Alternativas ante el desconcierto de la Covid-19

Tras el aparatoso tsunami que supuso la aparición en nuestras vidas de la pandemia de la Covid-19, en el transcurso de los últimos meses el número de casos creció exponencialmente en marzo y abril, y bajó en mayo y junio. Entonces España pareció haber dominado la curva y controlado su índice R de contagio. Pero en lugar de reemplazar las duras medidas de confinamiento con un reforzamiento efectivo de la salud pública y la atención primaria que articulara una estrategia de test y de rastreo que funcionara, nos tiramos sin red hacia lo que se denominó “nueva normalidad”. De hecho, el presidente del Gobierno afirmó a los cuatro vientos que habíamos vencido al virus, alentando a la gente a irse de vacaciones y a viajar, lo que se siguió en estampida. Mientras, y a diferencia de las medidas en otros países, no se hicieron controles en aeropuertos. Con todo ello las cadenas de transmisión del virus se dispararon en el país a partir de contagios generados dentro y fuera de nuestras fronteras.

Ante la falta de acción, la incidencia acumulada y la mortalidad fueron subiendo, y cuando nos quisimos acordar ya estaban las curvas en cifras preocupantes. Esto se produjo de forma más clara en Madrid, no porque tuviera peor o mejor gobierno (tema que excede el objeto de esta tribuna), sino porque por su alta densidad poblacional, que la convierte en un caldo de cultivo para acontecimientos con grandes aglomeraciones de personas. Ante esa situación había que tomar decisiones y ha habido un deplorable disenso entre los gobiernos central y autonómico que ha generado una enorme confusión entre la ciudadanía. Finalmente, el gobierno central, haciendo uso de sus atribuciones declaró el 9 de octubre el estado de alarma “para responder ante situaciones de especial riesgo por transmisión no controlada de infecciones causadas por el SARS-CoV-2”. El propósito de las restricciones de movilidad en Madrid y otros municipios parece centrarse en el objetivo de confinar, encerrarse y esperar que el problema desaparezca. En realidad, el objetivo primordial del confinamiento de marzo, abril y mayo fue el de descargar la parte de presión inasumible para dar adecuada asistencias sanitaria, de modo que se pudieran atender a los pacientes infectados más graves, además de a pacientes de otras patologías que requerían cuidados sin demora. Complementariamente, el confinamiento de marzo se aprovechó para disponer de más tiempo para recabar información sobre la enfermedad y la manera de tratar a los casos graves. Pero entonces el confinamiento no resolvió el problema, y ahora tampoco lo hará por sí solo. El encerrarse no cambia fundamentalmente el virus o su trayectoria. Y a medida que va pasando el tiempo, la fatiga y la ira se instalan en la población. De hecho a gente ha empezado a equiparar la contención del virus con la necesidad de quedarse en casa y cerrar los negocios. Por eso las alarmas han empezado a resonar: ¿Podría el coste de estas medidas ser mayor que el del propio virus? ¿Deberían limitarse las vidas de millones de personas sólo para evitar la muerte de miles?

No es de extrañar que surjan voces desde posiciones de hartazgo: “Si no hay economía no hay salud”; “Este virus es prácticamente inofensivo para los menores de 55 años”. Estas voces han encontrado bastante público predispuesto en una sociedad frustrada y fatigada. La fundamentación de estos argumentos se gira sobre todo en torno al concepto de “inmunidad de grupo” (también identificada como “inmunidad de rebaño”). Esto no se restringe a un movimiento ciudadano, sino que hay también voces de científicos que están defendiendo en diferentes países la denominada “protección focalizada” o “protección de los vulnerables”. Un grupo de ellos ha firmado lo que se denomina la Declaración de Great Barrington encabezada por el Dr. Kulldorff, de la Universidad de Harvard. La lógica es que si el virus es un riesgo aparentemente sólo para los ancianos o los que tienen afecciones preexistentes… ¿Por qué no proteger a los vulnerables y dejar que todos los demás sigan con su vida normal?

Desgraciadamente, la solución no es tan fácil. Este plan aparentemente puede “sonar bien”, pero en la práctica se encuentra con profundos problemas. ¿Serían sólo las personas vulnerables las que tendrían que protegerse, o también las personas convivientes y aquellas con los que están en contacto regular? Y todavía más difícil de responder… ¿Cómo se distingue operativamente al vulnerable del sano? Porque no se trata sólo de la edad, dado que se ha demostrado que la Covid tiene peores resultados en personas con sobrepeso o que tienen condiciones preexistentes de las que ni siquiera son conscientes.

Lo cierto es que seguimos teniendo que vivir con incertidumbre, también a nivel científico. Apenas hemos empezado a entender los efectos del virus en personas con casos incluso leves. El coronavirus de la Covid-19 no sólo afecta a los pulmones, sino también el corazón, el sistema circulatorio, los riñones y el hígado, y puede atacar el cerebro y sistema nervioso. Puede causar problemas a largo plazo en personas jóvenes y previamente sanas, de tal manera que la “Covid persistente” o “de larga duración” es ahora reconocida como una variedad de la enfermedad. Y más aún, otro problema es que la inmunidad al coronavirus no se mantiene de forma estable, sino que parece disminuir rápidamente y es posible la reinfección. Todo ello hace que la “inmunidad de grupo” resulte ilusoria. En otras palabras, no sabemos siquiera si la inmunidad de Covid es duradera, así que es poco probable que lleguemos en el horizonte próximo a una situación en la que las personas aparentemente protegidas por anticuerpos detectados estén realmente seguras durante mucho tiempo. Y no creamos que este fenómeno es exclusivo de la Covid-19. Recordemos que después de décadas, no tenemos inmunidad de grupo contra el cólera, la peste, la polio, la tuberculosis, la malaria o la fiebre amarilla. En realidad, para esas enfermedades se utilizaron las mismas rudimentarias medidas de salud pública para controlar su propagación hasta que se desarrollaron vacunas y estrategias de eliminación. Y se pueden encontrar experiencias similares para muchos de los patógenos que han plagado la humanidad.

Llegado este punto, debemos preguntarnos: ¿Entonces, cuáles son las estrategias para controlar el coronavirus antes de que llegue una vacuna efectiva? La respuesta no puede ser simplemente confinarse continuamente, dados los grandes costes económicos y sociales que esto conlleva. En un reciente artículo encabezado por la Dra. Sridhar en la revista The Lancet, se examinaron las lecciones internacionales de la desescalada y se identificaron tres elementos clave que son esenciales para poner el virus bajo control: El más importante es un sistema sólido de test, rastreo y aislamiento, en el que los resultados de las pruebas se comunican en un plazo de 24 horas, se alcanza al menos el 80% de los contactos de las personas y hay una gran adherencia a la regla de 14 días de aislamiento para las personas expuestas al virus. Además, es necesario contar con una firme cultura de prevención en la comunidad para evitar el virus a cualquier edad, animando a las personas a evitar los espacios interiores, abarrotados y mal ventilados, alternativamente saliendo al exterior en la medida de lo posible, y a utilizar mascarillas y distancia de seguridad siempre que sea posible. Aquí merece destacar el reciente artículo publicado en Science por la Dra. Prather y colaboradores, que modifica el paradigma de la forma de contagio. El estudio muestra que es mucho más probable que uno inhale aerosoles, que una gota. Finalmente, es asimismo importante establecer medidas estrictas de control fronterizo para evitar que el virus sea reimportado, modificando la hasta ahora laxa e inefectiva estrategia en este campo.

Esta pandemia es como un libro, y estamos todavía al principio, en su primer o segundo capítulo. Esperar a que el virus desaparezca por arte de magia, permitir que siga su curso en la sociedad, o imponer medidas de alarma continuas sin una estrategia clara más allá de la espera de una vacuna son todas opciones insuficientes que perjudicarán nuestra salud, nuestra economía y nuestra sociedad. Deberíamos evaluar por científicos independientes lo que hemos hecho en España, y mirar las medidas de los gobiernos que han tenido éxito para incorporar lo que ha hecho que aquellos países estén mucho mejor que el nuestro. Lo que buscamos es “simple”: nada menos que suprimir el virus o su circulación, abrir la economía y recuperar una apariencia de normalidad en nuestra vida cotidiana.