Cómo dejar de ser friolero

El frío, como toda sensación, es relativo. La capacidad de hacerle frente depende de la genética, los hábitos, la circulación sanguínea, la alimentación y, cómo no, el abrigo.

El frío, como toda sensación, es relativo. La capacidad de hacerle frente depende de la genética, los hábitos, la circulación sanguínea, la alimentación y, cómo no, el abrigo.

España atraviesa una ola siberiana que ha asaltado termómetros y telediarios. En cambio, mientras unos se sienten transportados a la mismísima Alaska y dicen «morir de frío», otros no ven más que la llegada de un frescor invernal que se ha hecho de rogar. Y es que el frío es muy relativo.

«¿Ola de qué?» se pregunta, no sin cierta malicia, el aventurero y montañista Sebastián Álvaro. Sus razones tiene: «Yo he estado a -50ºC y puedo decirte que esto no es frío». Las bajas temperaturas han disparado las alarmas de la mayoría de las provincias, pero no existe una amenaza grave para la salud mientras nos abriguemos en consecuencia: «Yendo bien equipado, se puede desarrollar actividad hasta los -20ºC. Entre los -25ºC y los -35ºC, se entra en un terreno peligroso en el que cualquier descuido o aumento de la velocidad del viento implica un riesgo de sufrir congelaciones». Los cero grados de por la mañana parecen ahora una bendición.

Y es que los hábitos son uno de los factores que determinan la resistencia de una persona frente a las bajas temperaturas. Hábitos que, llevados al extremo, dieron lugar a cierta predisposición genética. «Es evidente que los esquimales presentan un mayor aguante al frío que una persona que vive en Cuba. Los inuit han sufrido un proceso adaptativo que les ha permitido vivir en un terreno tan inhóspito como el norte de Canadá y de Groenlandia mientras que los exploradores británicos, en cambio, morían en las expediciones». No sólo importa que aprendieran a abrigarse con pieles y a alimentarse con hígado de foca. «Parece que hay un gen en determinadas poblaciones de Asia de los denisovanos que los hace más resistentes al frío que los caucásicos», añade Sebastián.

Asimismo, desde una perspectiva más doméstica, una persona acostumbrada a mantener una temperatura elevada en su casa o a conducir con la calefacción a toda potencia tendrá más dificultades para adaptarse al invierno de la calle, pues no sólo importa la temperatura que hace, sino que también afecta que se produzca un cambio brusco. Es la razón, por ejemplo, de que el agua de la piscina nos resulte menos fría por la noche, pues, por lo general, la temperatura de fuera será inferior a la del resto del día.

Por otro lado, «la buena o mala circulación sanguínea es determinante a la hora de decir si una persona es calurosa o friolera», apunta Ramón Larramendi, director del proyecto Trineo de Viento. «Las mujeres suelen tener más problemas circulatorios y verse más afectadas por las bajas temperaturas». Pero, en relación con esto, «es fundamental también cómo te comportas ante ese frío». Al margen de la predisposición física o genética de la persona, la circulación debe mantenerse activa en todo momento. «Muchas veces, cuando se tiene frío, uno se encoge, pero es la respuesta equivocada, porque lo que hace es precisamente detener la circulación. Lo que hay que hacer es realizar cualquier tipo de ejercicio, que es el que va a activarla y generar calor».

La relatividad del frío depende, por tanto, de la capacidad que tiene nuestro cuerpo de hacerle frente. En este aspecto la alimentación juega un papel esencial y es precisamente en lo que se centra el proceso de adaptación que siguen quienes van a someterse a temperaturas extremas. «En plena región polar en invierno tienes que tomar una dieta muy rica en grasas: cerca del cincuenta por ciento de lo que comes, pero sucede que el organismo rechaza la dieta ártica aunque sea la que requieren esas condiciones. Por eso, te entrenas aumentando la grasa que ingieres antes de la propia expedición, para que tu organismo sea capaz de digerirlo. Eso implica coger un poco de peso, pero siempre es bueno antes de ir a un entorno de frío extremo.»

Por desgracia, sufrir una mutación genética o aumentar de peso no son soluciones viables si el termómetro que nos preocupa es el de mañana. «La temperatura de estos días es la que cabe esperar del invierno, el problema es que la mayoría de la gente va por la calle sin la ropa ni el equipo necesario para afrontarlas. Casi bastaría con añadir ropa interior térmica», señala Sebastián. Ramón, por su parte, recuerda la necesidad de sumar varias capas: «Es el aire confinado entre ellas lo que nos hace mantener el calor».