El enigma turco

La Razón
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En un país de 783.500 kilómetros cuadrados de superficie, compartiendo 3.000 de fronteras en un Oriente en guerra, habitado por ochenta millones de personas que acogen como refugiados a otros dos y que tiene la llave para reexpedirlos al centro de Europa, despliega entre Incirlik y Adana, una batería antiaérea PATRIOT española con 132 efectivos del Regimiento de Artillería nº 81 de Valencia. Forman parte, junto a Italia, Alemania y EE UU, de la misión «Active Fence» de la OTAN reforzando la defensa aérea turca frente a la amenaza de misiles procedentes de Siria.

Por supuesto, con lógica prudencia, no me referiré a cómo interpreta nuestro contingente el golpe del pasado 15 de julio. Pasadas dos semanas, incluso a mí me cuesta tratar el tema sobre el que en un primer momento evité opinar. Hay que tener una mentalidad otomana para distinguir la diferencia entre lo lógico y lo enigmático. Pero no dejó de producirse en mí la percepción de que algo no encajaba. Enemigo de los golpes de este tipo, intentaba comprender este fracasado quinto, cuando los cuatro anteriores –alguno muy cruento– consiguieron triunfar.

El primer personaje que me apareció en mi reflexión sobre estudios comparados fue De Gaulle. El general que el domingo 23 de abril de 1961 se dirigió por radio a los soldados de Argel ordenándoles desobedecer a sus mandos tras el «putch» promovido por quienes sostenían el mantenimiento del territorio del norte de África como parte integral de Francia. Aquella noche fue la de los transistores.

La del 15 al 16 de julio fue la de la CNN , la de «skype» y «facetime». El hombre que más ha castigado en su país a las redes y a los periodistas se valía de su influencia para llegar a las mezquitas y a las tropas.

Pero pronto aparecieron otros dos personajes: Maquiavelo (El Príncipe) y Curzio Malaparte (Técnicas del golpe de Estado). Lo de Turquía encajaba en los parámetros descritos por ambos: si el más levantisco de tus nobles amenaza tu corona contagiando en su rebeldía a otros nobles, indúcele, empújale. Siempre encontrarás a alguien tuyo –dentro o fuera de tu reino– que le anime, incluso que le financie. Al acecho, al tanto –ya sabes, en la selva no vence el más fuerte sino el mejor informado– le vencerás. Y bastará que ruede una cabeza para que todos los demás entiendan. Stalin fue un maestro en este arte; olía los «golpes» dentro del Partido Comunista; «dejaba hacer», para descabezar después cruelmente a los desafectos.

Tras este efecto vacuna, diría Maquiavelo, podrás implantar todo tu estilo de poder: llevarte por delante a los jueces que te investigaron por corrupción, poner a las Fuerzas Armadas directamente a tus órdenes, desprendidas del mandato del padre de la patria Atatürk, el del Estado laico, el de la necesaria occidentalización del residual Imperio Otomano.

El enemigo externo se plasmó en las acusaciones contra un antiguo aliado: Fetulah Güllen. No hay mayores enemigos que los procedentes de nuestras propias filas. Y el recurso de apelar a la unidad culpando al enemigo exterior siempre es válido. Aunque viva, en este caso, en un país aliado –EE UU– con el que comparten compromisos en la Alianza Atlántica –como la operación «Active Fence»– y que tiene importantes bases sobre el territorio, esenciales para asegurar la estabilidad de la zona.

Últimos personajes en mi percepción: las mujeres. Algo me dice que serán las grandes perjudicadas. Busquen en las fotografías recientes de las manifestaciones de la plaza Taksim y notarán su ausencia. Apelar a las mezquitas como fuente de reacción a la asonada militar entraña un significado cambio de rumbo respecto a la laicidad de su sociedad. Ellas lo notarán. Quisiera equivocarme.

Difícil predecir un futuro inmediato, dado el indiscutible carisma de Erdogan, la falta de alternativas políticas creíbles, el impulso del nacionalismo, su presión hacia una Europa sometida y aterrada por un fanatismo que no tiene límites racionales.

Por supuesto hay otras claves. Las purgas de más de 60.000 enseñantes y funcionarios tendrá su coste. El número de detenidos –13.000 oficialmente– que pueden permanecer en manos policiales todo un mes tendrá su coste; como lo tendrá el que un 20% de la plantilla de jueces y fiscales estén detenidos o suspendidos.

Güllen, el enemigo externo, debe extremar su seguridad. Sabe que los compromisos entre EE UU y Turquía pesan mucho. Como sabe, hay muchas formas de extradición, algunas muy sutiles pueden llegar en forma de desgraciados accidentes.

Los hervores patrióticos se suelen de- sinflar, especialmente si son inducidos. Y los detenidos, torturados o desaparecidos tienen amigos y familias y hay toda una sociedad internacional que vela por los Derechos Humanos, que condena la reimplantación de la pena de muerte.

Si finalmente interpretamos el golpe como una mala asonada militar trasformada en autogolpe por una cínica manipulación, tenemos un preocupante y enigmático tema para largo trecho.