Coronavirus

Un día en la UCI del 12 de octubre: como un turista en la guerra

Todo el centro se ha transformado en las últimas semanas para llevar a cabo «medicina de catástrofe». Se ve la luz, pero también se siente el dolor.

Una paciente, con respirador y sedación, puede saludar a su marido con su hijo recién nacido
Una paciente, con respirador y sedación, puede saludar a su marido con su hijo recién nacidoRuben mondelo .La razon .

Lo más importante es no cruzar la línea roja. Hay muchas situaciones a las que aplicar este consejo metafórico, pero en la UCI del Hospital 12 de Octubre de Madrid hay una, descolorida en algunas zonas por la lejía, que separa dos mundos. Aquí, bajo mis pies, está la zona limpia. Al otro lado, a solo tres metros, profesionales sanitarios que parecen dispuestos a alicatar Fukushima pisan la zona sucia, atienden a pacientes de Coronavirus en un escenario de emergencia. Son las doce de la mañana y la sensación es la de viajar en submarino. Avanzamos por el estrecho pasillo «limpio» que está delimitado por las líneas rojas y deja a ambos lados las camas de los enfermos graves, intubados, sedados. La anarquía de pitidos, el no olor del desinfectante y un calor pegajoso golpean al entrar.

Quitarse el material  de protección es un descanso. Debajo, los enfermeros sudan y las gafas se clavan a la piel.
Quitarse el material de protección es un descanso. Debajo, los enfermeros sudan y las gafas se clavan a la piel. Ruben mondelo .La razon .

La sensación de intrusos nos acompaña desde el primer momento. No pertenecemos a este lugar y no estamos a la altura. Sentimos la impudicia de pasar junto a enfermos graves que no están conscientes. No es el miedo, no es el virus ni el tumulto, es el hecho de ser turista en una guerra civil. Decenas de batas verdes se mueven en un ancho de metro y medio. Saben lo que deben hacer en este momento, pero nosotros estamos en medio. La luz blanca reverbera en las retinas y antes de saber qué nos aturde, alguien pide paso: «¡Rayos!», dicen empujando una máquina rodante hasta el límite de la línea roja. El 12 de Octubre se ha enfrentado a la emergencia sanitaria multiplicando de 65 a 96 las camas de cuidados intensivos específicamente, para enfermos de Coronavirus, que son, desde hace semanas, nueve de cada diez pacientes graves. «Durante el 11-M hubo una estructura excepcional pero duró 6 o 7 horas. Aquí llevamos un mes. Esto es medicina de catástrofe pero continua en el tiempo», explica Juan Carlos Montejo, jefe del servicio de Medicina Intensiva, que, con voz inalterada, explica que nunca en su ejercicio profesional se había enfrentado a algo así. «Un día, dejábamos 16 camas nuevas al final del servicio y a las cuatro de la mañana te llaman porque están todas ocupadas. Eso jamás lo había visto», asegura. Y la siguiente pregunta: «¿Horarios? No sabemos qué es eso».

Luchar contra lo desconocido

Los médicos y todo el resto del personal se ha estado enfrentado cada día a lo desconocido. Imaginen que en su trabajo les cambiasen las normas del juego constantemente, que el demonio jugase a la ruleta con sus previsiones, que la lógica fuese solo una posibilidad más pero no la mejor candidata. Ese ha sido el comportamiento del Covid-19, también conocido como «esta enfermedad». «Sabemos que es algo más que una simple infección vírica. Vamos aprendiendo que lleva asociado problemas hematológicos, de coagulación una tendencia a la trombosis con mayor frecuencia de lo que pensábamos y que tiene una afectación neurológica que se manifiesta cuando, por ejemplo, retiramos la respiración a pacientes que responden con mucha agitación», dice Montejo. Hay una enorme variedad de tipos de respuesta al virus dependiendo de cada individuo y los médicos desconocen el por qué, igual que ignoran por qué, de repente, un paciente se viene abajo en 48 horas. Esta es la primera vez que los chats de médicos comparten experiencias, casos particulares o situaciones extrañas que se desencadenan de una forma desconcertante. «Porque una cosa es el germen, el virus en sí mismo y cómo actúa, y otra diferente es cómo se defiende el organismo afectado, que nos estamos encontrando que libera sustancias para defenderse que pueden ser muy perjudiciales para el propio enfermo», explica el médico, quien asegura que han recurrido a la creatividad para aplicar recursos que nunca habrían utilizado para tratar una infección normal. Montejo acepta con aplomo la situación por muy desesperante que sea. «Este es el reto que asumes cuando aceptas esta especialidad. Sabes que te va a tocar gestionar situaciones, tomar decisiones y enfrentarte a los problemas. Y simplemente lo haces. Igual que el cirujano asume su parte. Nuestro trabajo es este. Te pones en tu papel y sabes que no estás solo. Que hay un equipo de profesionales enorme a tu lado», dice el médico.

Los equipos de protección que casi parecen escafandras evitan los contagios entre el personal sanitario. Solo quienes lo llevan pueden tener contacto con los pacientes.
Los equipos de protección que casi parecen escafandras evitan los contagios entre el personal sanitario. Solo quienes lo llevan pueden tener contacto con los pacientes. Ruben mondelo .La razon .

El «equipo» es la primera enseñanza que todos proclaman. Además del puramente médico, el mayor reto al que se ha enfrentado el personal ha sido la adaptación al escenario de emergencia. Como explica gráficamente Isabel Real Navacerrada, médico del servicio de Anestesiología pero reclutada para este zafarrancho, «en el hospital habíamos preparado unos escenarios, hasta seis, para hacer frente a la posible epidemia e ir añadiendo recursos a cada fase. Pues en un solo fin de semana quemamos tres fases y el lunes ya habíamos llegado al escenario 7, que es el del límite de recursos». En una institución grande y lenta como un paquidermo, y además muy jerarquizada como es un hospital, no resulta fácil cambiar las formas de hacer. Pero en las últimas semanas no cabe el «de eso yo no me ocupo» o el «que lo resuelvan los de...» que sucede en todas las empresas del mundo. Darle la vuelta a un hospital solo puede hacerse si todo el mundo arrima el hombro, recorta descansos, olvida su parcelita. Así han transformado un quirófano en camas de cuidados intensivos en cinco horas. Así el gimnasio de rehabilitación se ha convertido en una sala de urgencias. «Colaboramos todos. Ayudamos a farmacia o en la esterilización –dice la fisioterapeuta Virginia Redondo–. Hacer equipo es lo único viable, porque, además, cada día cae un ‘‘fisio’’ y apoyarnos es la única manera de salir adelante».

Límite de recursos

Anshy es una paciente de Covid-19 que recibe los cuidados de un fisioterapeuta que va vestido como si fuera de misión espacial. Está sedada y necesita la ayuda del respirador. Tras 14 días inmovilizada en la UCI, recibe ayuda motriz para que el cuerpo vuelva a reconocerse. Los enfermos de este virus no tienen contacto con nadie que no lleve un equipo de protección individual salvo de forma virtual, cuando se les acerca una tableta para realizar videollamadas. Anshy reconoce a su marido, pero se encuentra en un estado de semi-inconsciencia. Extiende la mano para saludar a la pantalla, donde aparece un bebé. Tiene exactamente 15 días. Nació por cesárea y la madre ingresó en la UCI a continuación. Todo el personal contiene la emoción. Se viven situaciones así todos los días, porque las enfermeras transmiten mensajes de familiares, ponen sus números a disposición de los parientes, leen cartas anónimas grapadas en la pared a los enfermos cuando atraviesan un pasillo. Esta emergencia sanitaria ha sido especial por la magnitud, en el tiempo y en el número de afectados, y ha desencadenado un componente psicológico muy poderoso. Lo admite Elena de la Vera, supervisora de enfermería de la UCI: «Está resultando un terrible desgaste física y emocionalmente. En lo físico, porque pasamos noches sin dormir o entras a las siete de la mañana y te vienen a buscar a las diez de la noche porque no puedes ni conducir».

«En la UCI, todo es muy metódico, pero ahora tu jornada es todo lo que puedas dar. Te lo tomas como un reto profesional, sacas de donde no hay, te rompes la cabeza para organizar porque falta personal. Me enorgullece el talante y el aplomo de los compañeros», explica De la Vera. Tienen miedo. «Claro que sí. El miedo me protege a mí y a mis pacientes. Yo me monto en el coche cada mañana para venir aquí sabiendo a lo que me enfrento y lo que puede que lleve a mi casa. Teníamos la opción de ir a dormir a un hotel, pero muy poca gente lo ha aceptado, solo quien corría demasiados riesgos, y es comprensible. Bastante duro es ya estar así como para no ver a tu familia». La sensación es que trabajar en la UCI no es solo una especialidad, es que es especial. Así hablan de su trabajo: «Nuestra forma de vida ya consistía en no llevar anillo, ni pulsera, ni reloj, ni las uñas largas. Ahora lo hemos llevado al extremo. Somos los reyes de lavarnos las manos», dice con cierto orgullo.

Elena de la Vera, Enfermera supervisora de la UCI
Elena de la Vera, Enfermera supervisora de la UCIRuben mondelo .La razon .

Cristina Sánchez, enfermera supervisora de intensivos, cuenta que «un EPI debe usarse como unas dos horas y media. Eso nos dicen, pero a veces lo llevamos todo lo que dura un turno, porque no hay para todos y de esa manera solo entra a atender a los pacientes una persona. Pero el esfuerzo fue muy grande en la apertura de camas, hasta medianoche. Gente doblando turno que me hizo sentir orgullosa». Se ha resistido a haablar durante todo el reportaje, conduciéndonos por los pasillos pero sin querer aparecer. «Es que lo hemos pasado mal. El tiempo va haciendo mella y todos tenemos familia. Además, fue muy repentino. Hemos visto a compañeros caer y volver a trabajar. Y tuvimos que aprender día a día cómo hacer frente a esta situación con los recursos que tenemos», dice como si las cosas hubieran sucedido hace años.

Adrenalina y tristeza

Debajo del EPI, la enfermeras parece un trabajador de altos hornos. Se retiran el traje de plástico y las gafas que llevan clavadas en la piel y la bata está empapada. Nosotros, en ese tiempo, no somos capaces de aguantar ni el incesante pitido de los respiradores. En el pasillo fuera de la UCI, hay cartas anónimas de ciudadanos comunes que mandan apoyo a los enfermos. Las leemos con De La Vera y Sánchez. En sus miradas, libres de mascarillas, se aprecia el cansancio, la adrenalina en retirada y la tristeza. Se acuerdan de la sonrisa de una paciente, una abuelita de las de mantilla, al recibir un mensaje de su nieta Isabel. De las veces que esos gestos, miles de misivas y notas de audio, alivian la durísima estancia incomunicada de los pacientes durante días y días. Pero también se acuerdan de aquella mujer que recibió miles de mensajes de su familia y las cosas no salieron bien. Miramos al suelo un segundo y se hace el silencio. A veces se cruza esa delgada línea.