Es amor, no turismo

“Love is not Tourism”, la iniciativa internacional que pide el fin de las restricciones de viaje para las parejas que quedaron separadas por la pandemia

El confinamiento ha llevado a miles de parejas al límite. Las demandas de divorcio se han incrementado y las salas de espera de psicólogos y psiquiatras se han llenado de gente que antes de la pandemia sobrellevaba una convivencia que el encierro, la presión y la incertidumbre ha hecho saltar por los aires. Seguro que muchos de los que lean estas líneas se sienten identificados. Pero, por extraño que pueda sonar, hay otro gran grupo de españoles que lo envidian. Desearían haber podido pasar por ese «infierno» juntos, aunque solo fuera para pelearse en condiciones, cara a cara.

Son las cientos de parejas formadas por españoles y ciudadanos de fuera del área Schengen, miles en toda la Unión Europea, a las que el Covid-19 pilló separadas y aún no han podido reunirse. Mantenían relaciones a distancia, algunos hasta tenían fecha de boda, pero al no ser parejas registradas formalmente antes de que cayera esta maldición del coronavirus, los obstáculos para juntarse de nuevo están resultando, en muchos casos, insalvables. Para intercambiar información y contarse los éxitos o los fracasos, se han organizado en torno a los movimientos «Love is not Tourism» y «Love is Essential», con miles de seguidores en todo el mundo. Exigen a las autoridades que levanten las prohibiciones de viaje a los que han quedado separados porque son parejas, no turistas.

Gonzalo nunca pensó que se vería en una situación similar. Periodista de formación, una beca lo llevó hace cuatro años a Malasia, donde conoció a Nicole. Empezaron una relación a la que no veían ningún futuro, «no había por dónde cogerla», pero los meses fueron pasando y entre mails, llamadas y viajes de ida y vuelta acabaron comprometiéndose en la Alpujarra granadina la pasada Navidad.

La boda estaba prevista para 2021 y este mes de octubre Nicole se instalaría definitivamente en Murcia. Gonzalo tenía pensado viajar en mayo o junio para ayudarle a preparar el traslado. Todo iba sobre ruedas hasta que llegó «lo feo»: «Semanas después de que ella se volviera a su país, cerraron las fronteras, nunca pensamos que esto se alargaría tanto». Después de haber logrado mantener a flote un noviazgo complejo, con culturas y códigos tan alejados, no tenían intención de rendirse. Comenzó entonces una batalla administrativa que aún continúa.

El pasado 20 de agosto llegó para todas estas parejas binacionales un rayo de esperanza desde el Ministerio de Asuntos Exteriores. Un procedimiento en colaboración con Interior que dotaba a los Consulados de la potestad de acreditar la relación de pareja para emitir el consiguiente salvoconducto que permitiera al ciudadano extracomunitario subir a un avión con destino a España. Sin embargo, Gonzalo asegura que «los requisitos que piden son imposibles si no has estado conviviendo nunca con esa persona». «La trampa está en que las pruebas supuestamente no son excluyentes, puedes enviar cualquier cosa. Al final acabas desnudándote totalmente, les enseñas tu intimidad, fotos, mensajes, billetes de avión... Para que al final te digan que no», se lamenta Gonzalo en conversación telefónica.

Lo cierto es que los permisos se van concediendo a cuentagotas. Casi todas las parejas con las que ha hablado este periódico se quejan de lo mismo: confusión, arbitrariedad en los requisitos, falta de respuesta, silencio administrativo. Algunos consulados siguen pidiendo que se demuestre la convivencia pese a que el secretario de Estado de España Global, Manuel Muñiz, tuvo que terciar en Twitter ante el cabreo generalizado para especificar que «lo que hay que probar es que la relación ha existido al menos un año».

Esto no ha servido a Gonzalo y Triyanka, original de Nueva Delhi (India). Se conocieron hace cuatro años en Nueva York y el pasado mes de octubre ya iniciaron todos los trámites para constituirse como pareja de hecho. Sin embargo, ni el alquiler de una vivienda a nombre de los dos ni el hecho de que ella estuviera empadronada en Madrid antes de la pandemia y posea un visado de turista vigente hasta el próximo año parecen haber valido de mucho. Han logrado verse en agosto en Turquía, donde pasaron dos semanas juntos. Por el momento, las puertas de España están cerradas para ella y Gonzalo se queja de «la enorme incoherencia entre los mensajes del Ministerio de Exteriores y la embajada española», que parecen no ponerse de acuerdo. Una situación que «genera una enorme frustración; pasas por muchos estados diferentes, desde el cabreo a la tristeza. Yo entiendo que si no se puede, no se puede, pero que se comuniquen las cosas de una manera clara».

La sensación de impotencia y hartazgo es compartida por estas parejas condenadas, de momento, a la distancia. Es el caso de Isaac y Appel, natural de Manila (Filipinas). Después de un largo y complejo procedimiento de un año, por fin iban a casarse en junio pasado. El expediente matrimonial estaba listo y ahora van a tener que volver a empezar de cero porque caduca en noviembre. Un año perdido que causa un dolor que ellos tratan de mitigar con muchas conversaciones y manteniendo el mismo horario pese a las seis horas de diferencia. En concreto, el español.

Apple, que se encuentra en paro debido a la pandemia, se despierta por la tarde, cuando Isaac comienza su jornada en Toledo y le da los buenos días. «También intenta comer a la misma hora que yo, como está confinada en su casa puede hacerlo. Esta es una de las pocas ilusiones que nos quedan como pareja», explica Isaac, director técnico de una empresa de Tecnología. Francis y Corina llevan seis meses sin verse. Él, en Asunción (Paraguay), y ella, en Segovia, donde trabaja como médico de familia. A ellos la diferencia horaria se les hace un mundo y, «aunque hay días en que no le encuentras sentido a nada», creen que «si somos capaces de aguantar esto como pareja, superaremos cualquier cosa que se nos ponga por delante».

A la ansiedad de la separación se une la dureza del trabajo de Corina, en contacto constante con pacientes de coronavirus. Este fue uno de los argumentos que empleó Francis ante la embajada de España en Asunción, pero no hubo nada que hacer: «Están muy duros, no hay caso. Les importa muy poco o nada. Tenemos que estar registrados o empadronados y eso es imposible porque cada uno tenemos la vida hecha en nuestro país». La única manera, según él, «es que nos casemos; hay gente de otros países que lo está haciendo por poderes para reunirse».

Mientras aguarda el ansiado reencuentro, esta pareja recurre a todo lo que está a su alcance para sentirse un poco más cerca: «Hablamos horas y horas por teléfono, en cuanto sale del hospital me llama. Vemos series juntos, nos enseñamos a nuestras respectivas familias, y cuando están almorzando me sientan a la mesa con la pantalla». Tratar de que no decaiga el romanticismo está agudizando el ingenio y llevando al límite la creatividad de estas relaciones. Gonzalo y Nicole dicen que como su relación nació así están acostumbrados a buscarse la vida. Desde pedir comida a domicilio al mismo tiempo y cenar a la vez frente al ordenador a enviarse regalos por correo postal o leerse cartas mutuamente.

Todo sirve para que la llama no se apague. Los hay, incluso, que le encuentran una parte positiva a este limbo. Sofía, una joven profesora madrileña, asegura que a ella le está sirviendo para «fortalecer la comunicación» con Emanuel, su novio argentino. Es lo único que tienen por ahora y confían en que les ayude a «crear una base muy fuerte para una relación muy sana» de la que poder disfrutar, más pronto que tarde, en carne y hueso.