«Vivimos un ''cambio generacional'' en la Iglesia española, no una ruptura»

José María Gil Tamayo. Secretario general de la Conferencia Episcopal. «El tópico sobre los privilegios eclesiales puede buscar una rentabilidad electoral o una radicalización con un efecto perverso»

«No se puede minimizar el papel de la Iglesia, sería un cierre de angular en quienes se ven como progresistas»
«No se puede minimizar el papel de la Iglesia, sería un cierre de angular en quienes se ven como progresistas»

José María Gil Tamayo. Secretario general de la Conferencia Episcopal. El recién elegido portavoz de los obispos asegura que «hay un movimiento inducido con trasfondos ideológicos para reducir la presencia católica»

Una llamada telefónica bastó. El cardenal Antonio María Rouco Varela le comunicaba que los obispos españoles le habían elegido nuevo secretario general de la Conferencia Episcopal. Al otro lado del teléfono, el sacerdote extremeño José María Gil Tamayo aceptaba. Dos días después, el también periodista recibe a LA RAZÓN en su despacho, en la primera entrevista que concede en este nuevo cometido para el que está llamado durante los próximos cinco años. Antes de llegar, alguien para a José María. Le abraza y le da la enhorabuena. De inmediato, el nuevo secretario pregunta al interlocutor por su familia, por el trabajo de unos, los estudios de otros... Sin que el cargo medie. Porque Gil Tamayo, antes que secretario, se siente cura. Y se le nota. Tampoco puede obviar cómo le ha marcado ser la voz española de la Santa Sede durante el cónclave del que salió elegido el cardenal Jorge Mario Bergoglio. Contagiado de ese «efecto Francisco» que está logrando contagiar a unos y otros dentro y fuera de la esfera de la Iglesia, el nuevo secretario general busca llegar a esas «periferias» a través de los medios de comunicación, a los que conoce y en los que se mueve como uno más. Y así se presentó en su primera comparecencia, saludando uno a uno a todos los que se sentaban en las sillas de la sala de prensa de la Casa de la Iglesia. Gestos, pero también palabras, que suenan a algo más que una mera declaración de intenciones. «Estoy a vuestro servicio y cuento con vuestra colaboración». «Creo profundamente en la comunicación y voy a ejercer de comunicador». «No somos ni podemos ser profetas de calamidades».

–Menos mal que su objetivo para este curso era dedicarse a su parroquia de Badajoz...

–Ya he comprobado que es una misión imposible. Después de 13 años en la Conferencia Episcopal, quería volver a medicina general, esto es, a ser un cura de una parroquia. Casi lo había conseguido, aunque entre medias se dieron dos acontecimientos extraordinarios que me han sacado del camino. Primero, el Sínodo de los Obispos sobre Nueva Evangelización en 2012, cuando la Santa Sede me pidió que ayudara con la comunicación en lo referente a los países y periodistas de lengua española. Me reintegré de nuevo en mi parroquia, pero fui llamado este año para la renuncia de Benedicto XVI, el Cónclave y la posterior elección de Francisco. Transcurrieron dos meses y los feligreses se preguntaban si yo estaba de paso en la parroquia. El remate fue el pasado miércoles, con la elección como secretario general de la Conferencia Episcopal Española. Era la primera vez que pedía un trabajo de parroquia de forma clara, reiterada y manifiesta, y veo que se ha quedado truncado. Pero estamos para servir, ésa es la vocación a la que estoy llamado.

–¿Uno tiene la tentación de decir que no?

–Cuando recibes una llamada de este tipo, de golpe, primero te la hueles porque normalmente suele haber un runrún de gente amiga. Cuando has trabajado en medios de comunicación, aprendes a olfatear cuándo está ocurriendo algo. Uno no quiere ni espera que la ruleta se pare en ti, pero al final se ha cumplido. Lo vivo desde una dimensión de fe; lo básico es que soy sacerdote y eso lleva consigo que te toque cualquier encargo y aceptarlo, porque hay una primera y fundamental opción: la disponibilidad para el servicio y la misión.

–En su primera intervención, insistió en la necesidad de que la Iglesia española debía abrir ventanas para dar paso a un aire renovado en materia comunicativa. ¿Es una de sus obsesiones?

–Cuando eres cura de a pie y estás en la parroquia con la gente, la percepción de su vida cristiana y de la Iglesia católica no es la que reflejan los medios. Muchas veces, lo que se muestra es una imagen contagiada de política que han hecho una generalidad de algo esporádico, accidental e incluso doloroso, como el comportamiento de algunos eclesiásticos. Y se hace con una tremenda injusticia de lo que es realmente la Iglesia. La gente de la calle tiene una percepción de cercanía para su vida personal, para su relación con Dios y para la construcción de la vida de la sociedad, especialmente de los más necesitados. Conciliar la vida real con la imagen de los medios es una tarea permanente y que hay que construir, no esperar a que otros la diseñen. Es en este aspecto en el que debemos tomar más conciencia, ser pro activos y no esperar a estar rectificando lo que otros han construido de forma interesada.

–Politizar la vida de la Iglesia es uno de esos riesgos. Pero se ha dicho en estos días que su elección es una derrota del cardenal Rouco Varela.

–Ese contagio político lleva a entender la Iglesia en clave de alternancias en el poder. Eso no corresponde a la realidad. Tampoco hay que ser ingenuos: la Iglesia está formada por hombres que tienen sus peculiaridades, su trayectoria, su historia, sus ideas y es lógico. Pero sí hay un denominador común y esencial: el sentido religioso y de fe, de los que el cardenal Rouco Varela ha dado y da sobrados ejemplos. Es en estas claves en las que se mueven los obispos y la renovación de las instituciones de la Iglesia: desde la continuidad con los tonos específicos y enriquecedores que aporta cada personalidad.

–¿Podemos hablar de cambio de ciclo en su término más estricto?

–Podríamos hablar de «cambio generacional», porque es lo normal en una institución que está viva, pero en absoluto hay una ruptura o una contraposición. Las claves de tesis, antítesis o síntesis pertenecen a una dialéctica que no es la de la vida de la Iglesia.

–¿Cómo se traduce el aire fresco que pide Francisco en la Iglesia española?

–Benedicto XVI nos invitó una y mil veces a volver a la esencialidad de Dios, recordándonos que la Iglesia no es fin en sí misma. El Papa Francisco, con su trayectoria que no es la de un teólogo sino la de un pastor y un maestro de vida interior, de un gran director de vida espiritual en las coordenadas de América Latina y la espiritualidad ignaciana, aporta la llamada a la centralidad del Evangelio, que es la centralidad de Cristo en una dimensión de cercanía, de misericordia. Recordárselo al mundo de hoy, herido por su larga historia y metido en problemas complejos, es abrir un ventanal de aire fresco. Además nos ha presentado como la religión no es un elemento de distorsión de la convivencia, sino una condición para la libertad personal y colectiva.

–El que fuera embajador cerca de la Santa Sede, Francisco Vázquez, se lamentó de que los ataques contra la Iglesia lanzados en la reciente Conferencia Política del PSOE eran «absurdos y anacrónicos» en relación a la petición de acabar con los actuales acuerdos con la Santa Sede.

–Comprendo que en los partidos políticos hay corrientes, pero hay cuestiones muy serias que afectan a derechos fundamentales, en este caso, a la libertad religiosa de gran parte de la sociedad española que es inequívocamente católica, aunque se quiera reducir a un 25% para después hacer un diseño social que reinicie el ámbito constitucional de amparo de la libertad religiosa. Y todo, con el argumento parcial de que la Iglesia no tiene el mismo peso que tenía en 1978 y considerando en consecuencia que la mención de especial colaboración con ella que se señala en la Constitución está obsoleta. Éste es un razonamiento inducido y profundamente ideologizado. La Iglesia católica y su presencia en España tienen una larga historia benéfica en todos los órdenes, es la institución más antigua de este país. Pero, además, es una realidad viva, que abarca desde los ámbitos más necesitados y más humildes a los más empobrecidos, que ahora se ponen en un primer plano por la crisis, hasta la presencia cultural y educativa. Esto no se puede ni obviar ni minimizar, supondría previamente un cierre de angular en quienes pretenden presentarse paradójicamente como abiertos y progresistas.

–¿No teme que de tanto repetir una mentira se convierta en verdad? Por ejemplo, decir que la Iglesia se dedica a prohibir, censurar...

–Cuando hablas con personas de percepción laicista, descubres que no conocen cuál es el peso real de la Iglesia en España y no saben ni por asomo qué es una parroquia y cómo es el trabajo de los religiosos y religiosas en tantos ámbitos de la vida diaria. Estas personas viven con una imagen de la Iglesia que tiene más que ver con «Código Da Vinci» y la ficción que con la rica y variada realidad de la comunidad cristiana.

–Una y otra vez ustedes insisten en que la Iglesia no recibe nada del Estado como respuesta al mito de los privilegios eclesiales.

–Hay tópicos que pueden buscar o tener una rentabilidad electoral en tiempos de crisis o una intencionada radicalización de posturas que tiene un efecto perverso sobre la convivencia. Pero la ciudadanía es más sabia y de manera cada vez más destacada marca la «x» en la casilla de la Iglesia católica porque sabe y percibe su gran labor en la sociedad española.

–Le lanzo dos de las preguntas enviadas por el Papa a las diócesis del planeta para preparar el próximo Sínodo de la Familia. ¿Cómo afronta la realidad de los separados y divorciados que se vuelven a casar?

–Siempre hay que mirar a las personas, el Papa Francisco nos lo está recordando permanentemente. La doctrina no va en una nube, sino que se encarna en la vida de las personas. Hay una realidad dolorosa de aquellos cuya vivencia matrimonial ha fracasado. El Papa y el Sínodo nos invitan a que haya una profundización: no en la renuncia ni a cuestionar la doctrina de la Iglesia, sí en la manera de operar, de trasladarlo al contexto en el que hoy viven los católicos de nuestro tiempo. Lo que sí hay que dejar claro es que cualquier pretensión de un cambio radical o de contraposición en la doctrina de la Iglesia desde el magisterio y la enseñanza del Pontífice actual está equivocada. Lo que se busca es una mayor implicación y cercanía en las personas que sufren situaciones dolorosas desde el punto de vista de la experiencia matrimonial. Son personas que forman parte de la comunidad cristiana, no son personas excluidas.

–Segunda cuestión que aborda el cuestionario: en el caso de uniones de personas del mismo sexo que hayan adoptado niños, ¿cómo comportarse en vistas de la transmisión de la fe?

–Primero, hay que ir a cuestiones fundamentales de ética que no hay que clericalizar. La Iglesia es enormemente respetuosa con el derecho natural y promueve su vigencia irrenunciable: un hijo es el fruto de un hombre y una mujer, necesita necesariamente el ámbito de la paternidad y de la maternidad. Un hijo no es un derecho de los padres que tiene que ser satisfecho, un hijo es en sí mismo alguien que no es asignable para satisfacer la demanda de afecto de unas personas. Un niño necesita lo que la naturaleza ofrece: un padre y una madre. No hagamos de la familia una cuestión de rediseños y subjetivismos o de imposición de derechos y libertades de cuarta generación absolutamente artificiales.

«Hay un movimiento inducido con trasfondos ideológicos para reducir la presencia católica»

–Cada vez más españoles se manifiestan católicos en el CIS. Sin embargo, ¿cree que hay una obsesión por hacer pensar a la opinión pública que España está perdiendo la fe?

–Es innegable que el secularismo ha afectado a la realidad social y religiosa de España, pero a la vez se percibe un movimiento inducido, que tiene trasfondos ideológicos muy claros de reducir de hecho la presencia católica a una minoría y a ser posible inoperante en el espacio público, en el que se piensa que sólo tienen derecho a estar desde una neutralidad religiosa. Pero esta opinión es, de por sí, dogmática, porque está negando el ejercicio de plena ciudadanía a la gente que tiene unas convicciones que van más allá de las puramente ideológicas, como pueden ser las religiosas. Desde esta óptica, se quiere reducir a los católicos a la sacristía. Pero el hecho religioso es más complejo y rico y abarca, desde las personas que tienen una fe de coherencia personal hasta aquellas otras que lo viven a través de sus sentimientos o convicciones más sencillas de la religiosidad popular, pero no por eso son personas menos católicas.

DE CERCA

«Dios es el más educado y enormemente seductor»

–Una razón para creer en Dios.

–Que «Dios es amor». En la medida en la que percibes esto, uno no está lejos de Él.

–Una razón para creer en la Iglesia.

–Que, a pesar de las deficiencias innegables de quienes a ellas pertenecemos, sigue mostrando con toda su belleza la cercanía y salvación de Cristo.

–¿Por qué se hizo sacerdote?

–Porque siendo un adolescente, en unos ejercicios espirituales percibí que era la opción de vida más apasionante y atractiva, y así continúo experimentándolo en mí y en la vida ejemplar de muchos sacerdotes.

–¿Es imposible resistirse?

–Es posible porque Dios es el más educado. No entra si no se le abre, pero es a la vez enormemente seductor y siempre se termina aceptando la vocación.

–Si echa la vista atrás y recuerda cuando le pidieron que se hiciera periodista...

–Nunca pensé que me «complicaría» de esta forma apasionante la vida. Pero he experimentado que se armoniza de maravilla, aunque no lo parezca, con mi vocación esencial de cristiano y de cura. Es apasionante.