Solo el amor

Ahora que ese virus nos ha quitado cosas nos damos cuenta de lo que valía ir a cara desnuda y sin toque de queda

DreamstimeLa Razón

Ayer, viendo a mi hijo y a su chica adolescentes pensaba en todo lo que tienen para ser felices. Lo primero, sin duda, es su amor. Pero es que además gozan de una casa, la mía, en la que hacen todo lo que ellos desean. Dormir, ver películas, cocinar, amarse… Les veo y me pregunto, ¿qué pasaría si no tuvieran nada de esto? Yo no lo tenía.

A mí en mi casa materna ni me dejaban quedarme a solas con mi primer novio. Aunque nosotros nos buscábamos la vida para encontrar momentos o portales. No teníamos un duro pero, no sé cómo, recuerdo alguna cena en un restaurante barato. Aquello era la fiesta del siglo. Yo pedía pechuga Villaroy como el que pide bogavante. Y él pasta con una salsa sabor a gloria.

No teníamos salón para dormirnos viendo la tele así que pasábamos las horas viendo la calle y nuestros ojos. Y no necesitábamos más, de verdad. Quizá si mi hijo no tuviese ahora todo lo que tiene tampoco necesitaría más. Pero sé también que si en este momento se le arrebatara se sentiría mal. Incluso ofendido por mí y por la vida. Y tendría que aprender de nuevo.

Eso nos pasa a todos aquí. Cuanto más tenemos más dependencia. Cuanto más necesitamos menos libres somos. Porque vivimos con el miedo a perderlo. Y el miedo, ya lo saben, es el mayor ladrón de la libertad. Ahora que ese virus tan extraño nos ha quitado algunas cosas nos damos cuenta de lo que valía ir a cara desnuda y sin toque de queda. Pero seguimos aferrándonos a las cosas como salvavidas. Y no, las cosas no nos salvan. Solamente el amor. Solamente el arte de aprenderlo.