Atracón de alcohol

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Cuando yo era adolescente también bebíamos, pero no había afán de darse el atracón. Tampoco solíamos consumir por la calle a altas horas, porque si algo llevaban a rajatabla nuestro padres era la hora de llegada. A los catorce o quince años de mi generación, a las diez en casa. Ahora también se pone hora pero la permisividad hace que los chavales se escabullan de esa norma como de casi todas. Nosotros no quedábamos para beber. Cuando nos dejaban hacer un guateque en algún lugar, lo principal, al menos para las chicas, aunque no recuerdo que ellos se quejaran, era ligar con el que te gustaba. Comprábamos chuches saladas, refrescos y, cómo no, alguno aparecía con la botella de ginebra que todos celebrábamos. Ahora bien, la botella no era el centro de la fiesta. Allí todo empezaba con bailes sueltos. Mucho baile, muchas risas y, cuando anochecía y quedaba poco para que tuviéramos que salir escopetadas, alguien bajaba las luces y ponía las lentas. Eso era pura emoción. Baladas de otoño de Serrat mientras rezabas para que te sacara él. Ese zangolotino, un año mayor que tú, y que te traía por la calle de la amargura. Algunas veces se nos podía ir la mano con el cubata, pero se nos iba más la boca con los besos. Ahora quedan para hacer botellón. Compran el alcohol en los chinos y se dan la panzada el fin de semana. A veces vomitan antes de llegar a casa y no vuelven a beber hasta el viernes siguiente. No puede ser por muchas cosas, sobre todo porque a esa edad hay que jugar a todo, sí, pero sin engaños. Y lo que te hace sentir el alcohol es un engaño.