Cracovia

Lo mejor y lo peor

La Razón
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La JMJ de Cracovia pasará a la historia por muchas cosas. En primer lugar, por la acogida de peregrinos en familias. Recuerdo que en Madrid hicimos un gran esfuerzo y 25.000 peregrinos se alojaron con familias madrileñas; en Cracovia, han cuadriplicado esa cifra a pesar de que Madrid es cinco veces más populosa. Y los resultados muestran que es la fórmula de éxito: cuando un forastero es acogido, todo es más sencillo y hasta los frutos espirituales son mayores.

Quedará en la memoria también la calidad plástica de las ceremonias. La elección de la música fue exquisita, con una interpretación a la altura de la cultura de este país; las coreografías, impecables; las interpretaciones sortearon con elegancia los típicos escollos del pietismo y del populismo semihortera, y dieron doctrina con un estilo verdaderamente de vanguardia. Otro récord batido es el de número de personas que han seguido la JMJ por redes sociales: más de 47 millones a través de Facebook y Twitter, en 23 lenguas.

A muchos de los peregrinos les costará reconocer un elogio a la Policía. Los controles han sido exhaustivos –he visto cachear a un cardenal como no había visto en mi vida–, y las filas de espera, interminables. Pero es un hecho que la JMJ se ha celebrado probablemente en el peor mes de la historia reciente de Europa, y no ha pasado nada. Quizá podría haber sido más razonable en muchos casos, pero eso es fácil decirlo a toro pasado.

La belleza de Cracovia fue un descubrimiento para muchos: una ciudad maravillosa, en cierto modo única, pues fue la única no destruida por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial (o los rusos, que en eso fueron iguales), y que es y ejerce como la capital cultural y espiritual del país («el corazón de Polonia», repetía Juan Pablo II).

Y por supuesto, el Papa estuvo soberbio. No era fácil con el gobierno y los obispos, porque la burocracia europea insiste en que Polonia no acoge a inmigrantes –la realidad es que han acogido a más de un millón de ucranianos, que nadie quiere y que han huido de la guerra o de las zonas ocupadas por los rusos–. Y para este Papa, acoger es uno de los primeros mandamientos. Y tampoco era fácil para los jóvenes polacos, conquistados por «su» papa. Francisco les gusta, pero a veces no le entienden... O no le entendían, porque en este viaje se los ha metido en el bolsillo, con su cercanía, sus consejos, su disponibilidad para todos.

Vaya, se me ha ido el espacio y no me da tiempo para lo peor... ¡Para otra ocasión!

*Coordinador de la Oficina de Prensa Internacional de la JMJ de Cracovia 2016