El príncipe de la mentira

Así define a Satanás la Biblia, que glosa reiteradamente el poder destructor y esclavizante de la mentira, frente a la verdad, que nos hace libres.

Ya comentamos el paralelismo entre el calendario de este año y el de 1936, el más trágico de nuestra historia, coincidentes en los días y números de las semanas y meses.

Sería una mera curiosidad si no fuera porque algunos reproducen con sus actuaciones y palabras, el clima social que provocó aquella tragedia. No sirve alegar que España y Europa distan demasiado de las de aquellos años, cuando el comunismo y el nazismo campeaban amenazadores: hoy el comunismo cogobierna en España. La Historia siempre la escribimos los hombres –varón y mujer, ex Génesis para los listos– con el uso que hacemos de nuestra libertad, orientándola hacia el bien o el mal; hacia el bien común o el enfrentamiento.

La acritud que vemos en los debates de estos días en el Congreso, recuerda demasiado a la de las mismas fechas de 1936. Ya es sabido que «la persona más peligrosa es la mentirosa y, cuanto mayor poder alcanza, más peligrosa es». Pero el mentiroso debe saber que, cuando consigue el poder usando la mentira, se cumple inexorablemente el axioma de Alexander Pope: «El que dice una mentira estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de la primera». Así, con el poder destructor de la mentira, vamos al odio y la discordia civil. Urge rectificar.