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El adalid del diálogo Ecuménico

El Papa Francisco inscribió ayer en el catálogo de santos al beato cardenal Newman (1801-1890), perito invisible del Concilio y serena voz del pensamiento, cuyas obras resultan utilísimas para la nueva evangelización. Fue, sin duda, un clásico en el pleno sentido de la palabra. Pastor anglicano primero en la iglesia de Santa María, anexa a la Universidad de Oxford, los tres puntos básicos de sus ideas religiosas hacia 1833 eran: el principio del dogma, una Iglesia visible con sacramentos y ritos que son los canales de la gracia invisible, y su opinión negativa de Roma. Fiel de por vida a los dos primeros, del tercero, en cambio, se fue distanciando hasta convertirse en 1845 a la Iglesia católica. Había querido antes probar que la Iglesia anglicana estaba en la Vía Media entre los reformadores protestantes y los seguidores de Roma, que la única Iglesia visible se había dividido en tres ramas –griega-romana-anglicana–, y que la verdad revelada debía hallarse íntegra en la doctrina de la antigüedad. No se le ocultaba, claro, el riesgo. A partir de 1840, muchos seguidores comenzaron el éxodo hacia Roma. Para retenerlos, Newman escribió el «Tracto 90» intentando aclarar que los Treinta y nueve artículos anglicanos eran compatibles con la doctrina católica. Tan dura fue la reacción protestante, sin embargo, que la Junta de directores de colegios de Oxford le condenó por desleal, y éste empezó a ser blanco de insidias.

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Newman entonces se retiró con algunos discípulos a cultivar la oración y la inteligencia en Littlemore. Alumno en la escuela del dolor de Cristo, acabaría siendo cardenal. Pero todo ello dio pie a que aflorase el gran doctor eclesiástico, el que nos «enseña no solo mediante su pensamiento y su palabra, sino también con su vida, porque dentro de él, pensamiento y vida se funden y se definen mutuamente» (Ratzinger). Con san Newman, siendo así, tenemos a la vista, pues, a un futuro doctor de la Iglesia.