La razón y el fin de la pobreza

El Banco Mundial se ha fijado dos nuevos objetivos: acabar con la pobreza extrema y crónica en el mundo de aquí a 2030 y fomentar la prosperidad compartida, definida mediante los avances del 40 por ciento más pobre de la población en todas las sociedades. Ahora que el Grupo de Trabajo Abierto sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Asamblea General de las Naciones Unidas ha hecho suyo el objetivo antipobreza, el debate sobre cómo lograrlo ha reavivado la vieja pregunta: ¿acabarán los beneficios del crecimiento económico revirtiendo en toda la población por sí solos o harán falta políticas redistributivas específicas?

Por un error en el razonamiento deductivo, muchas personas sostienen la opinión de que el crecimiento bastará; a diferencia de los ideólogos comprometidos, se puede lograr que abandonen su posición. Ésa es la razón por la que el segundo objetivo del Banco Mundial de fomentar la prosperidad compartida es importante por sí mismo y también como complemento esencial para la consecución del objetivo de acabar con la pobreza.

Como el Banco Mundial reconoce que a lo largo de los dos próximos decenios persistirá inevitablemente cierta pobreza «friccional», su objetivo oficial es el de reducir el porcentaje de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza, definido como un consumo diario de menos de 1,25 dólares (en paridad de poder adquisitivo) por persona, a menos del tres por ciento.

Las investigaciones del Banco Mundial predicen que, si todos los países crecen con las mismas tasas que en los veinte últimos años y sin cambio en la distribución de los ingresos, la pobreza mundial se reducirá hasta el 7,7 por ciento de aquí a 2030, frente al 17,7 por ciento en 2010. Si crecen más rápidamente, con las tasas medias registradas en el decenio de 2000, la tasa de pobreza se reducirá hasta el 5,5 por ciento.

Esas cifras indican que no es probable que el crecimiento por sí solo nos permita alcanzar el objetivo del tres por ciento, pero se trata solo de una indicación. Podemos argumentar que, aun así, debemos confiar en el crecimiento y limitarnos a adoptar medidas que fomenten su aumento.

En un nuevo estudio, David Dollar, Tatjana Kleineberg y Aart Kraay han analizado empíricamente la relación entre crecimiento y pobreza. Su amplio estudio se basa en datos de estudios de gran calidad procedentes de 118 países y llega a una conclusión clara: la mayor parte de la erradicación de la pobreza habida en los últimos decenios se debió al aumento general de los ingresos de las economías. Más concretamente, el 77 por ciento de la variación del aumento de los ingresos del 40 por ciento más pobre de la población de los diversos países refleja diferencias en el aumento medio de los ingresos.

Semejantes resultados de investigaciones mueven a muchos a concluir que la erradicación de la pobreza requiere que confiemos en el crecimiento general y que las intervenciones normativas gubernamentales contribuyen poco a ella, pero se trata de una conclusión errónea, que ilustra una falta de lógica.

Para ver por qué, supongamos que en 1930 un economista hiciera un estudio empírico sobre lo que curaba las enfermedades infecciosas y, tras analizar los miles de datos de años anteriores, concluyera que el 98 por ciento de todas las enfermedades infecciosas se curaban con medicinas diferentes de los antibióticos: «tradicinas», incluidas todas las medicinas tradicionales de diversas escuelas. Esa conclusión sería válida con mucha probabilidad, porque la utilización de antibióticos antes de 1930, justo dos años después de que Alexander Fleming descubriera la penicilina y años antes de que llegara a ser plenamente viable como cura, era muy escasa y en la mayoría de los casos fortuita.

Pero ahora supongamos que el economista sostiene a continuación que, por tanto, sería absurdo administrar penicilina a los pacientes, porque sabemos que el 98 por ciento de todas las enfermedades tratables se curaban con tradicinas y la penicilina no era una de éstas. Se trata de una deducción errónea, basada en pruebas inexistentes. Lo que el estudio del economista de 1930 mostró fue que correspondieron a las tradicinas el 98 por ciento de los casos cuyo tratamiento dio resultado. No muestra que la penicilina no dé resultado.

Se trata de un error común. Con frecuencia oímos afirmaciones como ésta: «Debemos confiar en el sector privado para la creación de puestos de trabajo, porque los estudios muestran que el 90 por ciento de los creados en el pasado correspondieron a dicho sector». Si aceptáramos este razonamiento, tendríamos que aceptar la afirmación de un investigador soviético a finales del decenio de 1980 de que debemos confiar en el Estado para la creación de puestos de trabajo, porque la creación del 90 por ciento de los puestos de trabajo del pasado correspondió al Estado.

Respecto de la creación de puestos de trabajo, hay tanto teoría como pruebas que respaldan la conclusión de que el sector privado es el factor principal de la expansión sostenible (lo que no equivale a negar que pueda haber margen para ajustar las políticas públicas a fin de que el sector privado sea más favorable para el empleo), pero respecto de la erradicación de la pobreza la teoría y las pruebas muestran que las intervenciones normativas, cuando están hábilmente concebidas, pueden desempeñar un papel importante. Algunas de esas políticas ya existen; otras están por crear: los antibióticos de nuestra época.

En la India, los gobiernos llevan decenios intentando conseguir alimentos baratos para los pobres. El análisis de costos y beneficios ha inducido a muchos a declarar que se trata de una política fracasada, pero el defecto está en el método del programa, que consiste en depender del Estado para recoger los alimentos producidos por los agricultores y entregárselos a los pobres. El 45 por ciento, aproximadamente, de los cereales desaparece en ese proceso, lo que significa que se deben reparar los fallos del sistema, no que se deba abandonar todo el plan. Una asociación público-privada bien concebida, en la que el Estado conceda un subsidio directamente a los pobres, quienes después compren los alimentos a agricultores y comerciantes privados, beneficiará a todos.

Evidentemente, cuando los pobres tienen más alimentos (y más sanos), su nutrición mejora; cuando unos niños mejor nutridos van a la escuela, se vuelven más productivos; lo mismo es aplicable a los servicios de salud. El crecimiento económico general es importante, pero los pobres no deben tener que esperar hasta que sus beneficios reviertan en ellos; con políticas antipobreza idóneas, los gobiernos pueden fomentar un crecimiento que también revierta en ellos.

Economista jefe y vicepresidente principal del Banco Mundial, está en excedencia de la Universidad de Cornell, donde es profesor de Economía