MENÚ
martes 13 noviembre 2018
15:43
Actualizado
  • 1

Tolerancia cero

  • Tolerancia cero

Tiempo de lectura 2 min.

21 de agosto de 2018. 04:39h

Comentada
Antonio Pelayo 21/8/2018

ETIQUETAS

A Francisco, y con toda la razón, le debió parecer claramente insuficiente el comunicado del jueves 16 de agosto con el que la Santa Sede manifestaba «dolor y vergüenza» ante el descomunal escándalo de la pederastia clerical en el estado norteamericano de Pensilvania. El tono del mismo era, sin embargo, muy duro : «Los abusos descritos en el informe –afirmaba el portavoz vaticano Greg Burke– son criminales y moralmente reprobables. Estos hechos han traicionado la confianza y han robado a las víctimas su dignidad y su fe». Al final del mismo se subrayaba que «las víctimas deben saber que el Papa está de su parte. Aquellos que han sufrido son su prioridad y la Iglesia quiere escucharlos para erradicar este trágico horror que destruye la vida de los inocentes».

Pues bien, cuatro días más tarde, Bergoglio ha hecho pública una carta al Pueblo de Dios, escrita de su puño y letra, en la que denuncia una vez más «un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no». Los términos usados por el Papa son inequívocos: habla de «atrocidades» y «delitos», de «heridas que nunca prescriben», de «crímenes de abuso» , de «corrupción satánica» y no se corta un pelo al asumir que «no supimos estar donde debíamos estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando a tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños». Pero también con la honradez que le caracteriza reconoce que «si es necesario tomar conciencia de lo sucedido, esto en sí mismo no basta» y que hay que acabar definitivamente con la omisión de las denuncias y en el encubrimiento de sus autores.

Evoca la urgencia de seguir aplicando la «tolerancia cero» proclamada al más alto nivel, pero que en determinados ambientes aún no se practica o se contemporiza al llevarla a cabo. La lucha contra la plaga de la pederastia clerical no la puso en marcha Francisco sino su predecesor Benedicto XVI, pero nadie podrá negarle a este papa su determinación absoluta a no transigir lo más mínimo en este campo, comenzando por las sanciones. Varias decenas de obispos han sido obligados a dimitir por haber encubierto a los autores de tales crímenes y es reciente su decisión de suspender nada menos que a un Cardenal acusado de haber abusado durante años de menores. Caerán aún más cabezas, pero sobre todo el Papa insiste en que todos sin excepción «debemos luchar contra cualquier tipo de abusos sexual , de poder y de conciencia».

Últimas noticias