Ministerio de Justicia

Gabaldón, un ideal de justicia

La Razón
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No descubro nada si digo que hay distintas formas de entender la Justicia, lo que explica diversas opciones en política judicial. Esto –y sólo esto– justifica que pueda hablarse con propiedad de «política judicial», algo muy distinto de politización de la Justicia. Aun así no estaría de más que ante esa disparidad de pareceres nos preguntaramos qué piensa el común de los ciudadanos acerca de qué es la Justicia o, más en concreto, qué espera de los jueces.

Probablemente si indagásemos se encontraría que las diferencias son más patrimonio del debate entre expertos, y que fuera de su mundo hay un sentido común más extendido de lo que piensan esos avezados. Desde ese sentido común cabe deducir que el ciudadano desea una Justicia alejada del partidismo, de los intereses políticos, eficaz, dotada de medios y unos jueces independientes, imparciales, doctos, responsables, no arbitrarios y éticamente solventes. Unas exigencias especialmente acuciantes en momentos como los actuales.

Hago estas reflexiones tras el fallecimiento el pasado día 30 de abril, a los 94 años, de José Gabaldón. Magistrado ejemplar, lo fue del Tribunal Supremo y luego del Tribunal Constitucional –fue su vicepresidente– y durante años presidente de la Asociación Profesional de la Magistratura. Desde su liderazgo judicial ejerció una particular portavocía: la de ese sentir común general acerca de qué es un juez y qué la Justicia. Su voz se hizo oír tanto cuando estaba en activo como ya apartado de responsabilidades judiciales. Y a sus escritos sobre ética judicial me remito.

El hilo conductor que resume sus ideas es hacer de la Justicia y de la profesión de juez una verdadera vocación, un ideal de vida. Quizás alguien califique esta apreciación de exagerada, quizás grandilocuente, pero esa crítica vendrá así –me lo confesaba una vez– de los que ven en la profesión de juez un medio más de tener un trabajo asegurado. Para él era mucho más: era una vocación, para él España necesita jueces ilusionados y embebidos en su labor, conscientes del poder moral y ejemplificante que se ejerce desde la responsabilidad que implica administrar Justicia.

Gabaldón se prodigó en reflexiones sobre la ética judicial, en especial tras jubilarse, lo que da a su parecer un especial valor al no hablar ya desde la legítima defensa de unos intereses asociativos –que no corporativistas– propia de quien ostentaba la responsabilidad de presidir la más importante –y en su momento única– asociación de jueces. Su clarividencia la mantuvo hasta los últimos momentos de su vida, así lo vi al consultarle delicados asuntos que afectaban a mi personal andadura profesional. Siempre encontré en él consejos certeros.

Al repasar la historia de la Justicia española, Gabaldón se apoyaba en esa cita bíblica de «nihil novum sub sole», nada hay nuevo bajo el sol, sobre todo –añadía– cuando la tendencia expansiva del poder choca con las exigencias del Derecho. Recuerdo que hace ya tiempo hablamos de la obra Magistratura y Justicia, escrita por Francisco Beceña en 1928; Gabaldón conocía ese libro pero no tenía ningún ejemplar y pude conseguirle uno. Miembro del Tribunal de Garantías Constitucionales de la II República, Beceña fue asesinado en agosto de 1936 y sus restos nunca se encontraron: fue arrojado por los milicianos a una mina. En esa obra Beceña repasa la figura de los grandes juristas romanos y decía que en un tiempo en el que «la corrupción general avanzaba continuamente», Roma encontró en el Derecho «hombres cuya limpieza moral estaba por encima de toda sospecha», juristas caracterizados por la dignidad de su vida y la elevación de su conducta, muchos de los cuales pagaron caro su rectitud.

Beceña y Gabaldón atinaban en sus inquietudes. Hoy como ayer, como hace siglos, cuando la vida pública se deteriora y exige una recarga moral, poco avanzaremos sin jueces buenos ni rectos. Gabaldón pensaba en un juez jurista, no en un juez reducido a gris funcionario ni en un simple técnico, hábil indígena capaz de desenvolverse con soltura por los mil vericuetos de un ordenamiento selvático, capaz de hacer juegos malabares con sus posibilidades dialécticas. Encarnó un ideal de Justicia, de juez, por eso no digo ahora «descanse en paz» porque su pensamiento vive y dará mucha guerra.