El americanismo de Rodó

El americanismo del escritor uruguayo José Enrique Rodó ha sido materia de discusión. Luis Alberto Sánchez en sus «Escritores representativos de América» le dedica una importante atención; mucho más detenida y jugosa por parte de José Enrique Etcheverry Stirling en su magnífico libro «Temas Literarios» (Montevideo, 1975), que ha sido quien más ha profundizado, insistiendo en la fijación, primero, y el por qué, después, el rigor del concepto de americanismo constituye el valor más relevante de este escritor al precisar la atención sobre la decisiva intervención de Rodó en el campo del análisis literario, como ensayista y muy precisamente sobre la caracterización de un tema insurgente en su tiempo que emergía, por entonces, en todos los foros acreditados de Occidente en centros científicos y universitarios.

Rodó alcanzó fama continental con la aparición de su excelente ensayo «Ariel», en los años iniciales del siglo XX (1900-1901). En el último año del siglo XIX se acreditó en la oleada del Modernismo a través del impulso de Rubén Darío, con su inteligente comentario acerca de las «Prosas profanas» del poeta nicaragüense. Otros estudios había escrito Rodó, entre ellos, el estudio del boom novelístico del siglo XX «La gesta de la forma, la novela nueva», así como otros ensayos que abrieron importantes vías de preocupación en las ideas hispanoamericanas del siglo XX como «Liberalismo y jacobinismo», «Los motivos de Proteo» y otros estudios que abrían importantes perspectivas que tuvieron magnífica ocasión de formar unidad en el «Mirador de Próspero», destacando en forma debida y profunda su significado en la literatura, que le valió a Uruguay por sus autores literarios el título de Suiza hispanoamericana. La vinculación de José Enrique Rodó en la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales constituye la primavera temprana de su conciencia americanista.

Los textos de la Revista Nacional llevan en sí el prestigio de producción literaria, pero nos interesa de modo especial el contenido raigal del pensamiento de Rodó: su preocupación fundamental es el americanismo y los temas americanos. Su mirada dirige y guía el pensamiento de Rodó, en primer término en el pasado literario y por ejemplo en destacar los valores literarios en la obra del argentino Juan María Gutiérrez, que es el primer nombre cimero de sus ensayos americanistas. Sin embargo, su atención se fijó de manera preeminente en los nuevos de América. Rodó tuvo el acierto de expresar su pensamiento en la figura del Próspero de Ariel, que dio carácter, unidad y sentido a todas sus producciones posteriores. Se ve, además, la huella intelectual de Juan María Gutiérrez, propugnando la unidad intelectual y literaria del Río de La Plata, insistiendo de modo fecundo en la conciencia de América sobre su pasado.

Es inequívoca la carta sobre Juan Carlos Gómez, de la que reproducimos un fragmento: «El sentimiento de la tradición, el culto del pasado, es una fuerza insustituible en el espíritu de los pueblos y de las grandes personalidades en que se encarnan sus porfías, sus anhelos, sus glorias, es la forma suprema de ese culto. Entre nosotros merecen ser honradas las generaciones que han precedido a las que tienen la representación oscura del presente, no solo a nombre de aquella solidaridad histórica inquebrantable, sino también por un derecho evidente de superioridad. El futuro se une a la voz sagrada de la historia». Para Rodó el principal problema era el desconocimiento de América por América misma.

La Revista Nacional, que fue inicialmente concebida en dimensión uruguaya, era debida a un aislamiento que no tenía por qué continuar existiendo y derivó por el impulso que a ello dio el propio Rodó hacia otra dimensión. Fue Rodó un luchador de innata moderación, pero convertido en maestro de la juventud americana, sin salir en muy pocas oportunidades de Uruguay, solo a Chile en 1910 y, más adelante, como corresponsal de una revista a recorrer Europa ya en la guerra de 1914-1918. Entre «Ariel» y su muerte, durante diecisiete años, escribió «Los motivos de Proteo», que elaboró en sus largos paseos por las cercanías de su residencia.

Montevideo le ha dedicado una estatua de la que me interesa una inscripción que está extraída de su parábola sobre Gorgias: «Mi discípulo será el que me venza». Luis Alberto Sánchez recuerda la última página de «Ariel»: «El movimiento de las estrellas parece el de las manos de un sembrador. De él surgió la idea de América: ‘Patria común’, ‘Magna Patria’, la América concebida como una grande e imperecedera unidad, una excelsa y máxima patria; desde el Golfo de México hasta los hielos sempiternos del Sur».