Arabia Saudí y Qatar, creadores del monstruo islamista, no parecen capaces de contener a la bestia.