La viajera que halló un mundo interior

Reconocida en los círculos teológicos y literarios, Teresa de Jesús descubrió un «sexto continente»: el testimonio o autobiografía desde la experiencia religiosa y vital.

La manifestación de Santa Teresa como escritora se da cuando ya ha cumplido los cincuenta años, lleva treinta de monja y ha iniciado las fundaciones. Para estas fechas ha vivido mucho, ha buscado con insistencia, ha pasado por muchas y ha leído libros de todo género. Por eso afirma con toda seguridad que escribe sólo de aquello que tiene muy conocido por experiencia. Aquí radica uno de sus encantos como escritora y uno de los secretos de la pervivencia de su literatura.

Santa Teresa es una escritora de verdad. No lo es de carrera sino por vocación y por necesidad. Estamos ante una autodidacta muy ilustre que ha optado por la narración y su fuerte es la comparación. La intensidad de su vida interior y su irrefrenable afán de comunicación la llevan a «crear» nuevas formas de expresión en las que, valiéndose de lo más elemental que tiene a su alcance, como son la comparación, la metáfora y la alegoría, logra entenderse a sí misma para comunicar lo que por naturaleza es inefable como es la experiencia mística.

Nacida en Ávila el 28 de marzo de 1515, ingresó en el convento de la Encarnación, el 2 de noviembre de 1535, cuando pasaba los veinte años, donde vivió un intenso proceso personal, psicológico y espiritual que pasó por su famosa conversión de 1554 y dio frutos de verdadera sazón como fueron el comienzo de su gesta fundacional el 24 de agosto de 1562 y de su frenética pasión de escritora que comprende «El libro de la vida», terminado en 1565; el «Camino de perfección», en 1567; las «Moradas» o «Castillo interior», en noviembre de 1577; y el «Libro de las fundaciones», terminado casi en vísperas de su muerte, acaecida en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582. Tiene algunas poesías y nos quedan más de 470 cartas. Pero el género dominante en ella es la narración, a través de la cual es conocida en todo el mundo como maestra de oración y experta en los caminos del espíritu. Fue reconocida como Doctora de la Iglesia el 30 de septiembre de 1970 por el Papa Pablo VI. Sería ingenuo pretender tener una imagen completa de su personalidad sólo desde una de las muchas vertientes desde donde se la puede abordar. Sin embargo, su literatura puede ser la puerta que nos inicie adecuadamente en el desvelamiento de esta mujer polifacética, inmensa, desmesurada.

Maestra de la experiencia religiosa

Teresa de Jesús está considerada por la crítica teológica, psicológica y literaria como la escritora que en España descubrió el género de una literatura de testimonio personal, de autobiografía y confesión del propio mundo interior, íntimo. Al narrar el acontecer de Dios en su vida, se convierte en maestra de la experiencia religiosa. La narración de la aventura teresiana va pasando de los hechos exteriores, más perceptibles a los interiores, más profundos, más íntimos e insondables.

Pero no sólo eso. La cuestión de la experiencia religiosa no puede plantearse al margen de la cuestión del lenguaje. Y Teresa, gracias a la densidad de su experiencia interior, a su intuición, a la urgencia de comunicar lo que bulle en su interior, da paso a una original creatividad literaria que la lleva a entregarnos un testimonio profundo e interpelante en un lenguaje lleno de fuerza expresiva, belleza y dinamismo. Ella misma lo confiesa. Detrás de ese lenguaje coloquial, vital y asequible hay gracia, carisma, esfuerzo y gran compromiso personal con Dios y con los demás, «...porque una merced es dar el Señor la merced, y otra es entender qué merced es y qué gracia, otra es saber decirla y dar a entender cómo es» (V 17, 5). Y Teresa lo consiguió.

La narración pertenece al género literario del testimonio. En ella, el narrador tiende a pasar a un segundo plano para hacer hablar a los hechos o a los protagonistas. La fuerza de los relatos no está tanto en los argumentos o conclusiones lógicas, cuanto en las experiencias que evocan o hacen vivir y en las consecuencias prácticas que de ellas se derivan. El verdadero narrador es aquel que hace revivir en el hoy los hechos que narra, como rehaciendo la historia y «recreándola» para sus interlocutores que, poco se van involucrando de tal manera en el relato que terminan viviéndolo con lo misma intensidad con que lo presenta el narrador. Esto supone un compromiso real del narrador con lo que narra, so pena de reducirse sólo a ser un frío y mecánico repetidor de algo de lo que se ha adueñado, que no le pertenece, incapaz de dar fuerza vital al relato. Esto es lo que hace la santa. Leerla no deja a nadie indiferente. Después de leer alguna de sus obras, algo pasa en el interior del lector.

La vigencia de la obra escrita de Santa Teresa radica en que la suya es «una literatura comprometida». Con el riesgo que esto conlleva. No estamos ante una intelectual que especula, así sea con su propia vida. Lo original de Teresa es que el contenido de su literatura es ella misma, superando el temor a ser tildada de presuntuosa o soberbia. Partiendo de su singular experiencia personal crea un mundo literario novedoso, hasta revolucionario, y universal. Porque Teresa ha buceado en lo más profundo de lo humano y lo transparenta en su narración. De esta manera consigue que el lector, asomándose a los mundos interiores de la Santa, también se anime y asuma decidido la conquista del «sexto continente» que es su propio interior.

Narrarse a sí mismo es el arte de comunicar la propia experiencia en un tono espontáneo y jovial, en una locución fácil y con gran variedad de vocabulario y creatividad lingüística. En el caso de los escritos teresianos, parece que estamos ante una prolongada y amena conversación puesta por escrito. Teresa se narra cuando escribe su «Vida» y cuando nos relata las peripecias de sus «Fundaciones»; cuando escribe cartas de todo género, incluyendo coplas para las recreaciones o composiciones «muy sentidas que con no ser poeta declaran su pena bien» (V 16, 4); cuando nos enseña el «Camino de perfección», y cuando nos conduce a través de las «Moradas», hasta mostrarnos por vista lo que sucede «en el centro muy interior del alma, que debe ser adonde está el mismo Dios» (7 M 2, 3). En Teresa, la narración es una forma de comunicación inherente a su persona. No exagera Fray Luis de León cuando dice que la encuentra viva en sus escritos, ni García de la Concha cuando afirma que en Santa Teresa todo se biografía.

Subdirector de CITeS-Ávila