Cuando la homeopatía puede matar

Objeto de una creciente controversia en Europa Mientras que en Suiza o Alemania estas terapias están dentro de su sistema sanitario, las autoridades españolas las siguen poniendo en duda. Pero, ¿qué dice la ciencia?

Objeto de una creciente controversia en Europa Mientras que en Suiza o Alemania estas terapias están dentro de su sistema sanitario, las autoridades españolas las siguen poniendo en duda. Pero, ¿qué dice la ciencia?

Irracional, peligrosa, cara, ineficaz... 124 profesionales de la medicina franceses firmaban recientemente una tribuna de opinión en «Le Figaro» calificando de tal guisa a la homeopatía. Advertían, como habría hecho cualquier otro órgano de representación de la comunidad médica en Europa, que esta práctica no cuenta con ningún aval científico, que se basa en creencias erróneas sobre supuestas curaciones milagrosas en lugar de en datos empíricos contrastables y pedían que la homeopatía no fuera considerada un medicamento y que los profesionales que la prescriben no tuvieran la categoría de «médico».

Esta misma semana, la nueva ministra de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, María Luisa Carcedo reconocía que es «insensato» no exigir a la homeopatía los mismos requisitos que se exige al resto de los medicamentos. Y es que, a pesar de que la inmensa mayoría de las autoridades sanitarias del mundo aseguran que se trata de una pseudoterapia sin eficacia ninguna, lo cierto es que los productos homeopáticos se venden con naturalidad en las farmacias (incluso bajo el epígrafe de medicamento), se incorporan en muchas ocasiones al abanico de productos que recomienda el farmacéutico e incluso se recetan por algunos médicos.

Es la gran paradoja de la homeopatía: nadie cree en ella, pero nadie se atreve a retirarla del mercado.

Desde que el doctor Samuel Hahnemann comenzó a practicar con la quinina y la malaria en la primera década del siglo XIX, la homeopatía ha venido vendiéndose como una terapia eficaz basada en un principio recurrente: «lo similar cura a lo similar». Según esta idea, una sustancia que en dosis mayores puede producir un daño, en dosis ínfimas sirve para curar ese mismo daño. Es el axioma principal sobre el que gira toda la práctica de la homeopatía, que hoy en día es una gran industria que factura en España más de 60 millones de euros al año. En nuestro país hay 10.000 médicos que la prescriben, cerca de 15.000 farmacias que la dispensan y casi 14 millones de personas que la han consumido alguna vez. ¿Cómo es posible que una pseudoterapia que cuenta con el desprecio casi unánime de la comunidad científica tenga tanto éxito?

La presión de la industria homeopática (que en Europa es un poderosísimo lobby) obligó a la Unión Europea a modificar la legislación. Desde 2001, los productos homeopáticos «dadas sus especiales características» podían acogerse a un registro especial simplificado que en esencia les libraba de tener que demostrar su eficacia y su seguridad: bastaba con certificar que se habían fabricado bajo los estándares de calidad que exigía la industria. Es así como en poco tiempo las farmacias se llenan de estas supuestas terapias que compiten en la estantería con medicamentos que sí han tenido que pasar duras pruebas para demostrar que funcionan.

Finalmente, en abril de este año, el Ministerio de Sanidad publicó la última orden que regula las condiciones de dispensación de los productos homeopáticos. Estos preparados deben pasar controles de calidad y seguridad de la Agencia Española del Medicamento y se venderán como medicamento sin indicación terapéutica. En el caso de que alguno de ellos pueda demostrar su eficacia mediante ensayos clínicos idénticos a los que se exigen a los fármacos, podrá venderse bajo el epígrafe de «medicamento con indicación terapéutica». Este último epígrafe es, sin duda, el punto de fricción más importante. Todo producto médico desea salir al mercado con una indicación terapéutica. El productor de analgésicos quiere poder poner en la caja que su producto «alivia el dolor». Para ello tiene que estar científicamente acreditada su eficacia. Ningún producto homeopático será capaz de acreditarlo. Sencillamente porque la homeopatía no funciona.

¿Por qué no se retira entonces de las farmacias? Y lo que resulta más peliagudo, ¿por qué hay médicos que la recetan? La presión de industria, la costumbre centenaria (en algunos países como Suiza la homeopatía está dentro del sistema sanitario público) y la idea de que, si no cura, al menos no es dañina, han hecho durante décadas su trabajo. A ello se une la evidencia de que estos productos, si se registran y pagan sus correspondientes tasas, pueden ser una sustanciosa fuente de dinero para las arcas públicas.

Pero mirada con los ojos de la ciencia, la situación no puede ser más absurda. La homeopatía se basa en la dilución de un principio activo en agua o alcohol. Una dilución 1CH significa que el producto tiene un 1 por 100 de principio activo y un 99 por 100 de agua, alcohol u otro solvente. Los productos homeopáticos se expenden con diluciones aún mayores (6CH, 7CH...). Eso significa que la primera dilución 1CH se ha vuelto a diluir en un 99 por 100 de agua, y el producto de esa dilución se vuelve a diluir otra vez... así hasta 6, 7 o más veces.

En el producto final, no queda rastro medible de principio activo: estamos tomando agua y los excipientes que el fabricante haya querido incorporar (por ejemplo, azúcar).

Creer que una dilución homeopática cura es como pensar que si echamos una gota de vino en una piscina y nos tragamos algo de agua al nadar, nos vamos a emborrachar. Ningún estudio científico serio ha podido demostrar que esas diluciones homeopáticas contengan un principio curativo. Aún así sorprende que muchos médicos receten estos preparados. Para algunos expertos, recetar homeopatía viola las normas deontológicas de la profesión médica. No obstante, nunca se ha demostrado, en caso de administrarla, que esta terapia cure mejor que un placebo y que pueda sustiruir a la medicación ordinaria.

¿Dan toda esta información los médicos españoles que prescriben homeopatía? De todos los errores cometidos con esta pseudoterapia, el más grave, sin duda, es la creencia de que «no cura, pero no hace daño». Esa falsa sensación de inocuidad se ha cobrado ya más de una víctima. Estos días se ha hecho célebre el caso de Rosa, una economista de 41 años que decidió abandonar la medicina convencional y tratar su cáncer con homeopatía. La mujer murió dos años después del primer diagnóstico. El 50 por 100 de los españoles creen que la homeopatía funciona «al menos, algo», según la encuesta de percepción social de la ciencia realizada por FECYT. El hecho de que legalmente los productos homeopáticos puedan llamarse «medicamento» sin duda favorece la confusión. Efectivamente la homeopatía no hace daño (no es más que agua y azúcar). Pero la ignorancia puede ser mortal.