La ciudad sin rostro

Antes era sospechoso el que llevaba mascarilla y ahora el que sale a la calle sin ella. Más allá de que puedan generar un problema de seguridad, preocupa que interfieran en las relaciones personales

En la denominada nueva normalidad es obligatorio el uso de mascarillas
En la denominada nueva normalidad es obligatorio el uso de mascarillas©Gonzalo Pérez MataLa Razón.

El exitazo en taquilla de «Joker» resultó ser el amago de lo que estaba a punto de llegar, toda una sociedad enmascarada, moviéndose, como este personaje, entre la tragedia y la comedia, y descorchando la locura en la que nos encontramos. Embozados en nuestras mascarillas, la pandemia abre ahora un baile de máscaras y cada uno elige su rol: divertido, travieso, seductor, cleptómano, sociópata, horrible, doliente o deforme, como el propio Joker, un líder sin causa concreta y con escasa salud mental que, por primera vez, se siente estrella.

Es verdad que los héroes, los auténticos como Thor, van con la cara descubierta, pero, ya que el Gobierno ha hecho de la mascarilla precepto, resulta tentador dejarse llevar por la fascinación de las máscaras y soñar que revivimos la leyenda del fantasma de la ópera o nos colamos en la suntuosa fiesta orgiástica que organiza Sydney Pollack en «Eyes Wide Shut», la cinta de Stanley Kubrick. Una vez allí, nos dejamos seducir y exhibimos nuestro yo más inconfesable. La idea le resulta irresistible a Jorge Lozano, semiólogo y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, quien acepta gustoso este juego de imaginación deslumbrante en el que la semiótica, esa ciencia que se encarga del estudio de los signos, ocupa por fin un lugar destacado.

Con él habla LA RAZÓN de la simbología que acompaña a la mascarilla. «Curiosamente –anticipa– máscara equivalía a persona, actor teatral. En griego se traduce por rostro. Hasta hace nada quien llevaba máscara era sospechoso, alguien que quería disimular, mostrarse ignoto, oculto. Hoy, en plena pandemia, es sospechoso quien no la lleva. Puede infectar. Con o sin máscara, el rostro significa. Eso lo sabe muy bien el capitalismo de la vigilancia». En la conversación, Lozano saca a relucir el poder turbador de las mascarillas y lo que él llama la inmaculada observación. «No existe –asegura–, igual que no existe una mirada sin prejuicios. No hay moda sin observador, como no hay desnudo sin observador». En su opinión, la mascarilla, con esa sucesión de desdoblamientos del rostro, amplía nuestra imaginación y nos facilita una nueva perspectiva del ser humano, bastante más variada de lo que podríamos pensar. «En ella el observador es cada vez más importante».

Carnaval perpetuo

El semiólogo nos traslada a esas ciudades europeas de otros siglos que parecían vivir un Carnaval perpetuo en el que cualquier frenesí estaba permitido. Eran tiempos en los que a la gente le gustaba el abarrotamiento y contrastan con esta primavera desolada en la que no se ve mayor explosión humana que las colas del hambre que forman hombres y mujeres tratando de cubrir bajo la mascarilla la vergüenza, el temor o la pena de la miseria. Sin este artilugio preventivo, cualquier cambio sutil en su mejilla, la comisura de los labios, la barbilla o la forma en la que se colorea la nariz nos permitirían identificar inequívocamente la emoción de cada uno de estos rostros.

Nuestro cerebro está hecho para eso y dispone de neuronas especializadas en captar las expresiones y también en configurar nuestras caras de mil maneras, todas ellas únicas. Combinando un músculo con otro, destapamos nuestra ira, alegría, pena, asco, miedo, ira o cualquiera de las expresiones que componen la paleta facial. Lo aprendemos en los primeros meses. «Uno nace viendo, pero a mirar se aprende», advierte Lozano. Recién nacidos prescindimos del rostro de nuestra madre. Nos basta su voz para reconocer, casi instintivamente, a quien nos ha dado la vida. Pero enseguida, y aún con la visión borrosa, vamos descubriendo en ella esos rasgos que hacen su cara única e inconfundible entre cientos de millones. Y todo gracias a una diminuta región de nuestro cerebro, del tamaño de un guisante, que nos permite recordar y reconocer infinidad de rostros.

Nos va a costar acostumbrarnos a esta nueva normalidad enmascarada y crece el temor de que podamos perpetrar cualquier fechoría sin el riesgo de ser reconocido. Lozano nos recuerda que cualquier villano de ficción oculta su rostro bajo el antifaz, la careta o el maquillaje. Ahí están el sanguinario Hannibal Lecter o la V de Vendetta, la máscara que ordena el caos y símbolo de Anonymous, el colectivo hacker que se vale de la máscara para llevar a cabo sus ataques. Como indica Fernando Vásquez Rodríguez, semiólogo argentino, «usar máscara es una estrategia de defensa o de intimidación. Nos defienden de los dioses o nos convierten en uno de ellos».

Pasar inadvertidos

La máscara es un recurso cómodo para ser impunes o pasar inadvertidos. El ejemplo más reciente lo tenemos con uno de los terroristas del Dáesh más buscado de Europa, Abdel-Majed Abdel Bary, que fue detenido hace un mes en Almería, junto a otros dos hombres. Residían en un piso de alquiler y cuando salían a la calle evitaban ser reconocidos gracias a la mascarilla. La sociedad sin rostros, donde el criminal puede pasar inadvertido y el delincuente deambula por la ciudad sin levantar sospecha, se ha convertido en una de las grandes preocupaciones para la seguridad, según ha advertido Francis Dodsworth, profesor de criminología en la Universidad de Kingston. Algunas empresas chinas están desarrollando softwares que permitan identificar con la mayor precisión posible a las personas, incluso si usan máscaras. De momento, los expertos en seguridad creen que es una posibilidad lejana e intuyen que una medida así no se podrá utilizar en todas las circunstancias.

El sociólogo Iván Rodríguez admite que la imagen de una sociedad enmascarada es inusual para nosotros, pero no tanto para la población asiática, acostumbrada a esta forma de prevención. A él le preocupan otros aspectos menos tangibles que la mascarilla en sí. «Por ejemplo, el miedo al contagio, la famosa distancia social o el cese en las muestras de afecto en la calle, tan mediterráneas. ¿Aprenderemos a desconfiar unos de otros y a sentir miedo de nuestros semejantes por algo que no podemos ver? A nivel microsociológico, esto es muy relevante y puede afectar a la manera en que construimos nuestros encuentros cotidianos».

Rodríguez no considera que deba inquietarnos el anonimato. «Las mascarillas no generan ese anonimato del enmascarado. De hecho, la imagen del caco y otros villanos es la de alguien que oculta precisamente sus ojos, con el clásico antifaz, por ejemplo. Los ojos son la parte más expresiva del rostro y la que más fácil nos hace reconocernos. Es verdad que la comunicación a través de expresiones faciales queda dificultada, pero creo que ni esto nos convierte en seres anónimos ni en más desconfiados», explica.

Según el sociólogo, podría ser incluso una oportunidad, que mucha gente está aprovechando, de humanizar las mascarillas personalizándolas, decorándolas o haciéndolas nuestras revelando alguna de nuestras aficiones. De hecho, los diseñadores parece que han recibido de buena gana el uso obligatorio de las mascarillas y se han apresurado a incluir en sus nuevas colecciones este accesorio que, en general, les encanta por el juego de misterio que propone.

Confiaremos en sus palabras y pensaremos que la voz, las ideas, los gestos y actitudes son los que nos definen y nos sacan del anonimato aun con el rostro enmascarado. La mascarilla será solo una caricatura plana y quirúrgica, una pieza de utilería puramente circunstancial. Detrás de cada una hay un nombre con voz y opinión propias.