Cloroformo: la nueva amenaza para la capa de ozono

El incremento de las emisiones de este gas en el este de Asia puede retrasar entre cuatro y ocho años más la recuperación de este frágil escudo que rodea la Tierra, según un estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) publicado en «Nature Geoscience»-.

El incremento de las emisiones de este gas en el este de Asia puede retrasar entre cuatro y ocho años más la recuperación de este frágil escudo que rodea la Tierra, según un estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) publicado en «Nature Geoscience»-.

La capa de ozono, el frágil escudo de gas que rodea la Tierra y la protege de los efectos nocivos de la radiación ultravioleta, se enfrenta a una nueva amenaza. Aunque a principios de año las Naciones Unidas anunciaron que la capa de ozono está recuperándose (a una tasa de un 1 a un 3% por década desde el año 2000) gracias a la prohibición en su día de los clorofluorocarbonos (CFC), un nuevo estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) ha identificado otra amenaza que ralentizará su recuperación. Se trata del cloroformo, un compuesto incoloro que se utiliza en la fabricación de productos como el teflón y varios refrigerantes. Los investigadores detectaron que entre 2010 y 2015, las concentraciones de cloroformo en la atmósfera global habían aumentado significativamente.

Rastreando el origen de estas emisiones, observaron que en el este de Asia está aumentado la producción de productos con cloroformo. De no poner freno, los investigadores predicen que la restauración de la capa de ozono podría retrasarse entre cuatro y ocho años.

«La recuperación no es tan rápida como la gente esperaba, y –en este estudio publicado ayer en «Nature Geoscience»– demostramos que el cloroformo lo desacelerará aún más», afirma Ronald Prinn, profesor de Ciencias Atmosféricas en el MIT y coautor del estudio junto con Xuekun Fang.

El cloroformo es una sustancia de las llamadas de muy corta duración; es decir, que se descompone al cabo de unos cinco meses, al igual que el diclorometano. De no poner freno a su producción, es más probable que esta sustancia llegue a la estratosfera, donde, al igual que los CFC, se descompone en cloro, que destruye el ozono. La ventaja de tratarse de un componente químico de corta duración es que, si se recortan sus emisiones, los beneficios podrán notarse al poco tiempo. El problema: dado que se asume que es poco probable que estas sustancias de muy corta duración causen un daño real al ozono, en el Protocolo de Montreal no está estipulada su regulación. «Ahora que disminuyen las emisiones de los compuestos de mayor duración, la recuperación adicional de la capa de ozono se puede frenar con fuentes relativamente pequeñas, como las de muy corta duración, y son muchas», dice Prinn.

Para analizar la situación del problema, los investigadores monitorearon dichos compuestos junto con otros gases con el Experimento Global de Gases Atmosféricos (Agage), una red de estaciones instaladas en zonas costeras y montañosas de todo el mundo que mide la composición de gases de la atmósfera desde 1978. Cada una de estas estaciones, 13 en total repartidas en América, Europa, Asia y Australia, registra la entradas de aire y permite a los investigadores analizar las concentraciones atmosféricas de más de 50 gases de efecto invernadero.

Cuando Fang comenzó a examinar los datos notó una tendencia creciente en las concentraciones de cloroformo en todo el mundo entre 2010 y 2015. También observó una acumulación de cloroformo tres veces superior en el hemisferio norte que en el sur. Usando un modelo atmosférico, los investigados estimaron que, entre el año 2000 y 2010, las emisiones globales de cloroformo se mantuvieron en unos 270 kilotones por año. Sin embargo, después de 2010, esta cifra aumentó, alcanzado un máximo de 324 kilotones en 2015. Mientras la mayoría de las estaciones en la red Agage no midieron aumentos sustanciales en la magnitud de los picos de cloroformo en Europa, Australia y oeste de EE UU, en Hateruma (Japón) y otra en Gosan (Corea del Sur) mostraron incrementos dramáticos en frecuencia y magnitud de los picos en este gas.

«Llegamos a la conclusión de que el este de China puede explicar casi todo el aumento global», dice Fang. «También descubrimos que las principales fábricas de producción de cloroformo y las áreas industrializadas en China están correlacionadas espacialmente con los puntos críticos de emisión. Y algunos informes industriales muestran que el uso de cloroformo ha aumentado, aunque no tenemos completamente clara la relación entre la producción y el uso de cloroformo y el aumento de las emisiones de cloroformo».

«El ozono se empieza a recuperar y éste es ya significativo en la alta estratosfera antártica. De hecho, el agujero antártico comienza más tarde. La evaluación de las tendencias muestra, sin embargo, que esta recuperación se retrasa unos cinco años respecto a las estimaciones del informe anteior («Ozonoe Assessment 2014»). En líneas generales, esta recuperación es, a partes iguales, debida a la eliminación de las sustancias que destruían la capa de ozono (ODS) y al efecto del cambio climático, ya que el calentamiento global favorece la recuperación de la capa de ozono. Esta recuperación no es uniforme y sólo se observa en determinadas regiones. No existe evidencia de que el ozono total se recupere, ya que las concentraciones de las ODS siguen siendo muy altas. Si bien el tratado de Montreal y Kigali ha sido un éxito eliminando la emisiones de estas sustancias, lo cierto es que sólo ha desaparecido de la atmósfera entre un 15 y un 25%», explica Alberto Redondas, investigador de ozono de Aemet.

«Este año –prosigue– el agujero de ozono alcanzó los 25 millones de km2, como toda América del Norte». En el año 2000, en cambio, el agujero sobre la Antártida era casi 60 veces el tamaño de España (29,9 millones de km2). Queda aún un importante camino que recorrer para conseguir que el agujero de la capa de ozono sea historia.