Acabar con el abandono educativo

La Razón
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Uno de los fracasos de nuestro sistema educativo es el patológico porcentaje de abandono educativo temprano: más del 25 por 1.000 de los alumnos dejan las aulas sin ningún título ni cualificación profesional que les permita el acceso al empleo en un sistema productivo moderno. Es éste uno de los factores que ha propiciado el insoportable paro juvenil que padecemos. Este dato explica por sí mismo la falta de equidad y la ineficiencia de nuestro modelo educativo y la necesidad de su inaplazable reforma.

En el proyecto de ley hay una apuesta decidida por una formación profesional llamada a convertirse en una vía formativa atractiva, capaz de retener a los alumnos y de prepararlos adecuadamente para su inserción en el mundo laboral. La ley consagra el modelo de formación dual, que propiciará una formación más vinculada a la empresa. La buena noticia de que dispondremos de fondos de la Unión Europea para impulsar el nuevo modelo constituye una gran oportunidad que no debemos desaprovechar. En gran medida el éxito de la reforma dependerá del logro de este ambicioso objetivo. Será imprescindible que toda la sociedad se involucre al máximo en el empeño.

La reforma introduce algunas herramientas indispensables para la mejora de nuestra enseñanza básica. Acaso la más importante sea, por fin, incorporar la «cultura de la evaluación», de la que habíamos prescindido desde hace demasiados años. Tengo la convicción de que las pruebas nacionales previstas producirán pronto sus frutos. Los países que disponen de ellas logran mejores resultados. Los centros educativos podrán hacer planes de mejora de los rendimientos escolares. Los alumnos, en función de sus intereses y aptitudes, tendrán la opción de anticipar la elección de las vías formativas que quieran emprender. El diseño del «curso puente», de iniciación al Bachillerato o a la Formación Profesional es un punto clave para el éxito de la reforma.

Con la aprobación del proyecto de ley va a iniciarse su importante tramitación parlamentaria. Debemos abrir un debate sereno, constructivo y con altura de miras, con disposición a encontrar puntos de encuentro, sin que viejos tópicos nos impidan centrarnos en lo esencial: lograr que nuestro sistema educativo sea más equitativo y eficiente, esté más vertebrado y sea fuente de oportunidades para todos.

Debemos ser fieles al «pacto constitucional» en materia educativa que se basó en dos pilares: el derecho a la educación y la libertad de enseñanza. Ninguno de estos dos principios debe sacrificarse. Es más, ambos pueden y deben ensancharse. Las familias españolas lo reclaman. He defendido, desde hace mucho tiempo, que las Humanidades deben ser el eje de una formación integral, imprescindible para instalarse en el mundo y ser ciudadano libre y responsable. Invito a que en la tramitación parlamentaria de la norma trabajemos con el fin de que esta exigencia de una buena formación tenga la solución más satisfactoria.