-13º: ¿Serán así los inviernos del futuro?

Una vez pasada Filomena, la estabilidad volverá a la península, por lo que el frío tardará en ser barrido por otra masa de aire cálido

Jesús G. FeriaLa Razón

Lo que está pasando esta semana en la península Ibérica y lo que va a acontecer a partir del lunes podría ser un episodio de la historia de España filmado en blanco y negro. Un parte tras los créditos del NO-DO de un país que ya no se parecía al nuestro. Nevadas inéditas desde hace casi un siglo y, como continuación de ellas, hasta el miércoles, temperaturas medias tan bajas que parecen propias de inviernos de los años 40 o 50. Solemos decir que «ya no hace el frío de antes». Desde el lunes lo hará.

Según la AEMET, entre el lunes y el miércoles las temperaturas mínimas serán entre 5 y 10 grados más bajas de lo normal en estas fechas (entre 10 y 15 en Madrid, Toledo y Valladolid). Eso quiere decir que en buena parte de las dos Castillas y de la Comunidad de Madrid los termómetros pueden alcanzar con facilidad los 13 grados bajo cero. Nos enfrentamos, después de la peor de las tormentas de nieve, a la peor de las olas de frío.

Se considera «ola de frío» en España un episodio de tres días completos en el que al menos en el 10 por 100 de las estaciones meteorológicas se registran temperaturas por debajo del percentil del 5 por 100 de la serie histórica para enero y febrero. La última ola de frío registrada se produjo entre el 1 y el 8 de enero de 2019. Afectó a 19 provincias y la temperatura mínima fue de 4,6 grados bajo cero. Ahora se prevén mínimas tres veces más frías.

¿Vamos a tener que acostumbrarnos a estas olas? ¿Tendremos que preparar nuestras vidas, hábitos y ropas para una vuelta a los inviernos de «antes»?

La ola que comienza mañana tiene un punto de excepcionalidad, pero se inserta en lo que algunos expertos consideran el comienzo de una tendencia. La excepcionalidad procede del azote de Filomena. La terrible tormenta que ha causado estragos nivales se originó por un inédito choque de una masa de aire cálida y húmeda del sur y un frente polar descolgado del Ártico. El aporte de humedad al frente frío fue de libro: ingrediente necesario para una nevada histórica. Varios días de inestabilidad y de suelo cubierto de nieve han puesto los cimientos para un descenso brusco de temperaturas. Una vez pasada Filomena, la estabilidad volverá a la península, por lo que el frío tardará en ser barrido por alguna otra masa de aire cálido. Una estabilidad duradera a temperaturas altas produce las típicas canículas veraniegas. A temperaturas bajas es alimento de olas de frío. En ese sentido los 13 grados bajo cero que podrán sufrirse en Madrid, Palencia o Toledo son excepcionales: no tienen por qué volver a repetirse mientras no haya otra «filomenada».

Pero la excepcionalidad, hemos dicho, encierra cierta apariencia de tendencia. Paradójicamente existe una sutil relación entre los máximos históricos y los mínimos históricos en el clima. Algunos estudios realizados en Estados Unidos han detectado que durante los años 1950-1960 en ese país hubo prácticamente el mismo número de olas de calor que de frío. Pero desde el año 2000 las olas de calor duplican a sus primas invernales. Lo que parece relevante es que las olas de frío, aun siendo menos, son más acentuadas. ¿Por qué? Una vez más surge la paradoja: cuanto más se calienta la atmósfera, más fríos son los episodios de mínimo. La razón está de nuevo en el Ártico, la franja polar norte que tiene un papel clave en la regulación del clima terrestre.

Alrededor de esa franja se distribuyen masas de viento gélido cercanas al polo llamadas vórtice polar. Son como la maquinaria de un reloj que controla el resto de los fenómenos climáticos del planeta. Pero desde hace una décadas esa circulación se está produciendo en latitudes más lejanas al polo. Masas de aire helado, cada vez más a menudo, se descuelgan hacia el Sur. Se cree que la razón de este cambio de dirección es la acumulación de fenómenos polares relacionados con el calentamiento de la atmósfera. El aumento de temperaturas en el Ártico modifica las densidades y trayectorias de las corrientes. En concreto un fenómeno conocido como «Sudden Stratospheric Warming» (Calentamiento Súbito de la Estratosfera) puede provocar que se descuelguen masas de aire gélido a latitudes como la nuestra.

Es como si se abriera la puerta en plena ventisca para que el frío entre hasta el salón. Precisamente, en pleno día de Navidad, un equipo de meteorólogos británicos publicó una investigación en «Journal of Geophysical Research», en el que se demostraba que estos calentamientos en las capas altas de la atmósfera afectan dramáticamente al clima en forma de anomalías térmicas a la baja hasta 40 días después de producirse. El pasado 5 de enero se produjo uno de ellos que va a provocar el desplome para el que tenemos que prepararnos. Cuanto más se caliente la atmósfera más repetidas serán estas interacciones y más «inviernos gélidos como los de antes» tendremos.