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Ciudades irrespirables

La contaminación creciente en las grandes urbes obliga a todos a cambiar el paradigma de cómo gestionar el transporte y las comunicaciones.

  • Ciudades irrespirables

Tiempo de lectura 2 min.

22 de junio de 2018. 22:25h

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Rafael Fdez. .  22/6/2018

Cáncer, enfermedades cardiovasculares... Los males que matan a la humanidad tienen, en el mundo moderno, nuevas y letales incorporaciones. Las estadísticas son claras. La contaminación del aire mató aproximadamente a 7 millones de personas en 2012, lo que la convierte en el gran problema de salud medioambiental global según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las cifras se traducen en que una de cada ocho muertes mundiales en 2012 se vinculan con el aire contaminado. Si tenemos en cuenta que la población aumentará de los 7 mil millones actuales a los 9 mil en los próximos años, mejorar la calidad del aire en las ciudades es un reto que urge. Estos índices de contaminación del aire también nos afectan de manera plena a los españoles. Aunque no por igual. Madrid, Valencia, Puertollano, Barcelona, Sevilla y Zaragoza se sitúan entre las ciudades más contaminadas. Caso aparte son las ciudades que, sufriendo una grave contaminación, le ponen remedio: entre ellas están Avilés, Barcelona, Gijón, Madrid, Valencia o Valladolid. Los picos de contaminación se han sucedido además con dos de las sustancias más peligrosas: el dióxido de nitrógeno –derivado del tráfico rodado– y las partículas en suspensión PM10, relacionadas directamente con muertes prematuras, cáncer de pulmón, afecciones respiratorias, cardiovasculares e ingresos hospitalarios. Volvemos al principio del artículo. Como si no pudiésemos salir de un ciclo venenoso que nos atrapa una y otra vez. Sin embargo, existe salida: reducir esos índices de contaminación. Apostar por luchar contra el cambio climático y el consumo de proximidad tanto en alimentos como en espacio de trabajo cercanos a nuestra casa para reducir la contaminación. En este sentido las nuevas tecnologías nos echan una mano a la hora de construir un mundo más equilibrado, responsable y eficiente. Por más que nos resulte extraño, afecte a nuestro día a día, y nos suponga inconvenientes –en un primer momento–; debemos repensar el transporte. Y eso va más allá de insistir en el uso de bicicletas o restringir el tráfico en el centro de las ciudades. Nuestras ciudades, muchas de ellas motorizadas en el siglo pasado, deberán cambiar el paradigma. Y sucederá. No hay otra.

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