Se buscan obispos. Razón aquí

La Nunciatura y el Papa trabajan para renovar en poco más de un año al 25% de los pastores españoles. Pero, ¿cómo se hace el «casting»?

Se busca obispo. Salario medio mensual: 1.250 euros. Razón: Nunciatura apostólica. No es una oferta de empleo como tal, pero sí la dinámica en la que se está viendo inmersa la Iglesia española. Entre aquellos que se jubilan por cumplir los preceptivos 75 años marcados por Roma, los que han fallecido y las sedes que han quedado vacantes por algún traslado, en el próximo año y medio Francisco debería nombrar en nuestro país hasta una veintena de pastores. Teniendo en cuenta que actualmente España cuenta con 80 prelados en activo, supone la renovación del 25 por ciento de las plazas. O, lo que es lo mismo, un cambio de rostro y un relevo generacional en los líderes de la Iglesia católica.

Los primeros pasos significativos de esta renovación se daban esta misma semana, con tres «ascensos» de una tacada. El martes la Santa Sede comunicaba que los hasta ahora obispos de Bilbao y Logroño, Mario Iceta y Carlos Escribano, pasaban a ser arzobispos de Burgos y Zaragoza. Además, se daba a conocer un nuevo obispo auxiliar para Barcelona: Xavier Vilanova. Los tres rebajan la edad media de forma sustancial. Los dos arzobispos tienen 55 y 56 años, mientras que Vilanova ha cumplido 47 años.

El Derecho Canónico presenta como candidato adecuado aquel que sobresalga entre otros sacerdotes «por contar con una fe fuerte, buenas costumbres, piedad, celo por las almas, sabiduría, prudencia, virtudes humanas y posesiones de aquellos dones que lo hacen apropiado para cumplir con la función que se le otorgue». Criterios de fondo a los que se une el hecho de, en principio, ser español, cura diocesano o religioso, tener al menos 35 años y cinco de experiencia como sacerdote, y una licenciatura eclesiástica –Sagrada Escritura, Teología…–. A partir de ahí, llegan los matices.

Y este Papa lo tiene claro: «Debe ser humilde, manso, siervo, no príncipe». «Con olor a oveja», insiste cada vez que puede, dejando a un lado tanto a gestores como a eruditos de despacho. «No sé si cumplo todo eso», expresa con humildad Mario Iceta, que expone cómo «el centro de mi vida es servir y entregarme a la gente, conocer todas las parroquias y visitarlas con frecuencia, estar cerca de todos los sacerdotes, acompañar a la vida consagrada con trato y fluido, ser constante con las familias y enfermos, con una implicación personal hacia los pobres y excluidos». Y es que el perfil de los nuevos arzobispos poco tiene que ver con el imaginario feudal: «Yo en Bilbao vivo en un piso dentro de una parroquia, voy a la compra como uno más, a la peluquería y me muevo en transporte público. Voy en bus al Obispado y vuelvo en metro y a pie. Esto me da pie para palpar la realidad de la gente de primera mano en el andén, con sus ojeras de volver del trabajo, escuchando sus angustias… Incluso alguna vez he confesado en un vagón».

«Hay mucha gente que ya ni siquiera sabe qué es un obispo, pero persiste esa idea de que eres un ser alejado e inaccesible, cuando estamos a pie de obra. Es verdad que no puedes acompañar como cuando estás en una parroquia, donde en el día a día ves nacer a la vida y también ayudas en la muerte», comenta Carlos Escribano. «Francisco nos ha abierto horizontes sobre cómo tenemos que diseñar una Iglesia en salida, en estado de misión permanente, con un talante abierto y dialogante, y con estrategias sobre tres ejes: los presentes, los alejados y los ausentes», añade el nuevo arzobispo de Zaragoza. Y en esta tarea, los años pueden condicionar: «El factor biológico condiciona la vitalidad y el tiempo para desarrollar un proyecto, aunque la edad no determina cómo te posicionas, porque puedes ser muy joven con planteamientos más reservados».

«El obispo es un director de orquesta –completa Iceta–, pero sin músicos, sin la gente, solo se dedica a hacer aspavientos y a ser un papamoscas. O se empapa de cómo sienten y cómo viven tanto el primer violín como el último percusionista, o no puede hacer nada. Es referencial, pero solo puede ser verdadero pastor, tal y como marca Francisco, si conjuga las palabras comunión, sinodalidad y corresponsabilidad».

Pero, ¿cómo ha sido el «casting» para promocionar a Iceta, Escribano y Vilanova y no a otros? La Nunciatura de Madrid y la Congregación de los Obispos en el Vaticano –el «ministerio» conocido como la fábrica de los obispos– cuentan con una extensa base de datos conformada por los informes periódicos que elaboran los obispos de cada provincia eclesiástica, desde donde lanzan de forma periódica nombres e historiales ante futuribles necesidades. Esas carpetas se custodian hasta que surge una plaza y se actualizan con un cuestionario que rellenan los arzobispos y obispos de la zona, así como al presidente del Episcopado. A ellos se puede añadir el parecer de sacerdotes, religiosos y laicos relevantes de la diócesis interesada.

Eso sí, todo, bajo la llave del secreto pontificio, en tanto que incluye datos sobre enfermedades, posibles antecedentes penales, desviaciones en materia doctrinal, posibles conflictos personales o comunitarios…

De todos los nombres, el nuncio, en este caso, el filipino Bernardito Aúza, elabora una terna final que presenta a Roma. La Congregación de los Obispos la analiza y completa el expediente con otros «ministerios» vaticanos –Clero, Vida Consagrada, Doctrina de la Fe, Secretaría de Estado…– pudiendo reclamar más datos o incluso tumbar las ternas y pedir una nueva. Una vez que la Congregación da su visto bueno, llega a manos de Francisco, que tiene la última palabra.

Y aunque resulta difícil que pueda conocer a todos los candidatos del planeta -tiendo en cuenta que hay unos 5.700 obispos en todo el orbe católico-, este Papa sigue muy de cerca la selección española, preocupado por las resistencias que en algún sector del Episcopado ha detectado a aterrizar alguna de sus reformas.

Según ha confirmado LA RAZÓN, Francisco habría puesto incluso en cuarentena alguna terna reciente después de recibir advertencias por vías no oficiales sobre interesas creados. De ahí el papel que podría jugar a partir de ahora el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, de su máxima confianza, como presidente de los obispos y por pertenecer a la Congregación de los Obispos. Un asunto que habría estado sobre la mesa en la reciente cumbre que mantuvo el Papa hace tres semanas con Omella, el cardenal Osoro y el secretario general, Luis Argüello.

Con el ‘sí’ definitivo del Papa, el camino de retorno es rápido. Roma se lo notifica al nuncio, que debe comunicárselo al futuro obispo para que en quince días,se haga público. «La llamada del nuncio para darte la noticia va sin anestesia, aunque siempre cordial y amable», comenta Iceta, que es la tercera vez que recibe el telefonazo de un ‘embajador’ vaticano. «La más divertida fue cuando me destinaron en pleno Bilbao, porque me pilló en la playa, en bañador, recién salido del mar, porque era pleno agosto».

También cabe la posibilidad de que el elegido no acepte. Pero, al menos en la última década, tal y como ha podido constatar este periódico, no se ha dado el caso. «Si en España llovieran mitras, ninguna llegaría tocar el suelo», bromea un prelado andaluz sobre un cierto carrerismo implícito.

Durante la quincena de preaviso, se informa a Moncloa el nombramiento para que verifique si hay alguna objeción de índole política general, lo que no significa que pueda intervenir de facto. Eso sí, los Acuerdos Iglesia-Estado sí establecen el derecho de presentación para el nombramiento del arzobispo castrense: el Rey que presenta un único nombre al Papa. De hecho, al parecer, Juan Carlos I sí tuvo que intervenir en la elección del actual pastor de las Fuerzas Armadas, dejando a un lado al candidato señalado en primer lugar en la terna.