El juguete más deseado

Ya está aquí la fiesta grande de los más pequeños de la casa, aunque no sólo de ellos. Y con el día de Reyes, con permiso en mi caso del barbudo barrigón de San Nicolás, llega también el festín de los juguetes

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Que sepan que el hecho de que los más pequeños de la casa dediquen buena parte de su tiempo libre a disfrutar con sus juguetes no es una graciosa concesión de los adultos de turno. Señores y señoras, padres, abuelos y demás parentela, jugar es un derecho y así está tipificado en el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño, que establece que los Estados que la suscribieron «reconocen» que los menores tienen que disfrutar de un tiempo de «descanso y esparcimiento, juego y actividades recreativas propias de su edad». Pues ya lo saben por si se les ocurre amargar a las criaturas con sus salidas de pata de banco y otras reacciones extemporáneas. Y bien que nos parece. Maquinar con juguetes es un auténtico placer, uno de esos que no pasan de moda por mucho que las vanguardias de turno nos arrollen y la infancia sea una isla cada vez más reducida en el tiempo perdido por efímero de la inocencia. Los juguetes son tan trascendentes en los albores de nuestras vidas que se convierten en eslabones de esa cadena que es la memoria, en parte de esas figuras identificables, por cercanas y queridas, de los años más nostálgicos de nuestro crecer. Es difícil conocer a alguien que no tenga presente entre sus añorados recuerdos aquellos objetos maravillosos con los que compartimos horas inacabables de sana felicidad. En la secuencia secular y atávica de toda sociedad, el juguete, fuera más o menos pretencioso por petulante, ha tenido un enternecedor hueco en la niñez de ricos, pobres y muy pobres. Hoy, en este siglo XXI de torbellino, los juguetes son también inquilinos de los rincones favoritos de los niños. Como con todo, son hijos de esta época, de sus progresos y de sus costumbres, de la revolución tecnológica, aunque su espíritu permanezca inalterable como elixir de dicha de los más pequeños. Estos días los son de gasto, aunque, bien visto, parecen de inversión. Cada euro es una apuesta por la felicidad más pura, y eso a la larga no tiene precio por mucho que en ese instante parezca que nos estrujan los bolsillos. Estamos a unas horas de alcanzar la meta y satisfacer los sueños. No podemos faltar a la cita.