La inminente década perdida

Otro estímulo fiscal global –centrado en las inversiones públicas en infraestructura y educación– suministraría la inyección de adrenalina que se necesita para una recuperación robusta

A medida que acaba 2013, parece que la economía mundial seguirá estancada en una falta de dinamismo. Para aquellos que hacen previsiones sobre la recuperación global, las cifras sobre el PIB correspondientes al tercer trimestre no son alentadoras. Si bien los Estados Unidos van a la cabeza, pronto podrían perder algunos de sus buenos resultados, pues los inventarios acumulados empiezan a erosionar las ganancias. A pesar de los visos de esperanza, la eurozona y Japón están luchando por rebasar el umbral de 1% en el crecimiento económico anual. Además, las principales economías emergentes se están ralentizando, de entre ellas Rusia, que prácticamente está paralizada. Estos hechos no sorprenden: una frase hecha en el debate de políticas económicas actual es «estancamiento secular», la idea de que el ahorro excesivo daña crónicamente la demanda. El economista Robert Gordon también ha argumentado que en el mundo el desarrollo de ideas productivas desde el punto de vista económico es bajo.

Pero antes de desesperarnos, hay cosas por hacer. Los programas de estímulo fiscal coordinado que salvaron al mundo del colapso económico en 2009 desaparecieron muy rápido, pues los gobiernos viraron su atención a políticas internas y prioridades. Como las opciones de políticas internas se han agotado, las perspectivas económicas se atenuaron. Un énfasis renovado en el estímulo debe aumentar mediante una coordinación global en cuanto al momento ideal y contenido de las medidas de estímulo.

La crisis fue y sigue siendo global. Los datos comerciales lo ilustran: después de haber aumentado alrededor del 7% anualmente durante la década precedente a 2008, el comercio mundial disminuyó más rápido que el PIB global en 2009 (y más drásticamente que durante la Gran Depresión). Una vez que la corta recuperación impulsada por los programas de estímulo perdió dinamismo, el crecimiento del comercio mundial de nuevo desaceleró rápidamente y ha disminuido un 2% anualmente en los últimos 18 meses. El ritmo decepcionante de exportaciones se debe en gran parte a la atenuación reciente de las perspectivas de crecimiento económico.

A finales de 2008, cuando todavía no era evidente la magnitud de la inminente destrucción económica, Olivier Blanchard, el economista jefe del Fondo Monetario Internacional, instó enérgicamente a realizar programas de estímulo fiscal mundiales, y señaló que en estos «tiempos normales», el consejo usual del FMI –recorte fiscal y reducción de la deuda pública– no era pertinente. Advirtió que si la comunidad internacional no actúa en conjunto, los «círculos viciosos» de deflación, trampas de liquidez y perspectivas crecientemente pesimistas podrían anclarse.

Por suerte, los dirigentes mundiales escucharon y acordaron en abril de 2009, durante la cumbre del G-20 en Londres, ofrecer un total de 5 billones de dólares en estímulos fiscales. Los Estados Unidos y Alemania aumentaron estímulos que representaron alrededor del 2% del PIB. Además, los bancos chinos inyectaron sumas enormes de crédito en la economía del país, permitiendo así sostener la demanda de importaciones, que era crucial para la recuperación global.

Pero la arrogancia llegó rápidamente y prevalecieron los intereses locales. Antes de que la herida sanara por completo, se interrumpió el tratamiento.

Quienes peor se comportaron fueron los Estados Unidos y Alemania, que eludieron la responsabilidad inherente a proteger el bien común global que va con su condición de potencias económicas hegemónicas. La conducta del Reino Unido, con sus complicadas justificaciones para la austeridad fiscal, no fue mucho mejor. Los estímulos fiscales de estos tres países –junto con contribuciones menores de Francia y China– podrían haber servido para continuar la cura que se necesitaba.

Ahora los países aparentemente piensan que las medidas de política monetaria son su única opción. Sin embargo, mientras que los estímulos fiscales impulsan el crecimiento interno y externo y permiten un refuerzo mutuo mediante el comercio mundial, la política monetaria responde principalmente a metas internas y, a corto plazo, las ganancias de un país pueden ser las pérdidas de otro.

Los Estados Unidos encabezan el mundo en lo que se refiere a ambición en materia de política monetaria. Las investigadoras Cynthia Wu y Fan Dora Xia estiman que las compras abiertas de activos (la llamada «facilitación cuantitativa») habían dado lugar a un tipo efectivo de política monetaria estadounidense de -1,6%. La facilitación cuantitativa impulsó las exportaciones estadounidenses al debilitar al dólar frente a otras divisas. Cuando los japoneses elaboraron su propia facilitación cuantitativa, el yen se depreció rápidamente. Eso ha mantenido al euro fuerte.

De este modo, la más débil de las «tres grandes» economías desarrolladas –la eurozona– se ha quedado con la moneda más fuerte. En el tercer trimestre de 2013, las exportaciones de Alemania se desaceleraron y las de Francia cayeron. Después de un aumento a principios del año, las exportaciones de Japón también se han contraído. Sólo las exportaciones de los Estados Unidos han conservado cierto impulso gracias al dólar débil.

En los años treinta, después de la caída del patrón oro, los líderes mundiales no podían ponerse de acuerdo sobre el modo de solucionar de forma coordinada la deflación de la economía mundial. En su libro «Golden Fetters» (Los grilletes dorados), el economista Barry Eichengreen argumentaba que la falta de acciones coordinadas hizo que el proceso de recuperación mundial se retrasara. Esos retrasos son costosos, y se corre el riesgo de que las heridas se infecten y la cura se alargue más.

Ahora, a pesar de las circunstancias políticas desfavorables, Blanchard debe tomar una decisión aún más audaz. Estos no son tiempos «normales» y los «círculos viciosos» persisten. Otro estímulo fiscal global –centrado en las inversiones públicas en infraestructura y educación– suministraría la inyección de adrenalina que se necesita para una recuperación robusta.

Una mayor inversión pública tiene dos ventajas. Puede sacar al mundo de su estupor; y puede ser una salvaguarda contra el «estancamiento secular». Los Estados Unidos, Alemania, Francia y China deberían actuar para dar ese impulso. De otro modo, podría ser difícil alcanzar una recuperación económica global sostenible, en cuyo caso 2014 acabaría también sin aceleración.

Copyright: Project Syndicate, 2013