Perú, música terrenal

La música popular es como un fantasma que anda por las calles. Aparece solamente de vez en cuando pero envuelve a los hombres en una vibración que está sólo esperando a desatarse y sacudirlo todo. Los sonidos identifican sociedades y culturas mejor que ninguna otra manifestación porque, como dicen varios personajes en este interesantísimo documental, «no se puede vivir sin música». «Sigo siendo», película dirigida por Javier Corcuera tras cuatro años de investigación, es una delicada y bella radiografía cultural de un país complejo y riquísimo, Perú, y una poética aproximación al peso de las tradiciones a través de la música y el sobrecogedor paisaje que les rodea.

«Hemos tratado de hacer un viaje emocional por los universos del Perú. Nuestro objetivo era abordar la identidad de un país partiendo de las diferentes zonas geográficas con sus diversas gentes. Desde la desconocida Amazonía peruana, pasando por el altiplano y la costa limeña. Es una reflexión sobre nuestras semillas, porque se cuenta la historia de los músicos regresando al lugar donde por vez primera escucharon las melodías que tocan y aprendieron a hacer música. Un reflejo de lo que somos: un país adolescente, en construcción», dice Javier Corcuera. Los personajes de la película son, de puro sencillos y llanos, deliciosos. Músicos que representan las diferentes etnias del país, con raíces africanas, indígenas o españolas, y que se expresan con conmovedora sabiduría. Todos, personas mayores portadoras de recuerdos a los que su frágil memoria sólo se conecta a través de canciones. Muchos de ellos no vivieron para ver la película terminada. La cámara de Corcuera ingresa en el Perú más desconocido, el de la Amazonía, donde se encuentra a Roni Wano, una cantante que aprendió de los icaros, cantos que sus ancestros utilizaban para atender a enfermos. Y de los pájaros: «Los pájaros cantan porque están alegres o tristes. Si ustedes no lo entienden, piensan que cantan por cantar», asegura. También está la costa del Callao, donde las fiestas o jaranas duraban días y el ritmo era otro, más dulzón. El sevillano Gervasio Iglesias, coproductor español de la cinta, lamentaba que «nadie haya hecho algo así con el flamenco hace treinta años. Habría sido un documento valioso». Una conexión con el alma humana que va más allá de las palabras.