Casaldáliga, el obispo rebelde que dio voz a los excluidos

”Defendía el amor hasta las ultimas consecuencias. El amor por los más humildes, por los más pobres, los indios, los campesinos, los ribereños”

El obispo español Pere Casaldáliga, quien falleció este sábado a los 92 años de edad, fue la voz de los indígenas, los sin tierra y los más pobres en Brasil, un país donde entregó las últimas cinco décadas de su vida en defensa de los más necesitados.

Religioso, escritor y poeta, Casaldáliga (Balsareny, 1928) fue un “profeta” en Latinoamérica, un “místico” enfrentado con la corrupción, el poder, el autoritarismo y el clericalismo, según describió a EFE el padre Mazula, quien estuvo a su lado los últimos días de su vida.

El misionero catalán llegó al Brasil más profundo en 1968, en plena dictadura militar, y tres años después se convirtió en el primer obispo de Sao Félix do Araguaia, un humilde y remoto poblado de poco más de 10.000 habitantes situado en el interior del estado de Mato Grosso.

Allí se implicó en la lucha de los indígenas de la etnia Xavante en una disputa con hacendados por la propiedad de unas tierras cercanas a Sao Félix do Araguaia, una violenta ciudad donde vivió sus últimos días hasta ser ingresado esta semana en un hospital del interior de Sao Paulo por problemas respiratorios.

Casaldáliga se enfrentó al poder y en 2012 se vio obligado a abandonar su casa durante algún tiempo tras el recrudecimiento de las amenazas de muerte que recibía por su labor en defensa de los excluidos.

La batalla por los más vulnerables le llevó a abrazar la Teología de la Liberación, una rompedora corriente teológica nacida entre los movimientos de base de la iglesia Católica en Brasil y que luego se expandió por el resto de América Latina.

Por esa causa, Casaldáliga volvió a Europa en 1988 por primera vez desde que llegó a Mato Grosso y allí mantuvo un pulso religioso con Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y quien más tarde se convertiría en el Papa Benedicto XVI.

Sus ideas progresistas le convirtieron en un “incomprendido” dentro de la congregación cristiana, que condenaba los principios “marxistas” que identificaba en la Teología de la Liberación, pero con el tiempo se alzó como uno de los nombres más admirados del mundo católico.

La austeridad de un obispo revolucionario

A lo largo de su vida, el religiosos claretiano asumió el “espíritu del sacrificio”, lo que siempre se vio reflejado en su estilo de vida. Vivió en una casa rural desprovista de cualquier tipo de lujo, incluso de nevera, y viajaba por Brasil en autobús para estar siempre a la “altura del pueblo”.

Austero, sereno, equilibrado, autocrítico y con una gran fuerza interior, como le recuerdan sus allegados, Casaldáliga consagró su vida a Dios y al servicio de los más pobres, con la convicción de que otro mundo era “posible y necesario”.”Defendía el amor hasta las ultimas consecuencias. El amor por los más humildes, por los más pobres, los indios, los campesinos, los ribereños”, asegura el padre Mazula.

Decía vivir en una constante “paz inquieta” y ese “inconformismo con la injusticia” le llevó a participar en la fundación de las influyentes Pastoral de la Tierra y el Consejo Misionero Indígena, organizaciones vinculadas a la Iglesia Católica brasileña y que aún hoy velan por la causa indígena y amazónica.

Una salud debilitada

La salud del religioso claretiano ya venía debilitada por el mal de parkinson y prácticamente recluido, el obispo emérito pasó los últimos años de su vida bajo los cuidados de los agustinos en Sao Felix de Araguaia, donde pidió ser enterrado en un cementerio popular a orillas del río.

Casadáliga soñaba con ir a África tras jubilarse “para estar en oración y solidaridad con los hermanos de aquel continente marginado”.”La salud, sin embargo, ya no secunda mi sueño y no quiero dar trabajo a nadie. A Europa no vuelvo. Me quedo en el Tercer Mundo”, sentenció.