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La neurona juez

El cerebro decide cómo castigamos a un culpable en la corteza prefontal dorsolateral, que procesa la información que nos permite detectar un comportamiento inapropiado.

El cerebro decide cómo castigamos a un culpable en la corteza prefontal dorsolateral, que procesa la información que nos permite detectar un comportamiento inapropiado.

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Hay muchas cosas que nos distinguen de los animales como seres humanos. Pero posiblemente una de ellas sea la que más nos enorgullece, la que más alta estima nos reporta y, en muchas ocasiones, la que peor parada dejamos con nuestros actos. Me refiero al sentido de la justicia y a la necesidad de que aquellos congéneres que incumplen las normas reciban un castigo por ello. Buena parte de nuestro comportamiento social gira alrededor de este sentimiento. La relación entre la falta y el castigo es central en nuestra cultura, rige el funcionamiento de las instituciones, ha modelado los sistemas educativos desde que el hombre es hombres, es motor de conflictos bélicos e ingrediente fundamental de los ordenamientos civiles. Y, sin embargo, no sabemos muy bien por qué se produce. Qué tiene nuestro cerebro de especial que, al contrario de lo que ocurre con el resto de los seres que habitan la Tierra, siente necesidad de determinar culpas, identificar a los culpables y definir una pena.

El profesor Joshua Buckholtz de la Universidad de Harvard lleva años preguntándose lo mismo: ¿Cómo procesa nuestro cerebro las evidencias de intencionalidad y daño en las acciones de los otros? ¿Cómo sabemos que un acto es incorrecto, doloso, criminal...?

Ahora, un novedoso experimento suyo podría ayudar a encontrar la respuesta. Porque esa capacidad ha de ser, obviamente, una ventaja evolutiva.

Nuestro éxito como especie se basa fundamentalmente en la capacidad de cooperar a gran escala. No solo en establecer lazos de colaboración con nuestros congéneres más cercanos o nuestra familia sino en crear un gran corpus social. El ser humano ha sobrevivido por su capacidad de comportarse de manera coherente a escala global. Y eso implica que nos hemos dados unas normas de comportamiento más o menos universalmente aceptadas. Una de ellas es que los que vulneran las leyes generales del bien común han de ser castigados. Otra cosa es que esas leyes puedan ser más o menos justas, más o menos racionales o más o menos disparatadas en función de la época, la cultura o el entorno político que a cada cual le ha tocado vivir.

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La nueva investigación propone que esa peculiaridad, el sentimiento de justicia, reside en una parte muy concreta de nuestro cerebro: la corteza prefrontal dorsolateral, (DLPFC) precisamente una de las regiones más recientemente adquiridas en la evolución humana. Es ahí donde se procesa la información que nos permite detectar un comportamiento inapropiado, calibrar el daño que ese comportamiento ha generado a los demás y calcular la pena que merece.

Para llegar a esta conclusión, el autor de la investigación utilizó la técnica de la estimulación magnética transcraneal, una intervención indolora que permite estimular el cerebro de una persona mediante campos magnéticos.

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En diferentes ensayos solicitó a una serie de voluntarios que leyeran diferentes historias en las que un hombre cometía un crimen, desde un simple hurto hasta un asesinato. En algunos casos esta evidente que el protagonista era puro responsable de su delito. En otros la historia parecía menos clara (el criminal estaba borracho, era un enfermo mental, respondía a una amenaza de otro, etc...) Cada voluntario tenía que hacer de juez y decidir la pena o los factores eximentes de cada caso.

Pero no eran conscientes de que en unas ocasiones se les estaba estimulando el DLPFC magnéticamente y en otras se hacía todo lo contrario (se inhibía su actividad). Cuando la actividad de esta parte del cerebro se reducía, todos los pacientes se mostraban más benevolentes con el criminal. Aceptaban la culpabilidad del sujeto, pero tendían a imponerle castigos menos severos. ¿Por qué ocurre esto?

El autor del trabajo tiene su teoría. Cree que las decisiones que implican un juicio moral o ético podrían estar procesadas en dos lugares diferentes de cerebro. En uno se crea la opinión sobre si una persona es culpable o no. Y en otro se calibran las consecuencias de esa culpabilidad y la pena merecida. Al parecer el DLPFC está implicado en la imposición de penas y castigos, pero no tanto en la decisión sobre la culpabilidad y la inocencia. Es como si en el cerebro hubiera un área que actúa como jurado (decide solo si una persona es culpable o inocente) y otra ejerce de juez (dicta la sentencia)

La investigación deja abiertas obvias y estremecedoras preguntas. ¿Quiere eso decir que una simple manipulación del cerebro de un juez mediante estimulación magnética a distancia, podría “ablandar” las decisiones del magistrado? Los autores advierten que esta conclusión sería demasiado frívola. Su trabajo ha permitido solo conocer qué áreas del cerebro intervienen en nuestros juicios. Extrapolarlo a un uso real en la práctica es demasiado arriesgado.