Primero lo primero

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Lectio Divina del evangelio de este domingo XIII del tiempo ordinario

Esta semana he realizado mis ejercicios espirituales del curso y he podido compartir con un franciscano que custodia uno de los mitones con que el Padre Pío de Pietrelcina cubría los estigmas sangrantes de Cristo que él mismo llevó en sus manos, pies y costado por cincuenta años. Mientras conversaba con este buen fraile, “algo” le dijo que debía ofrecerme el mitón para venerarlo y ponérmelo. Con santo temor lo hice y nuestra conversación dio un salto espiritual impresionante. Me vino una fuerte necesidad de confesarme; me arrodillé y comencé a hacerlo por un largo rato. Por una gracia de Dios se desató en mi mente una cascada de faltas pasadas sobre las que no había reparado en su momento y ahora podía poner bajo su misericordia, además de recibir consejos determinantes por parte de este confesor. Recordé que la paciencia de Dios es nuestra salvación (2ª Pedro 3, 15), y agradecí a Él por esperar hasta ese momento para cubrir mis descuidos con su amor. El santo de Pietrelcina, quien ha sido uno de los mayores apóstoles de la Confesión, estaba haciendo conmigo “otra de las suyas”, como le suele pasar a tanta gente que le venera.

Cristo nos dice en el evangelio de este domingo: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, solo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro». Mateo (10,37-42).

Dios suscitó un santo como el Padre Pío durante la eclosión de todos los desvaríos contemporáneos, cuando gran parte del mundo suplía la razón por ideologías deshumanizadoras, la espiritualidad por el materialismo y la moral por los propios caprichos. En ese contexto, el Padre Pío mostró con su vida el misterio pascual de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo. Fue un digno seguidor suyo porque, amando a Dios por encima de todo, cargó con la cruz de nuestro tiempo y transformó su propio sufrimiento en alivio para el de los demás. Así Cristo cubría con sus propias heridas los pecados de quienes se acogían al apostolado del santo de sus estigmas. Porque entendámoslo bien, solo la Cruz es el camino a la luz; solo a través del amor se pasa de la muerte a la vida.

Nos referimos, como el mismo Señor en este evangelio, al Amor mayúsculo y sin rebajas, fuerte y definitivo, principio y fin de toda vida verdadera, que nos llama a mantener siempre en su lugar al Primer Mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas. Es decir, necesitamos anteponer todo a Dios, y fuera Él, nada. Porque solo Aquel que es en sí mismo el Amor puede hacernos amar en su justa medida aquello que Él mismo nos ofrece: padre y madre, hijos, posesiones y talentos. Lo contrario sería convertirlos en ídolos equívocos o en víctimas de nuestra manipulación y apegos. Solo bajo este orden podemos ofrecerles nuestro amor a precio de entrega personal, espiritualidad y verdad, que son el crisol en que se forja toda vida preciosa. Por tanto, el punto crucial para vivir la Palabra de este domingo es revisar el orden que doy a lo que amo en mi vida y por quién lo hago. ¿Amo desde el amor divino a los míos y a todo lo que puedo hacer y vivir? Actuar de otra manera sería dañar lo que decimos amar por no hacerlo desde la perspectiva correcta.

Lo que me pasó al venerar y portar en mi mano uno de los mitones del Padre Pío fue haber sido tomado de la mano por un hombre que, a su vez, tomaba sobre las suyas la cruz del Redentor; uno que no buscaba ganar su propia vida, sino que supo perderla por Cristo y, por eso mismo, encontrarla en verdad. Porque lo que sobresale en quien ama así no es el dolor, sino los frutos que este genera cuando es asumido con amor sobrenatural: alivio de los sufrimientos, consuelo y alegría. Seguramente por eso tampoco yo dudé en negarme a mí mismo reconociendo mis faltas en una confesión tan profunda, cuyo fruto fue un derroche de gracia y luz. Así vemos que el evangelio de hoy no nos propone una negación frustrante e infeliz hacia nosotros mismos y hacia los que amamos, sino todo lo contrario. Se trata de poner en primer lugar a Aquel que, siendo el amor por excelencia, nos hace preguntarnos si estamos amando del modo adecuado y, por eso mismo, empezar a gustar ya la eternidad.