El turismo: un problema de salud

Estoy que trino. Esta columna es un desahogo. La escribo en una ciudad del litoral mediterráneo muy visitada por los turistas españoles y extranjeros. Los primeros son menos dañinos que los segundos. No me refiero a la actividad económica, que no es asunto mío, sino, en esta ocasión, al yantar, al paladar, a la mesa, a los menús, a la gastronomía... O sea al placer, a la joie de vivre y, en definitiva, a la salud, puesto que ésta depende, entre otras cosas, de lo que día tras día nos llevamos a la andorga.

No diré el nombre de la ciudad, porque la gente es muy quisquillosa, muy campanilista, muy municipalista y todo se lo toma a pecho. Mi cupo de enemigos, por ahora, está cubierto. Lo que voy a decir, por otra parte, podría decirlo más o menos igual a cuento de cualquier otra ciudad devastada por los turistas. Devastada, he dicho. Con un par. Ya sé que los gilipuertas de la corrección política y quienes se ganan la vida, y hacen bien, gracias a las nuevas invasiones bárbaras, se me echarán encima acusándome de querer retorcer el pescuezo de la gallina de los huevos de oro. Sorry, pero la sinceridad me obliga a confesar que los detesto. Sírvame de circunstancia atenuante el instinto de conservación. Esos borregos numerados han destruido todo lo que amaba.

Vine a esta ciudad por motivos de trabajo, no de ocio (tampoco, a decir verdad, de negocio, porque no van a darme ni un duro de madera), y a punto he estado de pasar en ella hambre. Como Carpanta. Me puse, recién apeado del tren y salido del hotel, a buscar algún sitio donde saciar el apetito y dos horas después aún seguía vagando por el centro de la ciudad en busca de un restaurante, taberna, figón, casa de comidas, cafetería o lo que fuese en los que no sirvieran fast food... O sea: bazofia. Todo eran pizzas, burgers, tacos, nachos, alitas de pollo, espaguetis a la boloñesa o a la carbonara (las dos peores formas de cocinarlos), empanadillas de munición, helados de Oreo, Ferrero Rocher, huevos Kinder y otras porquerías de pareja calaña.

A la postre, agotado, tuve que conformarme con una triste ensalada griega. La deglutí en una terraza. Veía, mientras tanto, pasar a la gente. Casi todos estaban gordos, fondones y con evidentes muestras de sobrepeso y obesidad. Lógico. El turismo, ya dije, es también un problema de Salud Pública. Como la pandemia, por ejemplo.