Misiones militares en el exterior

Nuestras misiones militares en el exterior –que son muchas– se suelen describir con un torrente de datos que oscurecen los factores políticos y militares que entrañan. Los militares españoles participan con unos 3.000 efectivos en la friolera de 20 de estas misiones. Dividiendo estas dos cifras obtenemos una media de efectivos por misión de 150. Pero la realidad es algo diferente. Hay un puñado de misiones de cierta entidad junto a otras de tan solo unas decenas de militares, prueba clara de que los factores políticos priman sobre los militares. Regamos –con poca agua– en demasiados tiestos.

No pretendo por lo tanto ir una por una de estas misiones sino más bien tratar de clasificar algunas como claras, discutibles o controvertidas, únicamente desde el punto de vista operativo. Las razones políticas que también intervienen –y mucho- que las expliquen otros.

Misiones claras son las muchas que contribuyen a la estabilidad del Sahel, que afecta al Norte de África, y con ello a Europa. Efectivos del Ejército de Tierra con apoyo logístico de algunos aviones están destacados bajo diferentes mandatos en Mali, República Centroafricana, Gabón y Senegal con cometidos de adiestramiento y asesoramiento de las correspondientes fuerzas armadas locales. El ambiente para estos aproximadamente 330 militares -en total-es de bastante inseguridad por los yihadistas del Daesh y Al Qaeda que operan en las zonas desérticas pero realizan esporádicamente incursiones en los escasos centros urbanos existentes. Los franceses llevan el peso de las operaciones en la zona aunque los norteamericanos están aumentando su presencia gradualmente. Las fuerzas africanas están tratando de coordinarse pero queda mucho por hacer.

También está claro –para mí– lo que hace el destacamento periódico de cazabombarderos y de un Subgrupo Táctico Acorazado en las Repúblicas Bálticas: contribuir a disuadir a Rusia para que no emprenda ninguna aventura como la última en Ucrania. Aquí está en juego la credibilidad de la OTAN para evitar situaciones como la que llevo a Hitler a invadir Polonia y ocasionó una guerra que siempre deberemos lamentar los europeos.

La tercera de las misiones claras es la europea Atalanta que desde el año 2008 patrulla el Índico occidental defendiendo buques mercantes y pesqueros. Los ataques llegaron a alcanzar un pico de 130 en el 2008. La piratería solo cesara cuando la situación en tierra se estabilice, especialmente en Somalia y Yemen. Hasta que ese día llegue, los buques de guerra y aviones de Patrulla Marítima de esta misión europea en el Indico occidental aseguran el esencial acceso al Mar Rojo y consecuentemente al Mediterráneo.

Pasando ahora a los cometidos más discutibles militarmente, podríamos señalar dos. La primera es la Operación Sophia con que buques y aeronaves militares tratan
–teóricamente– de neutralizar las mafias que trafican con inmigrantes ilegales en el Mediterráneo. En realidad esta misión es más bien de salvamento de náufragos como demuestra que desde el 2008 se ha detenido solo a unos 100 criminales, pero rescatado unos 30.000 inmigrantes e indirectamente a otros 45.000. Mientras no se estabilice Libia y en un plazo superior se logre desarrollar socioeconómicamente los países de origen, tendremos una crisis humanitaria donde los medios militares solo sirven para tratar de disimular la impotencia política europea ante esta tragedia que conmueve nuestras opiniones públicas.

La segunda misión que puede evolucionar fuera de control próximamente es la de interposición entre Israel y Hezbolá en el sur del Líbano. Llevamos 11 años con esta misión de la ONU habiendo sufrido algunas dolorosas bajas. Contribuimos a ella con unos 700 efectivos que en su día alcanzaron los 1.100. La derrota del delirante califato del Daesh va a liberar efectivos de Hezbolá –curtidos en duros combates en Siria e Irak– con lo que la situación en la línea azul previsiblemente empeorara. La reciente dimisión del Primer Ministro Hariri va en esa línea.

Los recientes acontecimientos en la fluida situación de Oriente Medio han colocado en la categoría de controvertidas –a mi juicio- nuestras actuales misiones en Turquía e Irak. En Adana, Turquía cerca de la base aérea de Incirlik tenemos destacada una batería de misiles antiaéreos Patriot con unos 150 efectivos. En Turquía estuvieron desplegadas baterías norteamericanas, holandesas y alemanas aunque ahora solo quedamos nosotros. Su misión es defender la zona turca contigua contra posibles ataques de misiles balísticos del Presidente Assad o del Daesh. Este último ha dejado de existir como fuerza militar organizada y a Assad lo último que se le ocurriría ahora que va ganando es atacar a Turquía. Así que nuestra batería se ha convertido en un monumento meramente político a una solidaridad aliada con Turquía que verdaderamente no existe por la deriva islamista del Presidente Erdogan.

En Irak desde hace tres años tenemos algo menos de 500 militares tratando de adiestrar a nueve Brigadas de su Ejército en la gran base de Besmaya. Esta misión tenía sentido y era del todo necesaria cuando el Daesh conquisto la mitad de Irak y Siria. Los EEUU tuvieron que organizar una coalición urgentemente para evitar que acabara con el resto. Pero ahora que el Daesh –el enemigo universal– ha sido derrotado, la falta de objetivo final norteamericano es evidente. Unidades iraquíes y kurdas –ambas adiestradas por la coalición– han combatido entre sí. Y esto solo es el principio del caos que puede surgir cuando la influencia iraní y los odios entre sunitas y chiíes vuelvan a resucitar conforme el recuerdo de las atrocidades del Daesh vaya desvaneciéndose. Esta misión de adiestrar a un ejército iraquí sometido a enormes vaivenes políticos puede acabar como la paradoja del puente sobre el río Kwai.

Con las misiones militares sucede como con el infierno: que es más fácil entrar que salir de ellas. No estoy pues sugiriendo abandonarlas bruscamente –a la Zapatero–, sino seguir atentamente la evolución de las diferentes situaciones locales para prever una retirada mientras haya tiempo para hacerlo dignamente. Concentrarnos en lo que realmente tiene sentido militar.