Vía Crucis entre rejas: así fue el Viernes Santo en un Vaticano vacío

La pandemia obligó a reducir los ritos sólo a la esencia, por lo que el Vía Crucis se siguió celebrando, pero en una basílica de San Pedro totalmente desierta

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Desde hace más de medio siglo, cada Viernes Santo es el momento de una de las celebraciones más espectaculares por parte del Vaticano. Con el Coliseo iluminado por el fuego de las antorchas y las velas de los fieles, el Papa se dirige al mundo desde la colina del Palatino. El anfiteatro romano es el escenario elegido para recordar la pasión de Cristo, rindiendo tributo a los primeros cristianos perseguidos. Pues bien, este año la situación impide toda puesta en escena. La pandemia obliga a reducir los ritos sólo a la esencia, por lo que el Vía Crucis se siguió celebrando, pero en una basílica de San Pedro de nuevo prácticamente desierta.

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Las meditaciones que recuerdan las estaciones de Cristo antes de ser crucificado fueron encomendadas en esta ocasión a un grupo de reclusos de la cárcel Due Palazzi de Padua. Desde el inicio de su pontificado, Francisco ha acudido en diversas ocasiones a lavar los pies de la población reclusa en Jueves Santo. Pero como en esta ocasión tampoco se pudo, decidió dejar que fueran ellos los responsables de las meditaciones. Entre los autores había cinco detenidos, una familia víctima de un delito de homicidio, la hija de un hombre condenado a cadena perpetua, un catequista o un sacerdote acusado y absuelto por la justicia.

Ellos fueron de los pocos que pudieron caminar por la basílica de San Pedro hasta el Altar de la Cátedra, donde también estaban colocados la cruz de San Marcello y la imagen de la Virgen Salus Populi Romani, ya que los fieles creen que ambos ayudaron a los romanos a acabar con la peste en el siglo XVI. «Cuando estoy encerrado en la celda y releo las páginas de la Pasión de Cristo, comienzo a llorar. Después de veintinueve años en la cárcel, aún no he perdido la capacidad de llorar, de avergonzarme de mi historia pasada, del mal cometido. Me siento Barrabás, Pedro y Judas en una única persona», dijo el primero de quienes intervinieron.

La segunda, una familia que vio como su hija fue asesinada, aseguró: «Nuestra vida ha sido una vida de sacrificios, cimentada en el trabajo y la familia. Enseñamos a nuestros hijos el respeto por el otro y el valor del servicio hacia el que es más pobre». Un testimonio que contrastó con el de un recluso: «Fue la primera vez que caí, pero esa caída fue para mí la muerte: le quité la vida a una persona. Un día fue suficiente para pasar de una vida irreprochable a cumplir un gesto que encierra la violación de todos los mandamientos». Pero incluso para ellos hay perdón y misericordia, como insiste el Papa. Y así lo recalcó otro preso. «Mi primera caída fue pensar que en el mundo no existiese la bondad. La segunda, el homicidio, fue casi una consecuencia, porque ya estaba muerto por dentro», expresó.

El día anterior Francisco había dedicado su homilía a recordar a los sacerdotes, convertidos en «santos de la puerta de al lado», que han dado su vida por asistir a los pacientes de coronavirus. Y también esta semana manifestó su cercanía con el cardenal australiano George Pell, absuelto por un caso de abusos a menores. Ayer otro sacerdote, que fue acusado de otro delito y posteriormente declarado inocente, tuvo también la ocasión de narrar su caso. «Estuve colgado en la cruz durante diez años, fue mi vía crucis, lleno de legajos, sospechas, acusaciones, injurias. La vergüenza me llevó por un instante a la idea de pensar que era mejor acabar con todo. Pero luego decidí seguir siendo el sacerdote que siempre había sido», sostuvo.

De esta forma se fueron repasando todas las estaciones que vivió Cristo antes de morir en la cruz. Pero antes también hubo tiempo para una nueva reflexión acerca del coronavirus. El predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, afirmó que «la pandemia nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia». Francisco estaba a su lado, en silencio. Así conmemoró la Pasión del Señor, en la única liturgia del año en la que no hay consagración, pero sí comunión.

El predicador de la Casa Pontificia recordó que todo cristiano «llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad». Pero insistió también en que Dios no suscita este tipo de catástrofes. «Él ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo», afirmó en su homilía. Un mensaje que recoge el tradicional discurso del Papa, en el que lamenta la acción del hombre sobre la naturaleza.