Anclados en lo más cierto

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Ancla.
Ancla.Pixabay

Todo marinero sabe que, tanto en tiempo de tormenta como de esperar en puerto, es necesario sujetar la barca para que las aguas no la lleven a la deriva. Afondar el ancla permite resistir confiados hasta que se pueda continuar la navegación. Así también nosotros, al atravesar el actual temporal de incertidumbre, necesitamos anclarnos a una fuerza que nos asegure de no perdernos en unas aguas tanto más amenazantes cuanto menos familiarizados estamos con ellas.

La esperanza es el ancla que asegura nuestro navegar en el mar tempestuoso de la vida. Porque no estamos arrojados al caos, sino que existimos con un sentido, el cual hemos de cuidar y defender ante las amenazas externas e interiores a través de esa fuerza que Dios mismo nos da para no perder el rumbo. Por tanto, no se trata de una mera ilusión o buen sentimiento, sino de una virtud operativa relacionada con nuestra inteligencia y fortaleza. Cuando, sin quererlo ni esperarlo, se levantan contrariedades y confusiones como viento en contra y olas que nos superan, hemos de activar la esperanza como el ancla que nos mantiene sujetos a lo verdadero y más fuerte. Igualmente necesitamos afondarla cuando toca esperar en puerto para que no nos lleve la corriente; porque muchas veces las tormentas más peligrosas son las que se desatan dentro de nosotros mismos. Ambas situaciones reflejan bien lo que vivimos actualmente, pues se ha levantado sobre nosotros una tormenta imprevista y temible, que además nos ata al puerto de nuestras casas. Allí hemos de aguardar como dueños de nuestros propios impulsos y deseos hasta que podamos retomar la travesía interrumpida. Si no afondamos la esperanza como ancla que nos sostenga, puede pasar que tanto la tormenta externa supere nuestras fuerzas, como que la espera nos haga sucumbir ante todo lo que nos empuja al desánimo, la amargura y la insensatez.

La esperanza (…) es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró, como precursor, por nosotros, Jesús, Sumo Sacerdote para siempre (Hebreos 6, 19).

Así, la Palabra de Dios nos presenta la relación entre la esperanza y la resurrección de Cristo bajo el mismo símbolo del ancla. Porque esta sujeta desde el fondo de lo que apenas alcanzamos a ver, pero sabemos que es lo más cierto que puede sostenernos. Quizá por esto mismo el ancla fue tomada como uno de los primeros signos de la iconografía cristiana para representar al mismo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Si nos fijamos en su forma desde arriba hacia abajo, la argolla circular simboliza bien al Padre, principio sin principio ni final. El cepo y la caña cruzados evocan los leños donde estuvo clavado el Salvador, en tanto que los dos brazos inferiores representan las alas abiertas del Espíritu que desciende hasta lo hondo y actúa como defensor ante los vaivenes. Por eso también simboliza la sujeción a lo más cierto y determinante de la fe: Dios viene a nosotros, ha intervenido y sigue interviniendo en nuestra historia con la fuerza de la resurrección de Cristo. Mientras navegamos en las aguas cambiantes y sorpresivas de esta vida que pasa, la esperanza nos mantiene seguros como ancla de eternidad.

Suelo recomendar a quienes las preocupaciones y las tormentas de la vida les impiden entrar en contacto con DIos que traten de practicar un modo de oración muy sencillo y a la vez muy semejante al que practicaba el mismo Cristo. Él sí que conoció de mares encrespados y a la vez supo mantener la paz y la alegría de estar consigo mismo o en casa con los suyos. Nos dicen los evangelios que su oración se basaba en repetir el nombre de Dios, a quien con toda intimidad llamaba Abbá, papá querido. Lo que yo recomiendo es que cada quien tome igualmente el nombre con el que mayor confianza se dirige a Dios (“Padre”, “Jesús”, “Dios mío”…) y sencillamente se quede repitiéndolo por un rato, dejando que todas las distracciones se vayan con la corriente, sin hacer mucho caso, solo fijándonos en el Nombre como ancla que nos afonda en lo más cierto y estable. Esta sola repetición nos hace entrar en otro ámbito, a la vez que el centrar nuestra atención en su presencia cierta nos estabiliza y hace percibir la vida con mucha más claridad.

Gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron las olas del mar.

Se alegraron de aquella bonanza, y él los condujo al ansiado puerto.

(Salmo 107, 28-29)

Toma unos minutos para apartarte en soledad, si puedes delante de una imagen sagrada, mucho mejor. Si no, solo entra en ti mismo y repite pausadamente el nombre que con mayor confianza te diriges a Dios. Trata de percibir cómo esta sola repetición te afirma en lo más seguro y estable. Deja que todo lo demás sea arrastrado por la corriente de lo que pasa sin más. Valora la fuerza que te sostiene, que es la resurrección de Cristo que llega hasta ti. Dale gracias y disponte a asumir la vida desde esa seguridad y abierto al horizonte que él te muestre.