«Sobran las palabras»: Y falta Gandolfini

Dirección y guión: Nicole Holofcener. Intérpretes: James Gandolfini, Katherine Keener, Julia Louis-Dreyfus, Lennie Loftin, Jessica St. Clair. EE UU, 2013. Duración: 93 minutos. Comedia romántica.

Apuesten cuanto quieran, porque acertarán, que ya sabemos en qué género nos estamos moviendo: cuando Eva (Julia Louis-Dreyfus, candidata al Globo de Oro como mejor actriz de comedia por este trabajo), alegre madre divorciada que suspira por una nueva pareja mientras acarrea como puede la camilla portátil porque es fisoterapeuta a domicilio, se topa con Albert (el tristemente desaparecido James Gandolfini merecía otra nominación póstuma por su excelente interpretación aquí), historiador de TV, un hombretón dulce y tremendamente divertido que dice tener pelos dentro de las orejas, nacerá entre ellos una inmediata, deliciosa y muy creíble historia de amor. Ya ven, la menuda Eva no es la típica cuarentona atractiva, ni mucho menos, y para colmo gesticula demasiado, y Albert tiene unos cuantos, demasiados, kilos de sobra sobre la osamenta, pero así sucede en la vida casi siempre aunque Hollywood se empeñe en lo contrario. Qué suerte tuvo Nicole Holofcener («Encuentros en Nueva York»), una directora muy normalita, por otro lado, de unir en esta cinta a los dos actores; entre ambos la química chisporrotea con singular ímpetu durante todo el metraje de este romántico, que no cursi ni empalagoso, y estimulante filme «indie» estadounidense, en el que, claro, la pasión vencerá a cuantos elementos contrarios se interpongan entre los protagonistas (léase la ex mujer de Albert, una etérea poetisa que termina convertida en amiga de Eva sin saber que se trata de la nueva novia de su aborrecida y antigua pareja, un embrollo que dará lugar a varias situaciones jocosas; o la hija de Albert, tan insufrible la chica). Casi la mayor parte de cuanto narra el guión es extrañamente conocido,visto, oído o sospechado. Cierto: en el fondo, la mayoría de los maduros , buscan simplemente huir de la soledad, de la tristeza, un poco de calma, mimos y felicidad, no cuentos imposibles, incluso aunque la considerable tripa del «partenaire» les haga cosquillas en la espalda cada mañana al despertar. Tras echar un vistazo a la propia, a buen seguro que muchos se dan la vuelta en la cama más contentos que unas pascuas. Hagan la prueba, verán.

Las cuentas pendientes

Hay personas que se convierten en mitos. Y personajes que mitifican a los actores que los encarnan. James Gandolfini ha cruzado el umbral de los inolvidables con el nombre de Tony Soprano, un «hombre de negocios» que enseñó al mundo el reverso más doméstico de la mafia. El intérprete se hizo grande a través de la pequeña pantalla con este Bonano neoyorquino. El resto vino solo. El reclamo de su apellido atraía la atención de los incondicionales. Y los productores son gente sensible a estas cosas. Los ídolos nacen así, de la popularidad más imprevista, y Hollywood siempre ha sido muy comprensivo con los gustos del espectador. Antes de morir, quizá para que la muerte conservara intactas las facciones del inmortal Soprano en la volátil memoria popular, participó en varios proyectos. La última película en la que intervino, junto a Noomi Rapace y Tom Hardy, llegará a la pantalla el próximo año. Su nombre, «Animal rescue», es una de esas cintas que se deslizan por el filo de la delincuencia, un llano que él conocía tan bien como las líneas de su mano. La cinta es la última cuenta pendiente que le quedaba a Gandolfini.