Opinión

Peregrinar

Antonio Pelayo

Durante los últimos dos años la pandemia nos ha recluido y ha limitado dramáticamente nuestros desplazamientos fuera de los muros de nuestras casas y de nuestras fronteras.

El fenómeno ya forma parte del pasado pero, como certifican las estadísticas, no hemos recuperado todavía la «normalidad» aunque ya se observa una neta recuperación de movimientos.

Uno de los sectores más afectados ha sido el turismo y, más en concreto, el turismo religioso que antes de la crisis movilizaba cada año a millones de fieles que peregrinaban a santuarios tan visitados como Lourdes o Guadalupe o recorrían los kilómetros del Camino de Santiago.

El Cardenal Ravasi, Presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, ha afrontado esta semana el tema de «peregrinar en un mundo postpandemia» y lo ha hecho con la lucidez que le caracteriza partiendo del principio de que «la experiencia del viaje resulta fundamental para la persona puesto que el ser humano se caracteriza como homo viator (hombre viajero)».

Pero el peregrino se diferencia del viajero mercante, del turista curioso que mira pero no ve o del ocioso necesitado de cambiar escenario. Quien peregrina viaja con el corazón: rompe con el pasado que quiere abandonar, busca el misterio y la transcendencia y aspira a una transformación radical de su existencia.

Este es un desafío que la Iglesia no puede ignorar y que le obliga a replantearse la pastoral de las peregrinaciones y el cuidado de los santuarios visitados por los fieles. Necesario redimensionar el folclore y profundizar en los elementos fundamentales de la fe si queremos que como Abraham, Moisés y su pueblo o el mismo Jesús el hombre moderno reconquiste la aventura del peregrinar.