Trata, la vergüenza de la humanidad

Suponemos que un ser humano no puede ser propietario de otro. Que no existe ninguna circunstancia que justifique esclavizar a una mujer, hombre o niño. Sin embargo, en pleno siglo XXI, y en un país democrático como el nuestro, mientras agarramos carteles de protesta en manifestaciones varias para reclamar nuestros derechos, caminamos por las calles de nuestras ciudades sabiendo –porque lo sabemos– que hay quien no tiene ninguno.

Es posible que aquí no haya niños obligados a trabajar desde la más tierna infancia, recibiendo un salario indecente, pero es innegable que sí existen trabajadores ilegales que desarrollan sus tareas en la clandestinidad en condiciones de semiesclavitud.

Y algo peor: que España entera está repleta de clubes de alterne, señalados con neones, por los que van pasando los miles de mujeres que las redes de trata captan cada año en sus países de origen y a las que, gracias a las deudas que contraen con ellas y a tener la seguridad de sus familias como garantía de su sumisión, convierten, sin cadenas, en completas esclavas.

¿Cómo es posible que en un país como el nuestro ocurra algo así? ¿Cómo pueden sentarse nuestros dirigentes en el parlamento con tranquilidad, sabiendo que hay mujeres esclavizadas, atrapadas en las fauces de acero de sus proxenetas?

Si paseáramos por la calle y viéramos que un hombre lleva a una mujer desnuda y agarrada de una cadena ¿lo permitiríamos? Pues es lo mismo.

Las cadenas son invisibles, pero el modo de ejercer la propiedad aún más humillante. Los discursos políticos vacíos se suceden, mientras la trata -ayer fue el día mundial contra ella- sigue campando a sus anchas y siendo la mayor vergüenza de la humanidad.