No sólo momias

La momificación natural es una realidad. En ocasiones, los cuerpos guardan facciones que permiten identificarlos

La Razón
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¿Es normal que un cadáver se conserve impoluto tras varias décadas, contraviniendo las inexorables leyes de la carne mortal? Sí, es normal, aunque no habitual. Puede responder perfectamente a algunas leyes de la naturaleza físico-química de la muerte y, por supuesto, pasa en varias ocasiones. Es el caso del hombre que decidió fotografiarse junto a su tío, fallecido hace 23 años, en Alicante. La sorpresa es que el cuerpo se encontraba en perfectas condiciones. Cuando un cuerpo deja de estar vivo se activa, casi de inmediato, una catarata de acontecimientos biológicos que conducen casi siempre a su inexorable putrefacción. Cuando el corazón deja de bombear sangre, las células del organismo empiezan a padecer un severo déficit de nutrientes. Las primeras en morir son las neuronas, que apenas tardan entre tres y siete minutos en decir adiós a este mundo desde que dejan de recibir aporte energético. Las células de la piel pueden permanecer activas hasta 24 horas después del deceso. Precisamente por eso, la piel es uno de los órganos que mejor pueden trasplantarse desde un paciente muerto.

Sin embargo, el inicio real del proceso de descomposición de un cadáver depende de muchos factores. En la mayoría de los casos, cuando se entierra a un finado ya ha comenzado a deteriorarse su organismo. Pero la descomposición cadavérica ocurre mucho más deprisa en unos ambientes que en otros. Dentro del agua, por ejemplo, la putrefacción es más lenta. Para que actúen las bacterias internas que hacen el trabajo de descomposición hacen falta dos elementos: aire y agua. Si uno de los dos escasea, el deterioro es más lento.

Hasta tal punto puede ralentizarse este proceso en ciertas condiciones naturales que en ocasiones parece haberse detenido por completo. Se conoce bien el caso de los cadáveres depositados en hielo. A menos de 40 grados bajo cero se suspenden casi de manera indefinida todos los procesos de degradación biológica tanto en animales como en plantas. Es más, si se congelase un corazón a 196 grados bajo cero inmediatamente antes de la muerte clínica, el órgano podría permanecer útil para un trasplante durante años.

Menos conocidos son otros procesos de conservación natural de cadáveres. Cuando el finado ha muerto deshidratado (grandes diarreas, hemorragias, hambrunas...), hay más probabilidad de que se momifique espontáneamente. La falta de líquidos en el organismo, unida a la sequedad del ambiente en el que haya sido enterrado, favorece la conservación. Las partes en contacto con el aire (manos, cara) se conservarán mejor. El resto del cuerpo perderá volumen y peso. En un plazo de entre un mes y un año la musculatura se deseca, mientras que los huesos apenas notan la diferencia. La piel se endurece y cobra el aspecto de un cuero muy curtido y los órganos internos desaparecen. Por fuera, da la sensación de que el cadáver no se ha descompuesto. Se puede sostener de pie y, aunque es quebradizo, ofrece cierta resistencia a la ruptura.

Hay un caso más extremo que ocurre, por ejemplo, en cadáveres con grandes cantidades de grasa o que han sido enterrados en lugares muy húmedos. Por hidrólisis, las grasas del organismo sufren una modificación química que las convierte en un compuesto céreo parecido al jabón: la adipocira. Es una sustancia de color gris y tacto seboso que protege algunos órganos de la descomposición. El proceso puede ocurrir en cuestión de semanas si se dan ciertas circunstancias.

La momificación natural es un proceso poco habitual, pero real. En muchas ocasiones, los cuerpos momificados guardan aún facciones que permiten identificarlos y son de gran utilidad para la ciencia forense. Hacerse fotos con ellos ya es otra cosa.